27 de julio de 2018

Anotaciones a una novela. Revelación de los pormenores del ajusticiamiento de León María Lozano como aporta al esclarecimiento del suceso histórico que fue novelado en el clásico libro Cóndores no se entierran todos los días, del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal



Revelación de los pormenores del ajusticiamiento de León María Lozano como aporta al esclarecimiento del suceso histórico que fue novelado en el clásico libro Cóndores no se entierran todos los días, del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal

Por
Yamel López F.


Los necios creen que porque un fallo tarda en llegar un día, dos días, veinte años, la verdadera justicia no existe, pero se equivocan porque ese fallo llegará, tan seguro como la vida, tan seguro como la muerte!" (Thomas Carlyle)

Izquierda, El Cóndor, al centro, Rojas Pinilla

Hace como un mes (estamos en noviembre del 2017) se rememoraron los 60 años del ajusticiamiento del “Cóndor” León María Lozano, en un café de Pereira por dos hombres, uno de los cuales que le propinó tres impactos de revólver Smith y Wesson, pocas horas después de que el pajarraco mayor, rey de la pajaramenta valluna de los años 50-60, asistiera a su diario ceremonial de la misa mañanera en una iglesia de la ciudad, al lado de un cafetín que se asemejaba al “Happy Bar” de Tuluá.

Supimos más tarde que a pesar de que el gobierno del general Rojas Pinilla, presidente de Colombia lo honró con exequias de héroe nacional como si su vida hubiese sido paradigmática de decencia, bondad y pulcritud, y a pesar de los esfuerzos investigativos del tristemente célebre Servicio de Inteligencia Colombiano, la agencia de policía política sicarios del estado colombiano creada en octubre 31 de 1953, durante el gobierno del mismo Rojas,  a la que se la responsabiliza de una enorme cantidad de crímenes políticos desde que fue creada, nunca se pudo establecer la identidad de los dos hombres responsables de la ejecución sumaria del supuesto héroe nacional, entronizado por el gobierno conservador del general Rojas en el santoral de los héroes de Colombia.

Entiendo, don Gustavo Álvarez Gardeazábal, ahora, cuando se rememoran los 60 años del ajusticiamiento del rey de los pájaros, León María Lozano, que usted haya querido, por un recurso literario válido, hacer morir al pajarraco mayor en las calles de Tuluá de un ataque del asma que sufría desde siempre. Sin embargo, debo contarle que poco tiempo después de haber leído su renombrado y elogiado por toda la crítica “Cóndores no entierran todos los días”, allá por los años 1974-1975, durante una visita familiar al Líbano, mi lugar de nacimiento en la zona cafetera de la vertiente oriental de la cordillera central colombiana, mi amigo Antonio Villegas, profesor universitario en Bogotá y primo de nuestro querido escritor e historiador avezado de la retorcida e infame saga del petróleo en Colombia, Jorge Aníbal Villegas, me invitó a visitar a un viejo conocido mutuo, nuestro amigo Adancito Agudelo, cuya historia legendaria para nosotros arrancó en nuestra provincia perdida luego del aciago día de la semana previa a la masacre del cementerio del 16 de 1951 cuando un destacamento urbano del Batallón Tolima de la policía enviado por el gobierno conservador de Urdaneta Arbeláez para tomar represalia y controlar el desorden público originado que por la rebelión de los campesinos de Coralito y Pantanillo quienes emboscaron la caravana acompañante del gobernador del Tolima que traía como invitado al hijo del presidente Urdaneta, personajes de importancia política regional y nacional que escaparon providencialmente con vida porque la bomba colocada para volar a los significativos personajes estalló a destiempo y voló en su lugar al vehículo del apreciado médico Alejandro Bernal, quién murió allí mismo. En esa triste semana este destacamento policial asesinó a culatazos al querido ciudadano libanense don Antonio Almanza.
Las exequias de don Antonio las celebró el entonces párroco del Líbano, padre José Rubén Salazar, quien para más señas era el tío del actual cardenal primado de Colombia, Rubén Salazar. Celebrados los oficios religiosos, el cortejo fúnebre escoltado por una muchedumbre de ciudadanos liberales se dirigió al cementerio católico de la localidad en donde se había emboscado la chulavita que, cuando el cadáver de don Antonio fue introducido en su bóveda, inició la granizada de balas de fusil y armas cortas contra el cortejo liberal con el resultado de 18 liberales muertos entre quienes se hallaba mi primo Hugo Forero con un disparo de máuser en la espalda. Ese día comenzó la época más trágica de la llamada Violencia en El Líbano, época que, propiamente hablando, aún no termina porque todavía permanecen contingentes paramilitares en algunas zonas del municipio.

Meses después, a comienzos de 1952, don Roberto Agudelo  y su hermano Alejandro , fueron capturados por los chulavitas en los alrededores del parque del Líbano y torturados por los primeros pájaros importados desde el Valle del Cauca, en los sótanos del viejo cuartel de policía al frente de donde hoy día está la Casa de la Cultura. Los hermanos Agudelo cerraron sus negocios en el Líbano y emprendieron el exilio. Mientras tanto,  los liberales más aguerridos como Foción Parra y Adán Agudelo, se enrolaron en las incipientes guerrillas liberales organizadas por Roberto
González Prieto (Pedro Brincos) en Pantanillo y Coralito (la misma vereda donde nació Pedro Brincos en 1922) en la zona rural cafetera del Líbano, cerca de Santa Teresa.

Adán había llegado al Líbano a finales de 1949 desde su Pereira natal, acosado por la violencia conservadora que se entronizó en el Norte del Valle y en el Viejo Caldas desde Tuluá, el cuartel general del Cóndor León María Lozano luego del nueve de abril de 1948. Acompañado de su compañera Margarita y de su experiencia de tegua sacamuelas en los pueblos y campos del Eje Cafetero y su valor a toda prueba, montó el gabinete dental desde donde hacía labores de inteligencia para el grupo guerrillero de Coralito y Pantanillo, labor fundamental para la resistencia ante las embestidas de los chulavitas del Batallón Tolima, en el cañón del río Recio, destinado a resolver el problema de orden público que representaba la presencia de los contingentes guerrilleros en la zona del cañón del rio Recio y en los santuarios de la Escondida y la Tigrera.

La presión de la fuerza pública, hizo que varios guerrilleros seleccionados por Pedro Brincos por sus dotes de combatientes y siete, entre ellos Adán, se desplazaran a nuevos escenarios de lucha como fue el caso de la región selvática del territorio Vásquez en la orilla derecha del río Magdalena, región célebre por ser un medio inhóspito como el que más, y por estar infestada de guerrilleros liberales después del 9 de abril del 48, entre  quienes se encontraban don Segundo Piraquive, el artesano libanense organizador obrero del movimiento de los Bolcheviques del Líbano en 1929, junto con sus dos hijos.

En este reducto guerrillero liberal fueron acogidos Adán y Roberto González  y ese mismo destacamento intentó tomarse la base aérea de Palanquero durante la Nochevieja de 1952 y allí fue herido Adán de un disparo de fusil que lo dejó cojo por el resto de sus días. Con la amnistía decretada por Rojas Pinilla luego del 13 de junio del 53, tanto los guerrilleros liberales de los diversos frentes como el de los Llanos Orientales y el de el Territorio Vázquez como los civiles exiliados de la violencia conservadora entre los cuales estábamos mi familia y tantas otras que habíamos sufrido las duras condiciones de los conventillos de Bogotá entre 1951 y 1954, pudimos retornar al Líbano a comienzos de 1954, y entre esa oleada regresó Adán Agudelo con su escasa impedimenta compuesta de dos gatillos alemanes y un elevador.  

Para ganarse la vida montó un nuevo gabinete dental de sacamuelas de pueblo en la Calle Real a media cuadra de la farmacia del médico Oviedo, situada en la esquina del parque, y trató de recomenzar la vida interrumpida desde los días aciagos de 1951. Entre tanto, León María Lozano, el Cóndor, bautizado así por un periodista de la revista Life, quien llegó desde Nueva York  a cubrir la delirante violencia, desatada por Lozano al frente de su bandada de pájaros y el baño de sangre largo y monstruoso en el eje Cafetero y la vertiente Oriental de la Cordillera Occidental  desde su base de operaciones en el café Happy de Tuluá, luego del 9 de Abril de 1948.

El clímax de esta época dantesca ocurrió entre 1952 y 1953 cuando el general Rojas Pinilla le dio el golpe militar al gobierno de Laureano Gómez en el momento que el país colapsaba bajo la salvaje barbarie de los chulavitas, los pájaros, y bajo el asedio de los diversos frentes guerrilleros de los Llanos Orientales y del Tolima.

El general Rojas, de filiación conservadora, había conocido al Cóndor en los días del 9 de abril de 1948 cuando el jefe de la bandada se había distinguido en Tuluá por la defensa de los conservadores frente a los ataques de los liberales luego de el Bogotazo y  Lozano acudió a reforzar las huestes de la III brigada en Cali, dando como resultado el incendio y masacre de la Casa Liberal, acción que sirvió como el inicio de la ola de violencia contra los liberales de Cali y Palmira. Este fue el origen de una relación que sirvió para la protección del Cóndor por los esbirros del SIC hasta el día de su muerte.


Entre 1955 y 1956 el sacamuelas y Roberto González se mantuvieron inseparables en el Líbano, donde se los recuerda aún como personas integradas a la sociedad del pueblo y con alto grado de respetabilidad, mientras que la bandada de pájaros continuaba asesinando sin control a los campesinos y ciudadanos de la Región Central de Colombia. Hacia finales de 1955, los dos curtidos guerrilleros que no habían perdido su sentido de la justicia maduraron el plan de ajusticiar al responsable de tanta barbarie y decidieron emprender la cacería del bandido.
Coincidencialmente, luego de varios conflictos legales, en esos días el Cóndor fue compelido por el mismo general Rojas a salir de su nido de Tuluá para alejarlo de las manos de la justicia en el mismo momento en que sus dos perseguidores llegaban a la Villa de Céspedes y su presa iniciaba su periplo hacia Bucaramanga y Barranquilla, el cual duró seis meses siempre con Adán Agudelo y Pedro Brincos pegados a sus talones hasta cuando el 26 de Octubre de 1956 luego de asistir como buen católico de toda la vida a su misa mañanera en una iglesia de Pereira, mientras se tomaba un tinto en el cafecito-tienda que rememoraba al Happy Bar tulueño, los dos viejos luchadores identificaron a León María Lozano. Adancito se acercó a la mesa del Cóndor sin necesidad de fingir cojera y le descerrajó tres tiros de su Smith y Wesson en la cabeza al criminal, guardó el arma debajo de su ruana, se acomodó su Borsalino de ala ancha de lado y, seguido a tres pasos por Pedro Brincos, emprendieron la huida sin afán para tomar un bus de escalera hasta Manizales y Murillo por la vía del Alto de Ventanas y llegar hasta el Líbano.

Esta es la historia que me contó Adancito Agudelo en su lecho de enfermo una tarde de domingo de los primeros años 70 algún tiempo antes de su deceso.

Roberto González Prieto logró viajar a la Unión Soviética y Cuba donde se contactó con dirigentes del naciente MOEC y acordaron formar un núcleo guerrillero en Urabá dirigido por el antiguo guerrillero. El frente fue deshecho por la fuerza pública con la asistencia de consejeros contrainsurgentes gringos y Pedro Brincos regresó al Líbano donde trató de organizar y de politizar a los bandoleros Desquite, Tarzán y Sangre Negra con quienes llevó a cabo la acción de El Taburete donde fue emboscada una compañía del batallón Patriotas con saldo de 17 soldados muertos. A raíz de esta y otras acciones, los tres fueron declarados enemigos públicos y el 16 de octubre de 1963 murió Pedro Brincos en su ley a manos del batallón Colombia en la zona rural de Lérida, Tolima.

Margarita, la compañera constante de Adán, murió no hace mucho criando hijos y sacando muelas en el gabinete dental del padre de sus hijos a quienes logró educar felizmente.





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