5 de junio de 2018

Lectura compartida. Marea de sombras, una novela de Fabio Martínez que transcurre en el claroscuro de la memoria colombiana.


Claroscuros de la memoria
Marea de sombras
novela de Fabio Martínez

Por Jorge Eliécer Pardo


Un libro que recurre a la memoria no es un libro que viaja y trae el pasado. La memoria siempre es presente y, la literatura, la hace vívida, actuante. En países en conflicto como Colombia, escribir sobre la memoria que alude hechos atroces y vergonzosos, es de valientes o, por lo menos, de avezados.

Marea de sombras (Pigmalión, España, 2018) es, por antonomasia, una novela para la memoria; narra sucesos que la mayoría de los colombianos desconocen o eluden cerrando los ojos, o pasando la página para no horrorizarse. Un texto que nos hace sentir culpa, rabia, por permitir que nos hagan lo que nos hacen.

La memoria, en territorios de conflictos armados y sociales, alude a las víctimas y, los escritores que se lanzan al vacío inseguro de la muerte por la espalda, tienen clara la palabra “compasión”, desde el punto de vista social, psicológico, filosófico y no moral. Fabio Martínez (Cali, 1955, docente e investigador, Doctor en Semiología de la Universidad de Quebec, Montreal, Canadá) ha puesto el pecho, el corazón y la palabra para dejarnos expuestos al espejo. No es el único, centenares de narradores, no solo académicos y del oficio, sino contadores populares, locales, regionales, ayudados por la palabra, el teatro, la música, la pintura, la fotografía, dan su aporte valioso a la memoria.
No necesariamente las víctimas directas dejan lamentos pidiendo justicia. ¿Acaso en Colombia no somos todos victimas?

Martínez, al comienzo de su libro, nos anuncia lo escabroso de la violencia:

“Bahía de Ziuz. (Léase Buenaventura, en el Pacífico colombiano). Cementerio central, 12 de febrero de 2014. Con Julia estoy en el cementerio central despidiendo una pierna de una mujer. Sí, así como lo oyen. Una pierna de mujer. No es una ficción. Es la realidad, así como lo digo. La degradación humana ha llegado aquí a tales extremos que ya no solo se asesina, sino que se pica, como se dice en la jerga popular”.

Picar a las personas, sus cuerpos, es una práctica que los nombrados paramilitares, ejércitos privados de la mafia y la delincuencia organizada, ponen en práctica para desaparecer a sus contradictores, a sus enemigos políticos, de negocios, amorosos. Se dice que la macabra práctica, de las auc (Autodefensas Unidas de Colombia), la extendieron por Colombia: cercenar el cuerpo, desaparecer evidencia penal pero, lo más grotesco, expandir los pedazos creyendo que el alma del muerto no puede juntarse para la venganza. Los ríos y el mar: grandes y calladas tumbas de la guerra.

En Marea de sombras, un hombre cuenta en primera persona; supone el lector que es un testimonio, ese secreto que permite un relato desde el “yo”. Nos dice el nombre de la mujer a quien pertenece la pierna: Karen.  El hombre, en compañía de su esposa Julia, evoca; la pierna le trae, en el silencio, escenas eróticas. El lector se detiene ante la escena, intuye que las partes que faltan de Karen, han sido amadas por “él”. Alabaos o canciones tristes de negros, se oyen en el camposanto, en el escenario que anticipa, un crimen, a un criminal y una historia o varias historias de amor. Vaticina un libro policiaco con fondo de memoria histórica. Mafiosos, escoltas, curas, guerrilleros y silencios, abren el argumento. Ahora sí, estamos en el anfiteatro de Colombia y, seguramente, se descubrirán los victimarios o, el velo de la impunidad se cerrará, oscuro, lúgubre.

En Marea de sombras, existe ese contubernio entre novela, periodismo y cine. Lenguajes, planos, monólogos, diálogos, se imbrican. Y aparece ese personaje universal y reiterativo en la literatura: el poeta. Felipe Gardenia. El lector quiere saber qué pasó con la dueña de la pierna. Se abre otra arista, la vida y la complejidad de un escritor en medio de la muerte, con el tono burlesco e irónico de un taller literario.
Voz de Felipe:

“Como cualquier escritor que desea fama y reconocimiento, pensaba que la poesía iba a ser mi salvación. Algún día me iban a dar el Premio Cervantes, y forrado de gloria y dinero, viviría feliz y sin afugias el resto de mi vida. Jamás imaginé que la poesía iba a conducirme al infierno”.

Y más adelante la sátira o mejor el lastre:
“Dolfín se sentó en la mesa, puso a un lado su sombrero Panamá y su mochila indígena, y mientras terminaba el desayuno continental que el mesero de turno había servido, me contó que él también escribía poesía, pero nunca se la mostraba a nadie.
—Eres un poeta clandestino —deje—. Como todos los colombianos”.

Personajes de la intelectualidad reciente, como el sociólogo Jacques Aprile van y vienen para comprender ese mundo que, en el avance de la narración, se recompone entre el miedo, la clandestinidad y la orfandad. Es el territorio del horror. Aparece la guerrilla (el lector no sabe si son las farc o el eln) que suma al conflicto, niebla de guerra. Como en un casting o una escaleta cinematográfica, el autor presenta sus personajes, consigna cómo son, de dónde provienen, por qué están ahí… en un entramado de puertos, burdeles, marinos y traficantes. Drogas, yerbas mágicas y presagios combinan esta sórdida novela que bien parecería del absurdo pero que no es más que un testimonio de la gran verdad social, las dos verdades fusionadas para el relato. La verdad de la ficción sustentada en la verdad de la documentación. Avanza el poder de los sucesos novelísticos que el lector ha leído y visto en los periódicos e informes televisivos.

Vendrá el escenario, ágora griega, con las voces de los fantasmas, las voces de los asesinados, porque los muertos también tienen voz. Una voz que avanza hasta el efecto último, que cuenta esos momentos cargados de dolor, pedazos de cuerpos como aquellos que discurren en “Los velos de la memoria”. Voces que van y vienen a reconstruir sus truncas vidas.

“Como conocía esta ruta de memoria, yo sabía que aún faltaba media hora para llegar a puerto. Cuando atracamos, El Viche dejó la lancha apostada en el muelle, y tomó un taxi rumbo al hospital. Acostada en el asiento de atrás, yo veía el mundo turbio y confuso. Cuando llegamos, alcancé a escuchar sus últimas palabras:
—¡Esperanza, por Dios, no te vayas!
Cuando el médico me vio la herida en la frente, no pude explicar nada. Ya había acabado de dejar este mundo y comenzaba a descender lentamente al reino de los muertos”.

Como este párrafo hay muchos donde la víctima describe ese instante de indefensión que han tenido miles, centenares de colombianos, en el momento mismo del sacrificio.
Entre el lenguaje literario y de crónica periodística, Martínez entrega al lector un panorama de Colombia en un lenguaje que parece de sociólogo o violentólogo:

“Pero todo no fue dicha y placer en la ciudad. La violencia fratricida de los años cincuenta en el país dio pie a la creación de la guerrilla, que al ver las posibilidades estratégicas que brindaba El Puerto, envió a uno de sus frentes a hacer presencia en la selva y en los ríos, hasta que entraron a la ciudad y se tomaron los barrios palafíticos de bajamar. La guerrilla comenzó a reclutar niños, secuestrar comerciantes, volar torres eléctricas, y amedrentar a una población inerme, abandonada a la mano de Dios.
El ejército perseguía a los guerrilleros por todos los agujeros de la ciudad”.

Este lenguaje, desde lo exterior del drama, abre la posibilidad al lector de averiguar más sobre el fenómeno que la novela plantea: enfrentamientos entre paras y guerrilla. Quizás el lector vaya a otros documentos para entender por qué esa guerra atroz y cuáles sus causas, además del tráfico de droga, quiénes influenciaron el estado de guerra, a quiénes beneficiaría o aún beneficia que esta situación continúe.

Pero como es una novela y no un tratado sociológico, dirán, Marea de sombras muestra algunos ángulos interesantes que aportan al entendimiento de la victimización del pueblo colombiano.
Texto valiente y sincero, desde los tejidos del sexo y el erotismo hasta los desmembramientos, así de simple y escueto. Lenguaje directo, con párrafos que se palpan y huelen y, de nuevo, el lector intenta ocultarse, sin lograrlo. Porque el lector también “convulsiona y queda tieso para toda la vida” (FM).

Ah, las voces de los ultimadas y su última súplica o reflexión:

“Los cuatrocientos hombres comenzaron a lincharnos hasta que nuestros cuerpos no pudieron más y quedaron desmadejados en el suelo. El joven combatiente y yo morimos abrazados sobre la arena”.

Y con ese sarcasmo que Fabio Martínez nos ha entregado en sus cuentos breves, con ese humor caustico que subyace en su narrativa, la muerte de la posmodernidad, como se le oye decir, llega hasta una víctima que hace su última selfie:

“Entonces me llevaron a empujones a la casa vecina de Lucy. Me amarraron a la tabla de madera. El pequeño mueble tenía algunas salpicaduras de sangre. Eran de mi amigo Iván. Me obligaron a tomar mi Smartphone. Dijeron:
—Como a ti te gusta grabar, vas a hacer tu último selfie en movimiento.
Comencé a grabar mi propia muerte”.

Al final, cuando se reúnen los personajes para no dejar la historia en la mancha de sangre, aparece de nuevo la gata Lupita (el autor, como Cortázar, es amante de estos felinos), el poeta contador de la historia (novela) y su mujer. Hay un poeta que utiliza la crónica y restituye, en lo posible, su sensibilidad para dar voz, gran ironía, a la no absurda conclusión de todas las guerras

Bogotá, El Nogal, junio de 2018 

Fabio Martínez y Jorge Eliécer Pardo, en la Feria del libro de Bogotá, 2018

El gato de Fabio e Ivonne. Foto de JEP, Cali 2016. Dicen que los gatos son los que les dictan los libros a los autores.









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