15 de enero de 2018

NARCÍS GALIÁ

Narcís Galiá: del Mediterráneo a Colombia
(Enero 11 al 26 de 2018)
Por Jorge Eliécer Pardo

Catálogo de la exposición

Este 2018 se estrena con un gran acontecimiento cultural que pondera las excelsas artes plásticas del mundo: la exposición, en el Centro Cultural y Educativo español Reyes Católicos de Bogotá, Colombia, en cooperación con la Embajada española, del maestro Narcís Galiá, considerado uno de los grandes coloristas del siglo XX y XXI, digno discípulo conceptual de Paul Cezánne.

Palabras de Jorge Eliécer Pardo
Mi hermano escritor Carlos Orlando Pardo estaba invitado a hacer las palabras inaugurales dada la amistad con el pintor y su esposa, María del Pilar Gutiérrez. La muerte del poeta cantor Rodrigo Silva, con quien nos unía una estrecha relación afectiva, impidió su viaje, de Ibagué a Bogotá. Por eso me dio el privilegio de hablar de Narcís y su entorno desde lo familiar y cotidiano.
Por supuesto que conté a los asistentes, mi amorosa, tierna cercanía con mis amigos del lejano Mediterráneo en la zona de Tarragona, Alcanar, donde compartí días inolvidables en una masía con vista al horizonte azul donde pude sentir la brisa salobre que venía hasta mi ventana.

Jorge Eliécer Pardo y el pintor Narcís Galiá

Nos invitó la escritora y gestora cultural, Mapy, luchadora incansable desde los tiempos del ímpetu de la juventud cuando (como ahora) soñamos con un país mejor. Ella había conocido un pintor catalán en una exposición en Miami y desde entonces se enamoraron sin límites. Seguramente ese hombre, que parecía un vikingo o bucanero, quedó anclado para siempre en el azul de los ojos de la hermosa mujer que le hablaba de la montaña y el llano de su Tolima. Narcís supo —con toda seguridad— que si bien no sería su primera mujer, sería la última. Por ella muchos colombianos pudimos disfrutar no solo la calidez humana del pintor español sino de su portentosa obra la mayoría de gran formato como de las exquisitas y coloridas paellas que preparaba a sus invitados acompañada de exigentes vinos.

Narcís Galiá, Mapy y Carlos Orlando Pardo © JEP
Siempre asocié a Galiá con ese otro marinero de nuestra pintura: Alejandro Obregón. Mientras las barracudas navegan extraviadas por los cielos caribeños, las marinas incansables de Galiá siguen eternamente golpeando el arrecife. Obregón descubrió y pintó Los Andes, sus cóndores y montañas preñadas de violencia, Galiá atrapó momentos de la cotidianidad, de pueblos costeros y personajes montañosos.
El maestro me llevó a su taller que, como en todos, tenía la magia de pinceles y colores desordenados, a la espera de la magia, la maestría y el talento. En el silencio comprendí el lenguaje de la música, la poesía y la pintura. Se juntan en ese espacio inexplicable del arte. Llenó la paleta con ocres y se dispuso a entregarme una rápida lección de color y forma. Lo había visto en la celebración de sus ochenta años, dictar talleres a los infantes de la escuela del pueblo con el amor y esmero de un monje. Lo oí hablando como abuelo y navegante y contestar con generosidad las impertinencias de los niños.
Marina de N. Galiá
Visitó Colombia varias veces y pintó paisajes y un óleo de la Catedral de Ibagué, que me hizo sentir el regocijo de la tarde oyendo el canto de las chicharras y los loros en una inmaculada quietud que solo los pueblos y ciudades pequeñas nos dan bajos los ocobos.
Estuve, en el recorrido por la exposición de los Reyes Católicos —que estará colgada hasta el 26 de enero— evocando las tertulias en Alcanar, escuchando textos insinuantes de Mapy y la voz pausada de Galiá ponderando no sólo el amor por ella sino la admiración por su palabra.
N. Galiá, Mapy y la cantautora Olga Valquiria © JEP
La verdad, cuando alistaba los arreos para enseñarme volúmenes, me intimidaba… ahora, mientras escribo estas evocaciones terrenales y sinceras, me sigo intimidando frente a sus obras, en especial aquellas figurativas donde lo humano y el color tienen el equilibrio perfecto.
Tendría que agradecer a la vida y a mi hermano Carlos Orlando que, como con todos sus amigos, cultivó y alimentó la amistad de María del Pilar y Galiá desde hace tanto tiempo. El oleaje, la textura y el olor que se quedó en los recuerdos, es diferente cuando hemos podido compartir con un artista inmortal, en la intimidad del paisaje y el silencio, espacios inviolables de la verdad estética.
Quisiera que muchos pudieran quedarse frente a la obra de Narcís Galiá que ya se encuentra en el pedestal del tiempo del no tiempo.



Jorge Eliécer Pardo
El Nogal, enero 11 de 2018


Alexandra Gil dijo...

Jorge Eliécer, que palabras más sentidas. Mil gracias por toda la admiración y el afecto hacia Mapy y Narcís. Las personas que por una u otra razón hemos tenido la fortuna de pasar por su vida no podemos más que dar las gracias al cielo por ese privilegio de, como dices en tu escrito, compartir una amistad inmortal.
Un abrazo.

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