16 de enero de 2018

Rodrigo Silva


Esta noche con mi amigo Rodrigo, el viejito que siempre alegra mi corazón

Por Jorge Eliécer Pardo

Jorge Eliécer Pardo y Rodrigo Silva
Estando en la Unión Soviética, con el poeta José Antonio Vergel, escuché una canción de Silvia y Villalba y sentí que ese dúo formaba parte de la nacionalidad colombiana, como el escudo y el himno nacional.
No he sido muy amigo de bambucos, pasillos y guabinas pero Rodrigo Silva me los ha hecho sentir, no sólo en sus grabaciones sino en la grata emoción de tenerlo al lado, mientras libamos en la sala de mi hermano Carlos Orlando. Rodrigo se apura un aguardiente y yo un whisky.
Rodrigo Silva, Carlos Orlando Pardo, William Ospina y Jorge E Pardo © ECB

Sus letras son poemas, poemas profundos que contienen la elementalidad, esa que muchos intelectuales creen que no son literatura. Pobres de ellos que jamás han sentido lo que yo, mirando un paisaje o presintiendo un campesino evocado en los versos musicales de mi amigo. Gratos instantes al darme cuenta de que a pesar de no escuchar por años la música de Rodrigo, ya se encuentra en mi inconsciente, en mi frágil memoria, en lo profundo de mis informaciones genéticas.
La canción surge de sus labios como onda que viaja con el tiempo, porque es del tiempo del que hablamos en esas gratas tertulias, al lado de quienes nos quedamos en silencio para que la música, la guitarra y la voz, ahhh y el poema, pueblen la noche.
Se detiene en la nota prolongada y en ese instante en el que el poema y la melodía permiten la respiración. Me he quedado en esa zozobra no sólo porque su música sigue viajando en la piel de los brazos sino porque nace en el respeto que pocas veces entrego a alguien. Es ese mismo silencio que en la soledad uno profesa a sus buenos autores. Respeto que se conjuga con el silencio, silencio que revive después con alas y va con nosotros hasta el lugar que el poema habita.
Rodrigo Silva © JEP

Nos hemos permitido otros tema como la literatura y me confiesa que termina una novela sobre su vida. Me relata episodios y me recita su epitafio. Lo miro. Es de cara hirsuta y mirada pícara. Es de leve cuerpo y palabra fácil, tan fácil que imita personajes, hace alusiones en distintos idiomas y canta a Aznavour en francés y entona Nataly en ruso. Luego me lanza un chiste político donde los conservadores exterminan la mala hierba de los liberales. Se ríe y me hace reír y suelta otras parrafadas para burlarse de la ridícula guerra de nuestro país.
Cuando escucho que tiene una grave enfermedad en la boca, no puedo creerlo porque es su caja de resonancia, por donde sale todo, donde todo se hace verdad, aunque creo que todo germina de lo más profundo de su corazón, alegre unas veces, triste otras.
Si me hubiera encontrado con Julio Flórez, el poeta popular que debemos recuperar para los nuevas generaciones, le contaría de ese otro poeta que logra su altura, como Amado Nervo o el mismísimo Neruda en sus poemas-canciones de amor.
Salud. © JEP
Los únicos que generan en mí auténtico respeto son los auténticos artistas. No los supuestos y famosos artistas. No. Hablo de aquellos que me permiten saber que son verdaderos en mi soledad, el único espacio donde nadie te persuade, donde la verdad (así sea un error) nos hace hombres sinceros, hombres sin odios, hombre no mediatizados. Es ahí donde ha estado Rodrigo Silva. Ahí, habitándome, sin decirlo a nadie, sin decírselo a él. Y se me antoja ahora confesarlo. Pocas veces entrego estos secretos, porque además son pocos los que me hacen pensar así. Sin debatir, sin permitir una discusión, como el silencio, ese que proporciona la buena música. Lo sé porque me pobló el arrobamiento escuchando el Concierto Número Uno para piano de Brahms, cuando escribí mi Pianista que llegó de Hamburgo.
© JEP

Pensé en Rodrigo y en ese instante en el que todo lo posible surge donde todo llega y nada aparece, donde el sentido creativo se hace realidad sin saber cómo. He escrito muchas veces sobre libros, autores, artistas plásticos, he ficcionando mi realidad, la de los otros, pero ahora, cuando Rodrigo Silva está en medio de esta noche precipitada, sin su música, sólo con su recuerdo y voz que llega sin volumen, me doy cuenta de lo que significa para todos, para los colombianos cultos y los que no lo son, los que tiene esa otra sabiduría tan escasa pero tan autóctona. Bajo la mirada a las teclas y me digo que es la misma magia de las palabras que van deslizándose como la música, como el discurso grato cuando nos confesamos que el sentimiento humano es el que nos interesa. Y la amistad. Y el amor. Y el arte que nos hace estremecer para sobrevivir en un mundo atroz y globalizado donde la música y la poesía, unión bendecida, hace posible el no fracaso del proyecto humano.
Rodrigo Silva y su hermana. © JEP

Arreo la bandera, cuestiono el escudo y venero la música de Rodrigo. Sólo esas canciones me hacen colombiano cuando la bandera esta ensangrentada, el escudo es una pantomima y nosotros, seres sobrevivientes en un mundo desigual, náufragos en espera de la muerte. Esas canciones dan sentido a mi vida, como la buena literatura, como el dulce canto de mi madre meciéndome en la cuna, arrullando a sus diez retoños por siempre y para siempre.

Bogotá, noviembre 16 de 2012


El último viaje del poeta cantor


Una nueva partida que lacera el alma: el poeta cantor Rodrigo Silva, entrañable amigo, se va a su último viaje dejando un gran legado. Siempre le dije: la bandera, el escudo, el himno nacional y Silva y Villalba son los emblemas de Colombia. Escuché a tantos amigos en ciudades remotas, llorando y cantando sus canciones como si abrazaron las raíces de la nacionalidad. Su voz aterciopelada nos conducía por los paisajes de la niñez y juventud. Cantaba como Javier Solis y componía canciones tan hermosas como los paisajes del Tolima y Huila, con la protesta de un hombre perseguido por la guerra, como todo el país. Tantas tardes al lado de mi hermano Carlos Orlando, en el porche de su casa en Ibagué, nos acercaron en las etílicas tenidas de anécdotas y canciones. Su humor matizaba el ambiente mientras observábamos los árboles y las ardillas frente a la casa cultural de Carlos Orlando. Escribió una novela (aun inédita) sobre sus posiciones sobre la vida, un libro lleno de aforismos y experiencias. En Ibagué, rodeado por su esposa y sus hijos y por sus más cercanos amigos, no se calló, simplemente se elevó en el arte y la memoria de quienes gozamos por años su compañía. Buen viaje, poeta cantor, pronto nos volveremos a ver y cerraré los ojos para escuchar Viejo Tolima. 

Ibagué, enero 8 de 2018.


Carlos Reyes, Darío Ortíz V., Héctor Sánchez y Rodrigo Silva





JORGE ELIECER PARDO dijo...

En video fue grabado por JEP una noche en casa de SG.

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