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26 de agosto de 2014

Homenaje a Julio Cortázar. Cuento de Jorge Eliécer Pardo


La Muchacha de la cinta blanca
—Jorge Eliécer Pardo—
Al salir de la universidad con el colega Marino, La Muchacha se acercó y saludándolo por su nombre le pidió que me presentara. Marino lo hizo sin ninguna ex­trañeza y se despidió. Hubiera pre­fe­rido que Marino no se marchara porque yo tenía prisa y las interrogaciones de la recién llegada vendrían como la lluvia. No fue así, me invitó a un café. Debía encon­trarme con mi mujer en quince minu­tos  por eso no acepté.

—Adoro la literatura de Cortázar —me confesó. Ante la referencia me detuve un minuto a obser­varla: aproxima­damente diez y nueve años, pelo corto azaba­che y ojos negros, profundos. Alta, delgada y de boca sensual. No insistió.
—Podría ser en otra ocasión —dije despacio. Entonces me preguntó si quería anotar la dirección de su casa. No estaba muy convencido si alguna vez iría a buscar esas palabras y números que lle­naron un sector de mi agenda de bolsillo.

Marino no recordó a la alumna cuando —al día si­guiente, en la cafete­ría—, le conté lo sucedido. Marino es profesor de filosofía, joven y bar­bado al que las mu­jeres buscan ... es, a mi parecer, un hombre con suerte en la conquista sin riesgos.
Esa noche el rostro de La Muchacha me perse­guía en un sueño volátil, re­vuelto con culpa, pre­sin­tiendo que po­dría decirme muchas cosas del amado Julio o quizás —al interrogarme—, me re­viviría otras. No se lo re­laté a mi mujer porque me pa­recía rutinario y porque vincular la univer­si­dad a la casa era como solicitarle que me con­tara los pe­queños acaeceres de su oficina estatal. Error, por­que hubiera evitado los encuentros con La Muchacha de la­bios sensuales.
Esperé dos semanas a que apareciera en la cafe­te­ría o en la sala donde gastamos el tiempo califi­cando exáme­nes y haciendo informes: inútil. No soy muy práctico, al con­trario me diluyo fácil­mente. La dirección que es­tampó con su caligrafía casi invisible me tiró del bolsi­llo de la chaqueta.

Vivía en un barrio de casas iguales, construido por el Estado. Dejé el Re­nault en un lugar distante con temor a que me lo robaran y me arries­gué luego de interrogar a varias personas que me indi­caron sin preven­ciones. Al pasar por las calles ce­rradas y angostas me pregunté qué pre­tendía al buscar a aquella muchacha y si tendría sen­tido discutir so­bre Cortázar con una adolescente. Sabía que los autores y las obras sólo unen a quienes sienten identificadas sus ansias —o sus pasados— en las pági­nas de un li­bro y que esa sensación es un pase seguro a la intimidad. Mis alumnos por lo general encontraban en Cortázar un hilo secreto que les hacía identificar sus pre­sentes con las his­torias del novelista. Con algunas alum­nas hubo explicaciones  extraclase y, a veces —no puedo negarlo—, provocaciones eróticas, pero sólo hasta ahí: hasta las provocaciones.
Timbré. Mientras esperaba respuesta, respaldé aque­llas provocaciones con el pretexto de que eran mis alumnas, que las veía a diario y que pre­sumi­blemente estaríamos frecuentán­donos por cuatro o cinco años, en la uni­ver­sidad. Una señora —con un niño acaballado en el arco de su ca­dera—, me saludó. No supe qué decir. Hasta ese momento me di cuenta de que no sabía el nombre de La Muchacha y que preguntar por la lectora de Cortá­zar era una estupidez. Opté por referirme a una alumna que me dio esa dirección y, le mostré la direc­ción. Me miró como si no existiera. En el hueco donde posiblemente —en al­guna oca­sión—, hubo una puerta, apa­reció vestida con un short celeste (de un blue jean recortado), una blusa blanca —bordada— con los hom­bros des­nudos.

—Buenas tardes —dije como identificándola y ella me invitó a sentar unos minutos mientras cambiaba su ropa. La señora se retiró y me quedé en el sofá de hule, ju­gando a distraer mi asombro con los pececillos del acuario: una burbuja de cristal transparente. Me mira­ban como burlán­dose, clavaban la boca sobre la arena del fondo y luego —de nuevo— quietos, suspendidos en el agua, observándome observar sus ojos trans­pa­ren­tes en mis ojos oscuros. Quería hacerlos subir a la su­per­ficie y les ha­blé en su lenguaje, con burbujas en mis palabras, haciendo bolitas con la saliva. El diálogo co­menzaba cuando La Muchacha inte­rrumpió.

—Podemos salir —dijo.

Llevaba un vestido de seda poliester, blanco, unas me­dias de nylon, blan­cas, unos zapatos de tacos bajos, blancos y una cinta blanca en la ca­beza. No tuve que despedirme de nadie. El niño lloraba en una de las habi­tacio­nes. Quise pregun­tar por su madre y el chico pero me condujo de la mano hasta la puerta y cerró.
Pude ver las caras de las señoras —asomados los me­dios rostros— y el cu­chucheo maldito entre ri­sas. Me percibí intruso, hazmerreir, estúpido, sin saber hacia dónde nos dirigíamos, sin conocer el nombre de La Muchacha, que me llevaba de la mano, como una ena­morada. Me percibí inde­fenso ante esas caras comple­tas, allá, atrás, que alar­gaban los cuellos para mi­rarme la espalda, los zapatos con los tacones gastados a un lado y el final del panta­lón raído con seguridad.
No le señalé el carro, caminó directamente hacia él. Ya adentro le pre­gunté:

—¿Adónde quieres ir?

Pude detallar, la hilera de sus dientes, su cara in­ge­nua, muy cerca a la mía, los labios separados ... oler el aroma lejano de su cuerpo.

—No es de Cortázar que quiero hablarte.

Su voz, sincera y firme. Arranqué con la veloci­dad que traía al confron­tar las nomenclaturas con la di­rec­ción en mi libreta de bolsillo. En el mo­mento en que nos subi­mos al vehículo retiró su mano de la mía y la puso en mi hombro. El peso de sus de­dos me llenaba de muchas preguntas y hacía nacer en mí provocaciones, distintas a las que elucu­braba con mis alumnas aventa­jadas.

—No me preguntes por la universidad... no pre­gun­tes nada... sigue por aquella calle ...

Al pronunciar estas palabras sus dedos apreta­ban mi hombro con dul­zura dando a su ofreci­miento un hálito de clandestinidad.

—Acompáñame a visitar a un amigo.

Retiré mi mano derecha del timón y tomé la suya que re­posaba sobre uno de sus muslos. La piel —tibia como la voz— compacta como su pre­gunta, compartió el acer­camiento. Avanzamos por la ciu­dad —en silen­cio—, en dirección al sitio que me indicaba.

— ¿Quieres oir música?

Negó con la cabeza y sonrió como besándome, como poniendo su boca so­bre la mía para evitar preguntas y respuestas.
Compré un ramo de rosas y astromelias. Hacía me­ses que no visi­taba la tumba de mi padre y la oportuni­dad llegaba inespera­damente. Pe­netré al “Camposanto” —como lo llaman en mi pueblo—. El olor a flores, si­lencio y recuerdos invadió el Re­nault y ella seguía son­riendo, mirán­dome, con la mano en mi hombro. «Mi mujer no lo cre­erá», pensé cuando La Muchacha me indicó el camino hacia el lugar donde mi padre se deshacía en el tiempo.
El mármol y las palabras hundidas en pintura ne­gra —que inventé para soportar la mentira de la muerte—, se­guían como mi padre, como él en aquella tarde en que su cuerpo bajó por ese hueco oscuro y yo le dije adiós, con una voz similar a la de La Muchacha. La enreda­dera de hojas rojas —pequeñas— como telaraña, abra­zaba los dos me­tros de losa, to­caba las palabras impro­visadas para esa muerte instantánea. Luego de po­ner las flores en las canastillas, una tras otra —robándole espa­cio a la en­redadera—, quitó la mano de mi hom­bro.

—Te espero.

Al retirarse presentí la muerte tan cerca que volví a de­cirme «mi mujer no lo va a creer»... —y—: «¡Qué ex­traño!». Era jueves. El lunes es el día de los muertos. Mi padre es­peraba mi voz. Rememoré a Lowry... a mi mujer leyéndome párrafos... a mi madre llorando discre­tamente... a mi her­mano vestido de negro... Seguí pensando en la soledad de la muerte, en la piel gris de mi padre, en los pelos de su bigote, en el olor seco que expelía el tubo del oxí­geno.
La Muchacha permanecía a discreta distancia, con los dedos entrelaza­dos a la altura del pubis, mi­rándome... mirándome y sonriendo sin acoso. El blanco profundo de su traje, el vientecillo que ve­nía de muy lejos y sus manos enredadas, me lle­na­ron de sobreco­gimiento. Hablé con mi padre... quizá le conté mi vida reciente, le hablé de mi hija, de mi mujer... de la vejez. Deseé morir como él: rápido y sin dolor, rápido y sin sillas en la puerta de la casa buscando el sol, rápido y sin jardines con otros an­cianos oliendo a excremento y alcohol: rá­pido. Caminé hacia el carro pero La Muchacha me de­tuvo.

—Ahora mi amigo.

Me condujo por las calles angostas del cemente­rio, en medio de la quie­tud. Su mano ya no repo­saba en mi hombro sino entrelazaba la mía. Las dos ro­sas que se­paró del ramo: una la dejó encima de la lápida de mi pa­dre —justo en la mitad de su ros­tro—, la otra la soste­nía con delicadeza. Igno­raba que detrás de las tumbas, más allá de los sar­cófa­gos olvidados que servían de límite al cemen­terio público, existiera otro sitio para los muer­tos. La Muchacha, mirándome y sonriendo, me llevó a un campo abierto donde las cruces estaban caí­das —como en la guerra—, sin flores ni ver­des, ni do­lientes.

—En el centro se encuentra mi muerto.

Avanzamos —esquivando maderos podridos— sobre cadáveres sin lápi­das, abajo, a sólo un metro de profun­didad.

—¿Quién es él?
—No lo sé, pero es mi muerto.

En la cruz inclinada pude leer esas dos letras ma­yús­cu­las: N.N.

—¿Cómo sabes que es un hombre? —le inquirí estú­pi­damente. No es­bosó siquiera una sonrisa. Quitó su mano de la mía y se inclinó a poner la rosa en medio de la cara de su muerto amado. Me retiré a la distancia que me en­señó.

Al regreso, algo de mí quedaba en el aire triste de ese otro “Camposanto”. Mi padre no me decía adiós como otras veces. La Muchacha volvía a co­lo­car su mano en mi hombro.

—Te invito un café.
—No, por favor, llévame a casa.

Claro que la busqué a los tres días cuando la cruz in­cli­nada del N.N. me lo pidió en una pesa­dilla. Recordé que en mi niñez —en mi pueblo—, ven­dían una tinta secreta que escribía mensajes ci­fra­dos que surgían con el fuego, calentando el papel. Lo recordé porque la di­rección de La Mucha­cha se diluía en mi agenda de bolsillo. Le prendí fuego para leerla pero consumió la libreta y no pude descifrarla.
Claro que fui con el radar de la memoria al día si­guiente... y caminé mu­chas calles angostas y quise atrapar en la maraña de las comparaciones: esta es­quina, aquel aviso, ese árbol... la señora con el niño acaballado en la curva de la cadera... la pe­cera, el ves­tido blanco, la mariposa en la ca­beza, la mano en el hombro...
Claro que la busqué en el cementerio de atrás... y le pedí a mi padre que me la regresara. Convencido de que su muerto amado me la devol­ve­ría fui hasta el centro del “Camposanto”, lo bus­qué entre las centenares de cruces inclinadas pero ningún N.N. sabía de ella.
Mi mujer nunca me lo creería, por eso nunca se lo conté.

Bogotá, septiembre 15 de 1987


Das Mädchen mit der weißen Haarschleife
—traducción, Erna Blandeberger—

Als ich mit meinem Kollegen Marino die Universität verließ, kam das Mädchen auf uns zu, grüßte ihn mit Namen und bat ihn, mich mit ihr bekannt zu machen. Marino tat es ohne jede Verwunderung und verabschiedete sich. Es ware mir lieber gewesen, Marno wäre geblieben, denn ich hatte es eilig, und die neue Bekannte würde mich bestimmt mit Fragen überschütten. Dem war nicht so, sie lud mich zu einem Kaffee ein. Ich war eine Viertelstunde später mit Sara verabredet, darum lehnte ich ab.
«Ich bewundere die Literatur von julio Cortázar», gestand sie mir. Auf diese Aufgabe hin blieb ich eine Minute stehen und musterte sie: etwa neunzehn Jahre alt, kurzes shwarzglänzendes Haar, tiefe dunkle Augen. Groß, schlank, sinnliche Lippen. Sie doppelte nicht nach.
«Ein andermal vielleicht», sagte ich langsam. Dann fragte sie mich, ob ich ihre Anschrift haben wolle. Ich war mir nicht ganz sicher, ob ich die Wörter und Zahlen, die da auf einem Blatt meiner Taschenagenda standen, jemals suchen würde.
Marino errinerte sich nicht an die Studentin, als ich ihm am andern Tag in der Cafeteria von der Begebenheit erzählte. Marino ist Philosophieprofessor, jung, bärtig, die Frauen laufen ihm nach... für mich ein Glückspilz in Sachen gefahrloser Eroberungen.
In der Nacht darauf verfolgte mich das Gesicht des Mädchens in einem flüchtigen Traum; Schuldgefühl kam dazu; ich spürte, sie könnte mir vieles über Cortázar sagen oder mit ihren Fragen anderes über meinen Lieblingsautor in Errinerung rufen. Sara gegenüber erwähnte ich nichts, ich fand es zu gewöhnlich, wollte überhaupt die Vorkommnisse in der Universität nich nach hause tragen, so als erwartete ich, dass sie mir den Kleinkram aus ihrer Dienststelle erzähle. Es war ein Fehler, ich hätte vermeiden können, dem Mädchen mit den sinnlichen Lippen zu begegnen.
Zwei Wochen lang wartete ich, ob sie in der Cafeteria auftauche oder im Aufenthaltsraum, wo wir Prüfungen bewerten und unsere Berichte schreiben: vergeblich. Ich bin nicht sehr praktisch veranlagt, im Gegenteil, ich verzettle mich leicht. Die Anschrift, die sie mit fast unsichtbaren Buchstaben festgehalten hatte, lastete schwer in meiner Jackentasche.
Sie wohnte in einem Viertel mit lauter gleichen Häusern, einer Anlage der öffentlichen Hand. Ich ließ meinen Renault in einiger Entfernung stehen, denn ich fürchtete, er könnte mir gestohlen werden; dann wagte ich es, mehrere Leute zu fragen, una alle gaben mir arglos Auskunft. Während ich durch die engen abgesperrten Straßen ging, fragte ich mich, was ich eigentlich beabsichtigte, wenn ich dieses Mädchen aufsuchte, und ob es überhaupt einen Sinn habe, mit einem jungen Geschöpf über Cortázar zu sprechen. Ich wusste, dass die Autoren und ihre Werke nur jene Leute an sich binden, die in den Buchseiten ähnliche Wünsche und Sehnsüchte –oder ähnliche frühere Erlebnisse- finden und dass diese Erfahrung auf jeden Fall den Übergang zur Vertraulichkeit bedeutet. Im allgemeinen fanden meine Studenten bei Cortázar einen verborgenen Draht, der ihre gegenwärtigen Erlebnisse mit der vergangenen des Autors verband. Manchmal gab es mit einzelnen Studentinnen Gespräche außerhalb der Vorlesungen, und mitunter kam es auch –ich knn es nicht bestreiten- zu erotischen Verlockungen, aber nur zu Verlockungen, zu mehr nicht.
Ich klingelte. Während ich wartete, entschuldigte ich solche Verlockungen damit, es handle sich um meine Studentinnen, die ich täglich sah, und vermutlich hätten wir vier oder fünf Jahre an der Universität miteinander zu tun. Eine Frau mit einem Kind rittlings auf der Hüfte begrüßte mich. Ich wusste nicht was zu sagen. Erst jetzt merkte ich, dass ich ja den Namen des Mädchens gar nicht kannte, und nach der Leserin von Cortázar zu fragen, war denn doch zu dumm. Ich kam auf die Idee, eine Studentin habe mir die Anschrift gegeben, und ich zeigte sie ihr. Sie schaute mich an, als sei ich gar nicht vorhanden. In einer Öffnung, wo früher einmal eine Tür gewesen sein mochte, erschien sie in hellblauen Shorts –abgeschnittene Jeans- und einer bestickten, schulterfreien weißen Bluse.
«Guten Tag», sagte ich wie zum Zeichen, dass ich sie wieder erkannt hatte, und sie bat mich, ein paar Minuten Platz zu nehmen, bis sie sich umgezogen habe. Die Frau verschwand, ich saß auf dem Kunstledersofa und spielte mit den Fischen im Aquarium, um meine Verwunderung zu verscheuchen: Sie schauten mich aus der durchsichtigen Glaskugel an, als wollten sie mich auslachen, vergruben ihre Mäuler im Sand auf dem Grund, verharrten dann wieder ruhig im Wasser una beobachteten in meinen dunklen Augen, wie ich ihre wässerigen beobachtete. Ich versuchte, sie an die Wasseroberfläche zu bringen und redete mit ihnen in ihrer Sprache: mit Bläschenwörtern, indem ich den Speichel aufblies. Das Gespräch war noch am Anlaufen, als das Mädchen dazwischentrat:
Jorge E Pardo en la tumba de J. Cortázar, en París.
«Wir können gehen», sagte sie.
Sie trug ein weißes Polyesterkleid, weiße Nylonstrümpfe, flache weiße Schuhe und eine weiße Schleife im Haar. Ich brauchte mich von niemandem zu verabchieden. Das Kind weinte in einem der Zimmer. Ich wollte noch nach ihrer Mutter und dem Knaben fragen, aber sie führte mich an der Hand zur Tür und schloss dann ab.
Ich konnte die Gesichter der Frauen hervorschauen sehen, das verfluchte Getuschel und Gekicher auf ihren halbverdeckten Zügen. Ich kam mir als dummer, lächerlicher Eindingling vor, wusste nicht, wohin wir gingen, nicht einmal wie das Mädchen hieß, ließ mich wie von einer Verliebten an der hand führen. Ich kam mir den überall versteckten vollständigen Gesichtern hilflos ausgeliefert vor: Bestimmt reckten sie nun ihre Hälse, um mich von hinten zu mustern, und sahen dabei meine seitlich abgetretenen Absätze und den sicher ausgefransten Hosenstoß.
Ich zeigte ihr meinen Wagen nicht, sie ging geradewegs darauf zu. Erst als wir drinnen saßen, fragte ich sie:
«Wohin willst du gehen?»
Ich konnte die Reihe ihrer Zähne und ihr kindliches Gesicht ganz nahe dem meinen genau betrachten, ihre geöffneten Lippen... konnte den Duft ihres Körpers ahnen.
«Nicht über Cortázar möchte ich mit dir reden.»
Ihre Stimme, aufrichtig und bestimmt. Ich fuhr so langsam weg, wie ich gekommen war, als ich die Straßenbezeichnungen mir der Anschrift in meiner Agenda verglich. Sobald wir ins Auto stiegen, ließ sie meine Hand los und legte sie dann auf meiner Schulter. Das Gewicht ihrer Finger gab mir viele Fragen auf und weckte in mir Verlockungen, wie ich sie noch bei keiner meiner bevorzugten Studentinnen ermittelt hatte.
«Frag mich icht über die Universität aus... frag mich nichts... fahr jene Straße dort weiter...»
Während sie sprach, gruben sie ihre Finger sanft in meine Schulter, und ihr Angebot bekam so einen Hauch von Heimlichkeit.
«Komm mit mir einen Freund besuchen.»
Ich nahm meine rechte Hand vom Lenkrad und fasste die ihre, die ruhig auf dem Oberschenkel lag. Die Haut –angenehm warm wie ihre Stimme- war fest und bestimmt wie ihre Frage, duldete die Annäherung. Wir fuhren schweigend durch die Stadt, in die Richtung, die sie mir angab.
«Möchtest du Musik hören?»
Sie wehrte mit dem Kopf ab und lächelte, als wollte sie mich küssen, als wollte sie ihren Mund auf meinen legen, um weitere Fragen und Antworten zu verhindern.
Ich kaufte einen Strauß Rosen und Astromelien. Seit Monaten hatte ich das Grab meines Vaters nicht mehr besucht, und die Gelegenheit dazu kam unerwartet. Ich fuhr in den «Gottesacker» -so sagt man in meinem Dorf-. Der Blumenduft, die Stille, die Erinnerungen fluteten in den Renault, sie lächelte immer noch und schaute mich an. Die Hand lag auf meiner Schulter. Sara wird es nicht glauben, dachte ich, als das Mädchen mir den Weg zu meines Vaters Grab wies, dessen Reste dort vermodern.
Der Marmor und die eingemeißelte schwarze Schrift –die Worte hatte ich ausgedacht, um das Unbegreifliche des Todes besser zu ertragen- waren immer noch da, wie mein Vater noch da war, genau wie an dem Nachmittag, als sein Leib in das dunkle Loch hinabgesenkt wurde und meine Stimme beim Abschiedsgruß der des Mädchens ganz ähnlich war. Die Kletterpflanze mit den kleinen roten Blättchen umfing die zwei Meter große Grabplatte wie ein Spinnennetz und berührte die Worte, die mir bei diesem plötzlichen Tod eingefallen waren. Nachdem ich die Blumen eine nach der andern in die Körbchen gesteckt hatte und so der Kletterpflanze Platz raubte, ließ ihre Hand meine Schulter los.
«Ich warte dort auf dich.»
Als sie wegging, spürte ich den Tod so nahe, dass ich nochmals zu mir sage: «Sara wird es nicht glauben»... und: «Wie seltsam!» Es war Donnerstag. Der Montag ist der Tag der Toten. Mein Vater wartete auf meine Stimme. Ich dachte wieder an Lowry... an Sara beim Vorlesen einzelner Abschnitte... an meine unauffällig weinende Mutter... an meinen Bruder im schwarzen Anzug... Ich kam nicht los vom Gedanken an die Einsamkeit des Todes, an die fahle Haut meines Vaters, an seine Schnurrbarthaare, an den scharfen Geruch aus der Sauerstoffflasche.
Das Mädchen wartete in gebührender Entfernung, hatte die Finger über der Schamgegend verschränkt und schaute mich an... schaute und lächelte unaufdringlich dazu. Das volle Weiß ihres Kleides, der Lufthauch, der von weit herwehte, ihre verschränkten Hände lösten ein seltsames Erschauern aus. Ich begann ein Gespräch mit meinem Vater... vielleicht erzählte ich ihm, was ich in letzter Zeit erlebt hatte, ich redete mit ihm über meine Tochter, über Sara... über das Alter. Ich wünschte zu sterben wie er: schnell und schmerzlos, schnell, ohne Stuhl am Sonnenplätzchen beim Hauseingang, schnell, ohne Parkanlage mit anderen Greisen, die nach Alkohol und Kot rochen: schnell. Ich ging zum Auto, aber das Mädchen hielt mich auf.
«Jetzt zu meinem Freund.»
Sie führte mich auf engen Friedhofwegen durch die Stille. Ihre Hand ruhte nicht mehr auf meiner Schulter, sondern war in die meine verschränkt. Zwei Rosen hatte sie aus meinem Struß herausgenommen: eine hatte sie auf die Grabplatte meines Vaters gelegt –genau in die Mitte seines Gesichtes- die andere hielt sie behutsam fest. Ich wusste nicht, dass hinter den Gräbern und hinter den aufgeschichteten vergessenen Steinsärgen, die den öffentlichen Friedhof abgrenzten, noch ein Ort für die Toten war. Das Mädchen sah mich an und lächelte, führte mich dann auf ein offenes Feld mit umgefallenen Kreuzen –wie im Krieg- ohne Blumen, ohne etwas Grünes, ohne trauernde Hinterbliebene.
«Mein Toter liegt in der Mitte.»
Im Weitergehen mussten wir immer wieder modernden Holzpfosten ausweichen, unter uns, nur einen Meter unter der Erde lagen die Leiche, welche kein Grabstein bezeichnete.
«Wer ist er?»
«Ich weiß nicht, aber er ist mein Toter.» Auf dem schiefstehenden Kreuz konnte ich die beiden Großbuchstaben lesen: N.N.
«Woher weißt du, dass es ein Mann ist?» fragte ich dumm bohrend. Sie deutete nicht einmal ein Lächeln an. Dann löste sie ihre Hand aus der meinen, bückte sich und legte die Rose mitten auf das Gesicht ihres geliebten Toten. Ich entfernete mich so weit, wie sie mir angewiesen hatte.
Auf dem Rückweg blieb etwas von mir in der bedrückenden Luft dieses andern «Gottesackers» hängen. Mein Vater hatte mir nicht Lebewohl gesagt wie andere Male. Das Mädchen legte mir wieder die Hand auf die Schulter.
«Ich lade dich zu einem Kaffee ein.»
«Nein, bitte bring mich nach Hause.»
Natürlich machte ich mich drei Tage später auf die Suche, als das schiefe Kreuz mit den N.N. mich in einem Albtraum dazu aufforderte. Es fiel mir ein, dass es in meiner Kindheit –in meinem Dorf- eine Geheimtinte gegeben hatte, mit der man Botschaften übermitteln konnte, die erst sichtbar wurden, wann man das Papier erwärmte. Es fiel mir ein, weil die Anschrift des ädchens in meiner Agenda verblasst war. Ich hielt ein Zündholz daran, aber die Agenda verbrannte, ahne dass ich die Schrift entziffern konnte.
Natürlich folgte ich am andern Tag der Gedächtnisspur... ging durch viele enge Straßen und versuchte anhand von Vergleichen den Faden im Gewirr zu finden: diese Ecke, jenes Hinweisschild, der Baum da... die Frau mit dem Bübchen rittlings auf der Hüfte... das Aquarium, das weiße Kleid, die Schmetterlingsmasche im Harr, die Hand auf meiner Schulter...
Natürlich suchte ich sie auf dem hinteres Friedhof... ich bat meinen Vater, sie zu mir zu führen. In der Überzeugung, ihr geliebter Toter werde sie mir wiederbringen, ging ich bis in die Mitte des «Gottesackers» und suchte ihn unter den Hunderten von schiefen Kreuzen, aber kein N.N. wusste von ihr.
Sara würde es mir nicht glauben, darum habe ich es ihr nie erzählt.

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