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12 de septiembre de 2013

Guerra y literatura


Portada, Actriz, Elisa Giraldo Garnier.
© Foto Jorge Eliécer Pardo


Los otros
—Jorge Eliécer Pardo—

“Yo era un hombre: ahora soy cinco.

De mi primer yo tengo la pierna izquierda. La atarrayaron en un recodo del río. Creó especulaciones porque no hacía juego con las derechas, la rebautizaron con nombre completo en dictámenes forenses. Mi dedo pulgar fue devorado por los peces. Me juntaron en la misma bolsa negra con piernas izquierdas desiguales, desnudas. Suma de evidencias y mutilaciones.

La cabeza de mi segundo yo fue encontrada bajo tierra con otras. En la neblina de mis pupilas el aserrador, pero los desenterradores no lo vieron o no quisieron verlo. Me reseñaron con mi nombre y cédula porque mi hija menor identificó el pedazo de oro en una de mis cordales. Algunas cabezas que me acompañaban eran amigas, otras desconocidas. Oí decir, antes del degollamiento, que se llevarían evidencias o pruebas reinas para otro caño pero el comandante ordenó meternos en la fosa que nos hicieron abrir.

A mi tercer yo lo transportaron en camioneta hasta las afueras del pueblo, abajo del río. Varios torsos punzados, desangrados, abiertos, repletos de cal y canto con piedras redondas. El río se secó y quedamos varados entre lodazales y manglares, golpeados por peñascos, náufragos impenitentes. Nos descubrieron los rivereños, dieron aviso y nos documentaron en una nueva lista; sólo distinguían hombres de mujeres. Nos transbordaron a otro anfiteatro, lejos de mi pierna izquierda y mi cabeza.

Mi cuarto yo no tenía dedos, cercenaron las huellas digitales; los picaron con carpos ajenos, mezcla macerada en vísceras de vaca, sopa para los dóberman de los asesinos. Me los quitaron antes de mi cabeza, los vi saltar sobre la palangana. Los otros también palpitaban destilando sangre. A dos kilómetros hallaron vómito de perro, revoltura de uñas y líquidos. Nos patentaron en otras listas, con otros apellidos, para desentrañar a quiénes pertenecían los apéndices.

Mi quinto yo, o pierna derecha, nunca fue hallada, permanece bajo las raíces de una ceiba madre, sola, a la espera del milagro.
Quisiera volver a ser uno y no cinco; uno en las listas de los desaparecidos y no cinco; uno perfecto en la muerte, la vida y la memoria”.
(…)

Poeta Liz Candelo. © Foto de Jorge Eliécer Pardo

El hombre de mi relato es la voz de nuestra historia en la guerra y después de la guerra. Desmembrada, perdida tras los velos de la memoria. Tejida en los cuerpos marcados por las huellas de la indefensión.

Sus partes deben ser recompuestas para que las voces de los sacrificados recuperen lo usurpado. Nosotros que aún estamos completos en el cuerpo, no podemos decir que lo estamos en la deuda con la historia.

Esta es la voz de los que viven en mi, los que claman y exigen con mi palabra sus vidas taladas en la guerra que muchos no comprenden. Oigo en el fondo de mi dolor social, ese grito de ¿por qué nosotros, si somos huérfanos de todo? No hay respuesta posible al desangre de los inocentes. ¡Qué vergüenza con nuestras mujeres, nuestros niños y nuestros ancianos!

Quienes no hemos asesinado o propiciado la muerte, ofrecemos compasión, respeto y, con más de cinco generaciones, plantamos la palabra esperanza en las fosas comunes, en el horizonte infinito de un amanecer que de luces al futuro de quienes tienen voz en el posconflicto, para darla a los que aún siguen enmudecidos  en la historia aciaga del tiempo que nos tocó vivir.
© Foto Jorge Eliécer Pardo
          Aquí, no bastan los discursos por los desheredados, los sin tierra, los sin opciones de una existencia digna. Aquí evoco los quinientos mil cadáveres sepultos e insepultos para que renazcan del olvido. Y llamo a los desplazados y humillados para que acepten mi dolor y el de los no indiferentes por la vejación.

Nos han despedazado el espíritu y es tiempo de repararlo, otorgando la palabra. El duelo comienza con la palabra. Desde la noticia triste que nadie quiere pronunciar hasta la despedida en el responso final, o en los recuerdos que quedan deambulando mientras los ritos de los adioses llenan salas, iglesias, cementerios, montañas y ríos. Para el duelo ocasionado por la guerra se hace necesaria la palabra. A pesar de que es la primigenia para conjurar el dolor en la mayoría de las confrontaciones, la palabra se engrandece frente a la muerte y más frente a la desaparición, el secuestro, el fusilamiento. La palabra que reconstruye, aunque dolorosa, permanece y, muchas veces, perdona. Es como un nacimiento al revés.

A múltiples generaciones les han exigido silencio, les han quitado la palabra, prohibido nombrar a víctimas y victimarios. La palabra también desde la retórica ha ordenado amordazar a quienes pretenden reclamar a sus muertos, a sus desaparecidos. El despojo de la palabra es más grave que el de las tierras. En el éxodo y el desplazamiento, en ciudades donde deambulan los parias de la guerra, la palabra también enmudece.

La palabra puesta en boca de los victimarios llena páginas, la de las víctimas es rescatada por los comprometidos con el derecho a la vida. Por eso hay que hacer la expedición al olvido. Sólo reconociendo y permitiendo reconocer los horrores de la guerra las víctimas podrán llorar a sus ausentes y hacer el duelo raponeado por la historia y el poder. No importa cuánto dolor haya que superar en esa expedición triste y sacrificante. Es una obligación que la literatura y el arte se ocupen de estos temas por más truculentos que sean. Estamos avocados a asumir la estética del horror así, los que quieran evadirla por lo descarnada, elucubren teorías sobre la belleza del arte por el arte. Se oye decir que a los hechos históricos hay que darles tiempo y espacio para la reflexión, pero la misma historia nos ha enseñado que los verdugos no tienen espacio ni tiempo y se multiplican en la miseria.

Como hemos perdido la capacidad de escuchar, hemos perdido la de hablar. Los testimonios directos de la dolorosa historia del país se pierden y son reemplazados por las crónicas superficiales de periódicos y revistas, de tele noticieros y publicaciones descontextualizadas. 
© Foto Jorge Eliécer Pardo
La memoria de los pueblos no la hace la memoria de los gobiernos, sino los relatos de quienes han vivido desde la marginalidad y la desigualdad, el despojo, la tortura y la desaparición. La memoria de los pueblos no está en los manuales de la historia parcializada, sino en las voces populares locales, regionales y nacionales, la palabra revivida en el poema, la música, el cuento, la novela, la danza, el teatro, las artes plásticas, la fotografía, el cine, que reconstruyen la épica de las derrotas. Sabemos que la historia la escriben los vencedores mientras la memoria la guardan los pueblos.

La palabra debe empezar a nombrar y llenar los vacíos de la memoria, los baches de la historia. La palabra debe ser entregada a quienes han padecido la mudez impuesta por los supuestos dueños de “la verdad”. Las nuevas generaciones deben conocer los procesos tristes del pasado y no la inmediatez del presente tamizado por los lenguajes mediáticos.

No somos asesinos, no es el destino el que nos ha marcado el sino doloroso que hemos sufrido. Nos han devenido asesinos, víctimas y victimarios. Quien carga la responsabilidad de una masacre, de un bombardeo, jamás repondrá su débil conciencia de haberlo permitido. Pero la palabra podrá reconciliarlo, quizás un día perdonarlo si ella permite que el dolor se llene, aunque jamás se complete.

Los peores crímenes son los que ejerce el Estado contra los indefensos con sus ejércitos, constituidos para la defensa de los ciudadanos y no para la alianza con criminales. La palabra señala, reconoce, hace renacer la confianza. 

La historia de Colombia esta siendo lentamente anudada, remendada, y todos tenemos la obligación de contribuir a recomponerla o por lo menos saberla y digerirla si queremos tejer la verdadera memoria.

© Foto Jorge Eliécer Pardo
Sólo las mujeres solitarias que rescatan cadáveres para hacerlos suyos tienen en sus manos y sus corazones la verdad de lo que somos y de lo que nos han hecho. Las amorosas mujeres colombianas que todo lo han sufrido y que, seguramente, todo lo perdonarán.

Que el llamado se escuche en el ámbito de quienes zurcirán el futuro, porque el sacrificio de nuestros inmolados lo reclaman para la memoria de las generaciones de hoy y mañana. Que los gritos del silencio en las reflexiones de los solidarios también formen parte de ese coro amordazado que la esperanza hace emerger en el eco que viaja con el viento y el río.

El hombre de mi relato soy yo, es usted, son los señores de la guerra y la posguerra, conflicto y posconflicto. Escindidos en este suplicio. Víctimas y victimarios podrán mirarse en el espejo de la historia para decir, nunca más, para entregar perdón y ser perdonados, para reparar sin olvido, para respetar completos a los que divagan demandando justicia y paz desde una tumba sin nombre en un país con nombre y sin vergüenza. Una tumba dónde ser recordado, para que la desmemoria no se trague nuestro pasado y la verdad exista en el lugar sagrado de la historia.

¿Usted ha visto los ojos de una madre, una esposa, una hija,  a quienes les han arrancado de sus brazos a sus seres queridos y van suplicando un jirón de camisa para sentir que no los han perdido, definitivamente?
No podemos ser indolentes a ese dolor profundo que lacera y siembra odio, el mío, el de ustedes, que nos han indilgado los devoradores del poder.

Evocaré la palabra para que siga acompañando a mis centenares de muertos, los suyos también, en las trashumancias de hombres y mujeres silenciosos que marcharán hacia la reconciliación.
Adriana Pardo Viña. Fisioterapeuta. © Foto de Jorge Eliécer Pardo

Las mujeres compasivas que nos acompañan desde las imágenes, que dejaron su testimonio cubriendo sus rostros con respeto e indignación, nos recuerdan, que tras el velo de la memoria, existe el rostro de una alegría por reconquistar, reconstruida desde el dolor. Mientras encontramos las sonrisas perecederas de los niños, iniciemos este sueño de la terminación de la barbarie.

Que los velos caigan y dejen ver la cara del futuro de una sociedad sin víctimas.

Demos la palabra a los ríos, al viento, a los árboles, a la tierra sembrada con restos implorantes, a la lluvia, a las plantaciones y a los socavones, a las flores y a los amaneceres, porque todos tienen un fragmento de dolor que contarle a la memoria. Que se oiga la voz del paisaje, el mar y las nubes, de los arroyos y los manantiales que nos relaten una historia pasada llena de lágrimas que unos hombres y mujeres detuvieron para que el dolor no entre al espacio que le queda al olvido.

El hombre de mi relato sigue buscando sus partes. Entre todos ayudemos a recomponerlo para la vida la muerte, y la memoria.

© Foto Jorge Eliécer Pardo
Jorge Eliécer Pardo. Intervención en el foro nacional sobre el posconflicto.




Ibagué, Septiembre 9 de 2013. 

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