13 de mayo de 2016

La baronesa del circo Atayde. Emma Bohórquez

La baronesa del circo Atayde
entre la desesperanza y el amor

Emma Bohórquez


“En la caja de madera, tallada en olivo, compacta como huevo que estallará, el redoblante y los cantos de guacamayas anunciaron su aparición. Desnuda, emergió su hermoso todo ante los ojos del domador – dueño, su larga cabellera agitada por la brisa que llegaba desde la entrada del circo, colgada a una cuerda invisible, fue ascendiendo mientras le nacían alas y garras de búho en sus pies semi perfectos”[1].


La Baronesa del Circo Atayde, es presentada como una musa, diosa, náyade; medusa incólume en constante fuga, sirena ondina que espejea; maga fluctuante que nace y renace una y otra vez como un fénix infinito. Es María Rebeca, es la imagen tallada en madera, es Sofía Álvarez, es la madre muerta de Sofía y Matilde; la mujer fugitiva y cautiva en los pensamientos de Carlos Arturo. Todas en una sola mujer que se desdobla una y otra vez, bien sea en el escenario del circo o en la mente de Carlos A.
La Baronesa se describe como una mujer alada que en los momentos previos a su fuga de manos del domador-dueño que la quiso doblegar, extiende su vuelo:
“Rompió el mortecino de la caja y la vieron completa, expuesta y bella, con sus risos serpenteando. Se elevó en la misma cuerda donde todas sus vidas girarían millones de veces más rápido que la tierra. Batía suave las alas transparentes en busca de la claraboya para ganar la noche, las estrellas, la luna negra. Sería viento, espíritu. Buscaría otra carpa tosca, un socavón en donde anidar en su mortaja, en el mar purpúreo donde tendría hijos paridos en los sueños”[2].

La Baronesa vuela constantemente, huye de su familia, de la madre asesina, del domador dueño, de Carlos Arturo, del circo, o quizás del destino que sin lugar a dudas, jamás logra atraparla. Su carácter errátil se desglosa a lo largo de la novela como si ella se encontrara más allá del tiempo, del amor y de la misma historia que se entreteje en las calles bogotanas, desde los recuerdos y las vivencias de Carlos A. y su padre, Saúl Aguirre.
Esta tendencia libertaria y fugitiva de la Baronesa delinea la condición de desesperanza tanto en ella como en Carlos Arturo; de un lado, María Rebeca no descubre posibilidad alguna en el futuro ni siquiera en el amor, pues es consciente de que en cualquier momento este puede fenecer:
“-¡Qué bueno que estés aquí!
- Vine para quedarme ¿no fue ese el compromiso?
-Nos casaremos
-No hablo de matrimonio. Hablo de estar juntos.
-Hasta que el amor aguante - dijo como si las palabras recreadas en sus encuentros sobresalieran en su pensamiento.” [3]

De este modo, el amor no se constituye como elemento salvador de la desesperanza, teniendo en cuenta que esta se define como: “no esperar nada que no vaya más allá del ´aquí´ y del ‘ahora’” [4] .Esta inmediatez o alusión al aquí y al ahora, se hace vigente en la ausencia de futuro y pasado en la Baronesa:
“Lo lamento Carlos A - por primera vez lo llamó así - soy la mujer equivocada, sin pasado posible. No hay nada que nos una, ni un beso verdadero, ni una promesa, ni un juramento, nada. Presiento que eres un buen hombre Carlos A, pero no hay futuro. No quiero que esos hijos que dices que tendremos mendiguen en el muro de La Capuchina”[5].
Teniendo en cuenta las características que Álvaro Mutis otorga a la desesperanza como la lucidez, la incomunicabilidad, la soledad y la relación estrecha con la muerte[6]. Esta característica de la ausencia o imposibilidad de futuro, se relaciona con la lucidez, ya que el sujeto desesperanzado es consciente de su condición, es decir, no se lamenta ni lucha por salirse de la misma; situación evidente en María Rebeca en quien la desesperanza es tal, que hasta en la misma descendencia, la Baronesa no descubre posibilidad alguna, todo se signa bajo el hálito de la posible desgracia, que se confirma cuando el taller se quema y ella queda relegada a la inmovilidad.
La desesperanza se asume como una condición propia del mundo moderno, pues “separado del mito y de lo sagrado, red primordial del sentido, el hombre moderno se hunde en la desesperanza, en sensaciones de soledad y abandono, todo lo cual se traduce en una consecuencial pérdida del sentido de vivir”[7].
Estas sensaciones de soledad y abandono se hacen recurrentes en Carlos A, quien pareciera que esperar toda la vida, aunque tal espera se hace vana, pues la Baronesa se desliza para siempre: “Intentaba odiarla, reprochar el abandono, pero al cerrar los ojos con rabia, desde el azul que llenaba la semioscuridad, emergía ella, con su sombrero de ala ancha, volando hacia sus pupilas”[8]. Esta sensación de abandono, acompaña a Carlos Arturo hasta el final de sus días, como lo percibe Matilde: “No separó los ojos de la cama donde yacía Carlos Arturo y supo que, desde la fuga de Rebeca, lo vio desolado, murmurando versos en las noches”[9].
Para la Baronesa, la vida es fluctuante, no hay una sola dirección, constantemente su existencia espejea con vidas paralelas y alternas que se dejan ver a través de Carlos Arturo, cuando la descubre en los carteles cinematográficos.
Este carácter efímero de la mujer, consolida en Carlos Arturo una de las condiciones del individuo desesperanzado, pues aviva su soledad y ratifica que si bien, el amor se puede interpretar como un paliativo, su irrealización fortalece el carácter desesperanzador de la existencia:
“No sabía si su esperada comprometida era diestra y encontró, en el pedazo de cuerpo, caricias en sus muslos y vientre, percibiendo huellas dactilares, dibujos informes. Los nudos de madera, crestas papilares, surcos imperceptibles, los rellenaba con aserrín, polvillo de cedro, suave como esas falanges que lo acariciaban, lo acariciaban. Perennes, inmutables, como su amor y desesperanza”[10].
Bajo esta perspectiva, en La Baronesa del circo Atayde, amor y desesperanza están unidos, van de la mano en un camino infinito, debido en gran parte al carácter errante de la Baronesa, lo cual vigoriza en Carlos Arturo la condición de desesperanzado, pues la mujer es la única vía que encuentra para hallar el amor y la pasión. Para Octavio Paz: “El amor es uno de los más claros ejemplos de ese doble instinto que nos lleva a cavar y ahondar en nosotros mismos y, simultáneamente, a salir de nosotros y realizarnos en otro: muerte y recreación, soledad y comunión”[11].
María Rebeca es una imagen viva, que surge y agoniza constantemente deambulando en el circo y en los aires, también dentro de Carlos Arturo, que la conoce por primera vez en la sombrerería y la espera eternamente.
María Rebeca se constituye en una especie de diosa itinerante, que aparece en el circo Atayde, en el taller de Carlos A, en las películas junto a Pedro Infante y en las fiestas de disfraces; ojos perennes que busca el carpintero quien muere de leucemia, aunque para él, la causa real es el amor y el abandono: “Culpaba de la enfermedad a Rebeca y la veía dibujada en los exámenes médicos que engrosaban la carpeta que Matilde archivaba. Acusaba al amor, o la falta de amor, de que sus células blancas se comieran lentamente su sangre y su médula”[12].
María Rebeca, la Baronesa, es el motivo de esperanza y desesperanza para Carlos A, es la representación del amor y la ausencia, de la vida y la muerte, mezcla mortal que sacude el alma del carpintero, lo cual se relaciona con lo acotado por Octavio Paz al afirmar que la creación y destrucción se funden en el acto amoroso.
La Baronesa se puede constituir como creación desde el sinnúmero de criaturas que surgen de su presencia. María Rebeca deviene en multiformes aspectos, todos relacionados con seres alados que representan su carácter efímero y letal: “En otras plazas no era búho sino pelícano, erizo, cuervo, chacal, avestruz, hiena, cabra salvaje, buitre, halcón, ardilla, fauna de su espectáculo, herencia de su primer hombre, y con membranas o patas, emprendía la fuga, la libertad”[13].
En su conferencia de 1965 sobre la desesperanza, Mutis aduce que una de las características del desesperanzado es la incomunicabilidad, surgida a raíz de que la desesperanza “se intuye, se vive interiormente y se convierte en materia misma del ser”[14], por ello se asocia al silencio, a la no manifestación abierta de ningún sentimiento por avasallador que este sea, lo que instituye al desesperanzado como un sujeto incomunicado que no expresa ni comparte con nadie su condición; conforme a eso, todas las luchas interiores las lleva en sí mismo bajo una extrema introspección de sus emociones.
Esta característica se hace presente en Carlos Arturo y en María Rebeca. Carlos Arturo se hunde en sus silencios y en la tristeza constante que le genera la espera por la mujer que ama, espera que inicia desde el momento en que la conoce en la sombrerería y a partir del cual, talla su imagen de madera, que similar a la historia de Pigmalión, cobra vida en la contemplación que de ella realiza el carpintero; así mismo, al esfumarse en el incendio, la figura tallada también se va disolviendo con María Rebeca que cae en estado inmóvil que se quebranta cuando huye y abandona su familia.
A pesar de la soledad en la que se ve fundido Carlos A, no comunica la desazón de su derrota ante la partida de la mujer; es más, el abandono es sustituido por la muerte aparente en el parto de Matilde. El carpintero asume el abandono y la fatalidad del amor, auscultando el dolor en el licor o en las salidas con sus amigos.
De otro lado, María Rebeca en medio de la desgracia huye, situación evidente cuando escapa del domador dueño y cuando el taller se consume en llamas, pues si bien, no huye inmediatamente desde un punto de vista material, si lo hace en un alejamiento de la realidad que los médicos le atribuyen a la demencia:
“Los médicos aconsejaron a Carlos Arturo que la internara en un asilo; se negó. Rebeca volvería de su viaje, seguía en gira, en sus camarotes; iría al Atayde a rescatar su alma para juntarla con el cuerpo que miraba un solo punto de la habitación o el patio, sentada en la mecedora de mimbre reventado”. [15]
Así mismo y relacionado con la incomunicabilidad, se descubre la Baronesa: “María Rebeca, en el devenir, el silencio, encontró una manera no de morir, sino de sobrevivir”[16]. De este modo, el silencio como elemento del sujeto desesperanzado se presenta en los dos personajes.
Otra condición de la desesperanza a la que se refiere Mutis y que se desarrolla en la novela de Pardo, es la soledad: “nacida por una parte de la incomunicación y, por otra, la imposibilidad de parte de los demás de seguir a quien vive, ama, crea y goza sin esperanza”[17]. En La Baronesa del circo Atayde, Carlos A, no puede seguir a la Baronesa, porque su carácter inconstante lo impide, por ello se relega a esperarla y si bien suple sus deseos con las niñeras boyacenses que hicieron las veces de nodrizas.
Desde Octavio Paz “la soledad es el fondo último de la condición humana”[18] , y se hace notoria a partir de la conciencia que tiene el sujeto de ser arrojado en el mundo con sus cataclismos personales y el desenfreno de su tiempo y su sociedad. De ahí que Carlos A, no solo se enfrenta al abandono, también a todo un contexto histórico que le deviene desde las luchas y los testimonios de su padre Saúl, y desde sus mismas vivencias en las que descubre la constante presencia de la guerra y la injusticia social.
Por lo tanto, la desesperanza se fortalece desde el abandono, la ineficacia e imposibilidad de realizar el amor, y la lucidez plena para saber, que nada podrá ser diferente. De un lado, está la esperanza nula que posee Carlos A, en la llegada de la Baronesa, que solo aparece después de su fuga, en los carteles y las pantallas como un espejismo. En María Rebeca esta condición parece mucho más materializada, pues desde el principio concibe la existencia ausente de pasado y futuro, y hasta cierto punto carente de raíces:
“Se abría la caja. Emergía el primer llanto, aliento primigenio, sin aceptarlo o negarlo, la lumbre, la descubría, pequeña cabeza. ¿Dónde su padre? ¿la madre asexuada? En ese lugar y en todos destinada al ciclo perverso de la muerte. ¿Desaparición? Prolongación en otros que no eran los suyos…quizás la totalidad lo era”[19].
Bajo esta perspectiva, se descubre en La baronesa del circo Atayde, una novela en la que se vincula la re-creación de diversos acontecimientos históricos, desde las vivencias de Saúl Aguirre y su hijo Carlos Arturo y anexo a ello, el trasegar de dos personajes en los que la desesperanza, condición moderna, se hace latente desde la presencia de la soledad, la incomunicabilidad y la nula posibilidad de la realización del amor.

Emma Bohorquez Bonilla (1985)
Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Egresada de la licenciatura en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima. Ubicada dentro de los diez mejores ECAES a nivel nacional por el área de Humanidades y Lengua Castellana en el 2007. Ganadora del Concurso Nacional de Cuento Corto de la Universidad Externado en el 2010. Tesis sobresaliente en la Maestría en Literatura de la UTP, por su investigación sobre el pensamiento mágico en la literatura latinoamericana. Actualmente se desempeña como docente en la Institución Técnica Isidro Parra del municipio del Líbano.

                                                                                      







[1]PARDO, Jorge Eliécer. La Baronesa del circo Atayde. Bogotá: Cangrejo editores, p. 96-97.
[2] Ibíd.,  p.92.
[3] Ibíd., p. 62.
[4] Becerra Mayorga, Witton. “La estética de la desesperanza: Un bel morir de Álvaro Mutis y la crítica a la modernidad. Revista Colombiana de Humanidades ISSN: 0120-8454 | No. 70 | Año 1 | pp. 203-218 |.
[5] Ibíd., p. 26.
[6] García Aguilar, Eduardo. “La prosa de la desesperanza” en Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero. Ediciones Altera: España, 2001. p. 208.
[7] CRUZ Kronfly, Fernando. La tierra que atardece: Ensayos sobre la modernidad y la contemporaneidad. Bogotá: Ariel, 1998. p. 41.

[8] PARDO, Op. cit., p.237.
[9] Ibíd., p. 243.
[10] Ibíd., p.35.
[11] PAZ, Octavio. El laberinto de la Soledad Postdata/Vuelta a El laberinto de la soledad. México: Fondo de cultura Económica. 1981. p. 186.
[12] Ibíd., 175.

[13] PARDO, Op. cit., p 92.
[14] MUTIS, Álvaro. La Desesperanza. Conferencia dada por Álvaro Mutis en la Casa del Lago de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1965. p. 24.
[15] PARDO, Op. cit., p 149.
[16] Ibíd., p. 120.
[17] MUTIS, Op. cit., p.  192.
[18] PAZ, Octavio. El laberinto de la Soledad Postdata/Vuelta a El laberinto de la soledad. México: Fondo de cultura Económica. 1981. p. 179.
[19] PARDO, Op. cit., p p. 27.

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