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13 de mayo de 2016

La baronesa del circo Atayde. Nota crítica de Cecilia Caicedo

La baronesa del circo Atayde
Tras las huellas

Cecilia Caicedo Jurado



La baronesa del Circo Atayde, es la segunda novela que desarrolla Jorge Eliécer Pardo en un ambicioso proyecto, construido como saga y titulado “El quinteto de la frágil memoria”. La obra que abre esta saga la publicó con el título de “El pianista que llegó de Hamburgo”, que en orden al desarrollo de la argumentatividad realmente es la segunda. Lo cual estaría significando que al autor no le interesa la lógica del asunto sino la lectura fragmentada de su mundo narrativo y que será el lector del quinteto el encargado de restituir el sentido de la historia, si es que la historia tuviese algún sentido, especialmente si lo que está de por medio es el recuerdo, que nos asiste no de manera lineal, sino abriendo puertas escondidas.
La baronesa que es la novela que nos ocupa se abre a partir de la página 27 con la imagen de una niña, que “…no tenía seguridad si María Rebeca fue siempre su nominativo, pero ese era el nombre con el que representaba su “número”, esto es su actuación en el circo mexicano Atayde, que le obligaba a viajar cada vez que emergía de la caja o se colgaba de la cabellera en actos circenses estelares.
Caja y aquí comienza el sentido de esta novela que nos permite titular esta nota: Tras las huellas. La caja en efecto funciona como la de Pandora, podíamos también asumirla como la linterna de Diógenes que ilumina la diégesis narrativa. ¿Que hay y que descubre el narrador en la caja de Pandora? Al entrar en su lectura quien se entrega a leer esta deliciosa novela de Pardo encuentra los múltiples pisos que la componen:
1.- El hilo conductor es la vida de Rebeca, con sus amores, desamores, rebeldía explícita y puesta en escena de una teoría de género para leer lo femenino que ilustra muy bien los orígenes remotos y olvidados de lo que hicieron algunas muy pocas mujeres colombianas en el siglo pasado. Con Rebeca el tiempo parece no existir a fuerza de existir desde muy duros y agobiantes niveles de significación.
2.- La lectura íntima de Rebeca se convierte en pretexto para ir tras las huellas de otra historia, la de los orígenes de la violencia política colombiana. El recuerdo convertido en palabras pronunciadas por un hombre viejo, militante de la naciente izquierda, comunista, oficialmente matriculado en el liberalismo que se expresaba en acciones de rebeldía y en propuestas políticas para transformar la geografía ideológica de entonces, pero también masón y ateo, como igual era solidario y comprometido con la causa de los artesanos, porque esa era su profesión la que hereda y recibe con orgullo su hijo Carlos Arturo Aguirre, el narrador principal de la novela.
Son dos pisos argumentativos tejidos de tal manera que los dos son uno. Unidad que se utiliza para reinscribir la historia política de Colombia. En Pardo el tema no es nuevo, por el contrario es un imperativo categórico que circula por la obra de este escritor que en el año 2013 recibió el premio nacional de literatura otorgado por los lectores de la revista Libros y Letras. Y no es actitud nueva porque las expresiones de violencia política y social a lo largo de su obra han sido escritas desde diferentes focalizaciones discursivas, pero siempre con esa lupa que permite la utilización de la metáfora aguda para impedir que el olvido se instale en la conciencia lectora. El mejor ejemplo de ello está en Los velos de la memoria.
Rebeca, la baronesa que es simbiosis de ángel y demonio, que no se expresan como dualidad porque las dos fuerzas aladas son unión, síntesis, y camino de expresión.
“Niña que habría nacido en una playa y la bautizarían con agua salobre” (Pardo: 28).
La carpa del circo como cueva, la caja en la que la introducen para sus números acrobáticos como útero, las cuerdas que la impulsan a los vuelos como frágiles alas de mariposa, sólo suspendida de su larga cabellera. Y en esa vida que es la ilusión vendida a los compradores de emociones, la niña en principio, la adolescente y finalmente la mujer, construye su vida pero también construye su sentido de independencia, de libertad, de buscadora de caminos, de nuevas expresiones para asumir su vida.
La vida de esa niña no podía ser más dolorosa, bastándose a sí misma sin tener más refugio que la caja del circo en la que nace con cada acto de acrobacia ejecutado le brinda armas nuevas para enfrentar su propio mundo. El cómo lo afronta es tan complejo como las posibilidades que le ofrece el mundo exterior. Leyendo a esa mujer que finalmente resuelve en la rebeldía la tradicional compostura a la que se debían las mujeres de su tiempo posibilita el recuerdo de otras mujeres que en el escenario político habían por fuerza conquistado los espacios de la palabra y del accionar social. Por las calles de lo que entonces debieron ser escenarios pueblerinos, recordamos la palabra fuerte y vigorosa de María Cano, para no citar sino un ejemplo superior. En Cano la voz de la protesta social encarnó una de las primeras puestas en escena de la mujer política en defensa de los pobres y los oprimidos. Las calles de una Pereira que emergía apenas en el escenario o las de Antioquia toda, en compañía de hombres aguerridos y militantes que respondían a la iluminación de los nacientes partidos de izquierda, posibilitaron lo que con el tiempo serían actos de independencia femenina, voces y escenario donde con muchas dificultades fue apareciendo un tipo de mujer que rompe ataduras, que no principios, con la educación sentimental tradicional y especialmente con la negación impuesta sobre el accionar político.
Si bien el personaje de la creación de Pardo está ubicado en tiempos anteriores a lo señalado ella, la baronesa, de lo que da cuenta es de la lucha que libra por construir la independencia de la mujer desde la construcción de una nueva voz. Ella lo muestra desde la primera conquista, que es la de ser dueña de su cuerpo, su sexualidad y de sus actos. Bella metáfora es la propuesta ideada por Jorge Eliécer, cuando su amante, que será además su verdadero amor, su encuentro con el élan vital femenino, el padre de sus dos hijas, también mujeres que admiran y quieren a su madre, aunque la nota dominante no es la de la madre entregada sino ausente. La metáfora alude al arte; Carlos Arturo Aguirre que será el compañero sentimental, con todo el rigor de lo que significa la frase anterior, es tallador y el oficio lo había heredado de su padre Saúl Aguirre, artesano que no sólo le hereda el oficio sino la militancia en todas las órdenes posibles que iban en contravía de lo establecido durante el siglo XIX y los inicios del XX.
El tallador ante la ausencia de la amada compromete su arte para acariciar la madera, con ella talla su cara, sin ojos, solo su óvalo perfecto, su cabello y de ahí lentamente irá trabajando el cuerpo de Rebeca, sus senos imaginados, el talle, los firmes muslos. Incisiones que son recuerdos, es la caricia inacabada, porque el intangible recuerdo, el sentido de lo no concluido, la certeza de lo nunca poseído, se vuelven en la metáfora del tallador de emociones la única certeza. Por eso tallar es la metáfora de la palabra que crea y revela, que esconde y expone al mismo tiempo, igual que el oficio del escritor en lo que Pardo expresa su arte poética.
Desde esta perspectiva la actitud de María Rebeca recuerda al significativo personaje creado en la novela La tejedora de coronas, en donde para conquistar el mundo, Genoveva Alcocer conquista primero su cuerpo del cual ella será su única dueña; Germán Espinosa, construye en ella a una mujer lúcida y subyugante, también es liberal, escéptica y masona como es el espíritu de la novela de Jorge Pardo, a través de un lenguaje magnífico.
A ese grupo corresponde Rebeca, a la que le viene bien el título de baronesa del circo, con las connotaciones y quiebres que encierra esa manera de ser nombrada, que en tono juguetón se desprende de la impronta de las noblezas de otro cuño y otros horizontes. El carácter lúdico con que es titulada la novela, y la mujer que encarna el centro argumentativo, es significativo en la medida en que la extrapolación de lo nobiliario en referencia a la cultura popular del circo tiene que ver con la nueva novela latinoamericana, que prestigia no lo heredado sino lo transformado en el ideario popular.
Rebeca se revela contra el statu quo y no por dable en sí mismo sino por la apremiante necesidad de autoconstruirse. Cuando parece haber aceptado el amor, la presencia del conyugue y el cuidado de sus hijas, ella alza el vuelo, como en la vieja caja de Pandora del circo, ella vuelve a la aventura, esta vez dolorosa, en tanto su presencia ha estado ahí, contemplando a sus hijas desde lejos. Nueva manera de ver el recuerdo, que será vuelto palabra en la memoria del marido agonizante.
El segundo plano no está desligado del primero. La historia de vida y de rebeldía de esa niña ángel o demonio, como es vista por el narrador, sirve bien al piso narrativo previsto desde otro cofre, otro hilo que sale de la caja de Pandora. La novela parte del asesinato de Russi, el abogado de los pobres como era conocido. Notable profesional que vivió en la Santafé de Bogotá, un poblado grande que giraba alrededor de la Candelaria, centro de los acontecimientos también de esta novela.
El misterio de las vidas humanas insta a la comprensión de lo que somos, como amamos, como vivimos, cual es nuestra participación o no en el acaecer político. Eso explica la relación entre un argumento amoroso de conquista y pérdida con la vida pública de algunos de los personajes implicados en la historia de vida que se cuenta. Uno de los objetos conseguidos por Pardo consiste en explorar nuestro lado más interesante, ese que es íntimo y es agónico conectado con el plano de participación social.
De otra parte a Jorge Eliécer y de eso da cuenta especialmente en Los velos de la memoria le interesa escribir la historia de Colombia, la real, la que identifica la construcción de democracia, en tanto que para la existencia de una democracia actuante la historia debe ser contada desde distintos ángulos, focalizaciones divergentes, y es ahí en ese diálogo en donde se van negociando las distintas visiones de mundo. Lo que no ocurre en los regímenes totalitaristas donde no es posible plantear siquiera la discusión. Tampoco en la literatura. El fuerte envión de novelas de autores colombianos interesados en reescribir la historia colombiana, la del accionar político tiende en la mayoría de las obras publicadas a reescribir los íconos establecidos, porque no es posible recitar una sola posibilidad de registro histórico. El gran cuadro de nuestra historia, con la reiteración de magnicidios, como el de Uribe Uribe o el de Gaitán, que son parte de la argumentatividad de La baronesa del circo Atayde, o de crímenes que atropellaron la dignidad de grandes sectores de opinión como el de Raymundo Russi, con el que se inicia la novela de Pardo, y la reiteración de los mismos en figuras tan notables de la historia colombiana como el de Alvaro Gómez, Luis Carlos Galán o los candidatos presidenciables de la UP, posibilitan el proceso de ser mirados y aprendidos desde ópticas distintas.
El centro de la Candelaria se convierte en varias novelas, también en la de Pardo, en una ventana hacia la historia de Colombia, que se reinstala en las narraciones para que la historia no se fosilice.
La relación entre las dos grandes historias del relato de Pardo: plano íntimo y social, se constituyen en un fresco de la Colombia de las primeras décadas del siglo XX, y la focalización de la novela es desde los derrotados, los artesanos, masones y gentes de espíritu liberal.
El primer crimen narrado es el de Russi y el tema de la trapisonda montada es de tal seducción que fue igualmente argumento manejado por Germán Espinosa en una novela que es anterior a la de Pardo. Lo señalable es la relación a un suceso que marca buena parte de la historia de derrotas y fracasos de los sentidos, en este caso los artesanos que están presentados en toda su fuerza de rebeldía, finalmente ahogadas sus protestas por el establecimiento de entonces.
En cuanto al manejo narrativo en La baronesa del circo Atayde lo primero a resaltar es la muy buena investigación histórica. El lector desde ella puede asumir una visión de los hechos nacionales y de la construcción difícil de la civilidad en Colombia. Fundamentalmente esta novela es un delicioso fresco de la historia, reconstruida con profundidad y concatenación.
En segundo lugar es resaltable el manejo de la narración, con frases construidas en relación con el paneo de cámaras, que son múltiples focalizadores para lograr a su turno el fresco histórico, mediado por un narrador que recuerda desde los prolegómenos de la muerte de Arturo la historia personal y la de una ciudad que no pasaba de los 100.000 habitantes. La metáfora del Ícaro herido, con la que se consolida el recuerdo retrospectivo del circo y la fiesta del vuelo y el trapecio finalmente conduce hacia una nueva relación: cofre-circo-silencio. Esto significa que ir tras las huellas de la caja de Pandora, es camino necesario para recordar con nostalgia pero con necesidad de construir futuro tanto en el escenario privado como en el público.



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