15 de febrero de 2012

40 años de la editorial Pijao



Tres nuevos libros publica la editorial: Verónica resucitada, El robo de la cañonera y Los adelantados
(Aquí encontrará los primeros capítulos de las dos novelas).


Carlos Orlando Pardo regresa a la palestra de la literatura con su novela Verónica resucitada y su libro de notas amorosas sobre sus amigos muertos: Los adelantados
Editados por Pijao, en su nueva colección, junto al libro inédito  de Héctor Sánchez, El robo de la cañonera.
Libros cuidadosos que responden a la experiencia de tantos años en la brega de las ediciones y la divulgación cultural.
No sólo son cuarenta años de la editorial sino otros tantos de dedicación a la literatura por parte de su fundador.

Carlos Orlando Pardo 
(El Líbano, 1947)
Podemos leer en creadorescolombianos.com:
El cuentista
Carlos Orlando Pardo es considerado uno de los mejores cuentistas colombianos.
En 1972 publicó, junto a su hermano Jorge Eliécer, Las primeras palabras en donde reunieron los cuentos ganadores de concursos departamentales y locales en los que había participado. Aquí podrá encontrar todo acerca de este primer libro de Pardo: Las primeras palabras
En 1982 publica Los lugares comunes, que sería el libro que lo colocaría a la vista de los crítico de la literatura colombiana. Todo el universo de Los lugares comunes:algunos cuentos y comentarios publicados acerca del libro, los encontrarás Los lugares comunes
En septiembre de 1986, el Centro Colomboamericano publica la primera edición de La muchacha del violín. Un libro con breves, casi insignificantes historias, que adquieren por la forma en que son comunicadas y por el recurso de un final sorprendente en parte, pero nunca truculento, honda significación y la máscara impenetrable del desengaño y la tristeza. Lo invitamos a conocer La muchacha del violín
En mayo de 1996 publica El invisible país de los pigmeos, un cuento publicado en la serie juvenil de Pijao Editores con portada e ilustraciones de Fabio Morales. Entre al mundo de este bello Invisible país de los pigmeos
El último sueño, Pijao Editores, 2004, es hasta el momento la última muestra de cuatro amplios relatos de Carlos Orlando Pardo, donde se confirma como un narrador que sabe atrapar a su lector desde las primeras palabras y lo lleva sin titubeos hasta la última. Lo invitamos a leer El último sueño
Gabriel García Márquez, Germán Vargas, Rafael Humberto Moreno Durán, Daniel Samper Pizano y Eduardo Pachón Padilla, entre muchos otros estudiosos, han publicado comentarios acerca de la vida y la obra de este creador colombiano cuyos sueños pasean por todas las facetas del arte y la cultura. Lea algunos Conceptos sobre sus cuentos.

El novelista
Las novelas de Pardo inician un camino con el triunfo marcado entre sus líneas. Su primera novela fue Lolita Golondrinas, publicada bajo el nombre de Los sueños inútiles por la editorial Oveja negra en la Biblioteca de Literatura colombiana que reunió a los mejores 100 escritores de la literatura colombiana hasta 1985.
Lolita Golondrinas, su primera protagonista, se robó el show. Cientos de notas aparecieron en medios nacionales e internacionales acerca de esta novela y, especialmente, acerca de esta mujer de la que miles de colombianos se enamoraron.
Lolita es la vida en su absurdo manifiesto, el dolor por la separación amorosa y los abismos a que conduce, en suma, lo malogrado de unas vidas. No se quede sin entrar al universo de Lolita Golondrinas
En 1994 publica su segunda novela: Cartas sobre la mesa. Un texto donde la memoria florece y se extingue, desafía y vence el olvido para recuperar el itinerario inocente y hermoso de los primeros años de una joven tranquila que se enamora de un hombre casado. Con lenguaje directo y eficaz, Pardo acumula una tensión que no se rompe ni en la última página. Cartas sobre la mesa
En 1997, con el lanzamiento de su Obra Literaria, publica La puerta abierta, una novela vuelve a jugar con un humor del corte esgrimido en Lolita. Con esta obra, Pardo cierra su ciclo de novelas de amor para prepararse a novelas de corte más épico y universal que se encuentran en preparación.

El investigador
Carlos Orlando Pardo ha sido catalogado como uno de los más importantes investigadores de la cultura colombiana, y uno de los más prolíficos, toda vez que sus trabajos alrededor de la cultura han sido publicados y distribuidos de manera amplia
Y es que su trabajo literario no solamente lo ha concentrado en la creación sino que la investigación a través de diferentes géneros es una importante clave para entender este creador colombiano.
Usted solo escoja la faceta de este creador colombiano y encontrará todo un universo diferente, los libros publicados y lo que sobre él se ha dicho en medios nacionales.

La nueva novela 
de Carlos Orlando Pardo
Ahora con su Verónica resucitada trabaja las eternas contradicciones del amor donde la historia secreta de tiempos y mundos familiares, en un lenguaje contemporáneo y una estructura moderna, entretejen interesantes reminiscencias donde la Historia Patria forma parte de escenarios y evocaciones.

Carlos Orlando tiene ya unos lectores asegurados a quienes les agrada esa literatura fresca, renovada, donde la palabra es el eje de narraciones que se construyen agradables e inteligentes sobre los temas que siempre le han apasionado: el mundo de la pareja, la literatura, la familia, la historia nacional y el humor.

Los dos novelistas con los que se celebran los cuarenta años de Pijao, han tenido una larga amistad desde los ya lejanos tiempos en los que Héctor Sánchez ganara el premio nacional de novela Esso con Las causas supremas a los siempre celebrados meses cuando Sánchez venía de México o España. Ahora comparten libros, lecturas y música en la a veces apacible ciudad de Ibagué donde los contertulios disfrutan el aire tibio del Vergel y las tardes tranquilas sentados mirando el bosque y escuchando la voz de Rodrigo Silva u Olga Walquiria.

El país ha conocido a dos escritores que han leído a la mayoría de sus colegas: Carlos Orlando y el ya fallecido Ignacio Ramírez. Pero es Carlos Orlando el que siempre se refiere a los libros de sus colegas con cariño y respeto, extrayendo de ellos lo bueno, la cita apropiada para ponderar al autor.

El 21 de febrero, día en que Pardo celebra sus 65 años, se presentarán los libros en un enorme salón de la Gobernación del Tolima, con capacidad para mil doscientas personas. No es la primera vez que las convocatorias de Carlos Orlando son atendidas por los tolimenses y, por sus amigos que lo respetan y valoran no solamente como escritor sino como excelente promotor y gerente cultural.

Primer Capítulo
Verónica resucitada 
de Carlos Orlando Pardo

UNO

Verónica apareció sesenta años después de la noticia de su muerte. La confidencia asomó vertiginosa bajo la voz grave y flemática de una señora que al otro lado de la línea se identificó como enfermera del Seguro Social, preguntó directamente por mamá con su apellido de casada y habló de una mujer con diagnóstico de cáncer terminal que deseaba conversar con ella antes de morir. Pensamos que se trataba de una broma y alguien quería entretenerse dándole a una mentira la apariencia de verdad. A mamá le pareció un despropósito y así lo dijo, explicando que los homónimos abundaban en todas partes y a lo mejor estaban confundidos. Era la hora del almuerzo y el comentario saltó a la mesa sin que le diera mucha importancia. Sabía que Verónica había muerto cuando ella tenía pocos meses y los recuerdos mismos de una insustancial imagen remota surgían fragmentados para su frágil aspecto de entonces, sin que significara nada más que una referencia desintegrada por los años. La desconfianza sin embargo se notó en su mirada. Estuvo lela con los ojos puestos en la puerta como si aquella sombra que aparecía en su vida y en la nuestra, entrara de pronto a la casa rodeada por la incertidumbre.

Nada hizo presagiar que se atesorara algún secreto sobre su realidad, puesto que jamás existió ninguna actitud que engrandeciera la más mínima sospecha sobre su existencia. Verónica fue una mención efímera cuando se mencionó y no produjo inquietudes más allá de entender la tristeza que pudo abrigar al morir dejando solas a dos niñas. Por lo demás, al no tener vínculo diferente a su ocasional información, nada que fuera a interesarnos por encima de lo que dijeron no sólo mamá sino su única hermana conocida y el abuelo mismo. Al fin y al cabo, todo lo que la nombrara no era sino simple curiosidad en casuales y furtivas conversaciones de familia. Pero las cosas cambiaron tanto desde su inducida aparición, que empezamos a dudar de la integridad de nuestro pasado.

Estábamos enfrentados a un acertijo como adivinando un punto negro en una de las líneas de la telaraña y sin hallar en el rompecabezas precisamente la pieza que faltaba. En la casa ninguno era aficionado a los crucigramas, aunque algunos siempre buscaran resolverlos ayudándose con preguntas en voz alta. Fue lo que hicimos como un divertimento sin creer que a pesar de las vidas esfumadas el enigma no fuera a tener solución. Tras darle más vueltas al asunto como barajando las cartas del naipe, se nos ocurrió ir al viejo álbum que ya nadie miraba ni por curiosidad para rescatar su imagen. La teníamos tan olvidada como su mismo recuerdo porque jamás compartió con ninguno y allí, en las primeras páginas, estaba sonriente como la conservó escondida el abuelo debajo del colchón durante muchos años. Era un retrato de juventud tomado en el centro del parque del lugar donde ellos vivían. La fotografía fue descubierta por la empleada cuando arreglaron el cuarto del viejo, poco después de su entierro, varios lustros atrás. Nos sorprendimos de ver su parecido con mamá y nos asaltaron otra vez las preguntas que tuvieron las mismas respuestas, no sólo las del abuelo cuando aún nos contaba historias al ir a visitarlo, sino las de la tía Sofía que resultaban exactas: “Ella murió cuando Inés tenía algunos meses”.

   —Aquí tienen a su abuela, dijo la mujer encargada de la casa que acompañó al viejo y a la tía durante una larga época.

Al extendernos el papel, miramos la fotografía por primera vez. Lo que no entendimos fue por qué, jamás, el abuelo, que era tan detallista, no la puso en un portarretrato o por qué se acostó tapando su risita tanto tiempo sin dejarnos examinarla, por lo menos un momento. Nuestro único consuelo fue apropiarnos de su cara detenida y nos dimos a la tarea de buscar por todas partes con el propósito de encontrar otras fotos para armar siquiera una página de ella. El ejercicio no podía ser gratuito porque nosotros éramos dados a conservarlas para los ratos de evocación cuando tejíamos la historia de nuestra familia. No fue en vano por fortuna el esfuerzo porque encontramos varias refundidas en los más insólitos rincones. Imaginamos que quizá el viejo secretamente iba a verla y nadie nos impidió que las guardáramos. Era todo lo que teníamos de Verónica.

Decidimos matar la curiosidad como quien busca escuchar algo detrás de la puerta corroborando la información sin saltarnos un paso, tratando de disipar así las dudas súbitas de mamá dando vueltas por la casa haciéndose la que buscaba algo, rociando las matas y silbando, cosa que únicamente hacía cuando estaba nerviosa.

   —Eso no puede ser posible, —dijo seria una y otra vez.

   —Sí, no puede ser posible, —asentimos, pero tener la incertidumbre quién sabe por cuánto tiempo sería un suplicio y hasta una culpa de la que difícilmente podríamos salir. Discutimos largo rato y al entender que la verdad es siempre más extraña que la ficción y empeñarse en negar por negar no era prudente, tomamos una medida.

   —Vamos al hospital.

Se nos hizo interminable el viaje que de Ibagué a Bogotá no dura más allá de las cuatro horas y a pesar del aire acondicionado, un extraño calor nos acosaba y fue mucho lo que especulamos antes de verificar la indagación.

¿Sería posible que mamá la escondiera como hizo el abuelo? ¿Qué culpas pudo tener Verónica como para merecer, si no el olvido, por lo menos una radical indiferencia? ¿Por qué si estaba viva no nos fue permitido saberlo?

Tanto las preguntas de mamá como sus respuestas circulando pasajes claves de su vida, nos dejaron la sensación de que en verdad ignoraba lo que había sucedido y, más aún, lo que estaba ocurriendo.

Fingimos aplomo al ingresar a los pasillos del Seguro Social y lo conservamos al cumplir los trámites de rigor para la entrada. Al entregar los documentos y explicar adónde nos dirigíamos —porque ya sabíamos en forma exacta el lugar de su ubicación ofrecido por la enfermera al llamar por teléfono—, no fue secreto para nadie que éramos incapaces de ocultar la sospecha. Cada quien cargaba su ansiedad, deseando en el fondo comprobar la equivocación y salir sin la flaqueza que antes nos conmovía.

   —No hay imposibles, —dijo Clara privándonos del regocijo que animaba en parte la esperanza de tropezarnos con una situación llena de equívocos.

   —Tenemos miedo porque ignoramos la verdad, —dijo Jorge.

El silencio que imponen las clínicas donde a diario se combate la enfermedad y la muerte parecía mayor para nosotros. Íbamos como si quisiéramos evitar lo inevitable. El azar marchaba al frente y avanzábamos dóciles a enfrentar un destino extraño, abrumados por la duda. El temor parecía aumentar en la medida de nuestros pasos por el largo corredor.

   —Es por aquí, —señaló un funcionario de bata blanca.
      En la habitación con dos camas se percibía una pesada atmósfera de viento detenido y el olor a medicamentos. La fuerza de la incertidumbre que provenía de los interrogantes inacabados nos devoraba prematuramente.

   —Es ella, —dijo una enfermera alta y gorda de ojos claros, advirtiendo, no sabemos si por nuestros rostros, que éramos los supuestos familiares.

Tenía puesta la conexión de una bolsa de suero en su brazo derecho, una jarra con agua al borde de su mesa de noche metálica y los ojos cerrados. Al verla no pudimos aceptar que se tratara de una farsa porque era no sólo exacta en lo físico a mamá, sino que al abrir los ojos y decirnos con tono de reproche casi que no aparecen, el timbre de su voz reafirmaba, aún en forma más enfática, nuestras consideraciones.

El no puede ser de cuando recibimos la noticia perdió validez al estar frente a ella. Ya no restaba nada más que decir Sí puede ser y es, con un nuevo y explicable nerviosismo que nos sumió en nuevas preguntas sin respuestas.

Al rodear su cama la vimos ponerse, con su mano libre, los anteojos gruesos que le colgaban del pecho. Saludó tranquila a mamá por su nombre y le ordenó que arreglara los detalles para salir de inmediato. No cargaba, a pesar de sus años, el timbre de voz tembloroso e indeciso, sino que era firme y definido.

Seguimos en un largo silencio y mamá no atinó ni a moverse frente a sus instrucciones. La miraba fijamente sin ocultar la brillantez que ya inundaba sin temor sus ojos. Lo que parecía preceder un sombrío misterio corría su velo y nos estacionaba al final del laberinto. Aquel fragmento de una realidad antes sin presencia concreta, surgía ya no como una sombra en busca de ser adivinada sino como un fantasma materializado.

Observó por un instante a mis dos hermanas, a mi hermano y a mí con serenidad pero con algo de melancolía. Sus ojos voraces y fatigados parecían reconstruir entre el viaje repentino en la memoria, todos los rostros que no se habían desvanecido en el crepúsculo de lo que ahora era su existencia. Recompuesta y sin vacilaciones nos preguntó a cada uno si era o no como ella nos nombraba. Fue tal la precisión que no salíamos del asombro porque teníamos la certeza de jamás haberla visto, salvo en las viejas fotografías que rescatamos luego del entierro del abuelo.

   Sí señora, —dijo cada uno.
   ¿Cómo lo sabe? —se atrevió a preguntarle Clara no sin cierto temor.
   Es una historia para después. Por ahora vámonos de aquí.

La enfermera la alistaba y nos insinuó que saliéramos por unos minutos. Nos fuimos a buscar al doctor sin hacernos preguntas. Las palabras parecían sobrar por la elocuencia de un hecho insólito para todos, empezando por mamá que incapaz de contener el llanto se desahogó entre los brazos de mis hermanas.

Al conversar con el médico tratante, nos advirtió que no se explicaba cómo era que aún estaba viva y que sólo podría aclarárselo por el gran deseo que la acompañaba de vernos a su alrededor.

   Lo que es el poder de la mente, —explicó.

Ni las miradas convencionales de las enfermeras ni las observaciones del doctor joven que nos acompañó, taparon su desprecio hacia nosotros por el abandono al que parecíamos haberla sometido. Su desdén pudo haberles servido de alivio pero no de consuelo ante los meses de su soledad en el Seguro y aunque les pareció vano, extendieron recomendaciones y el horario de los medicamentos para sus últimos días.

   Los males que no tienen remedio los cura la muerte, —dijo la enfermera en voz baja.

Poco nos ocupamos de justificaciones porque nos pareció inútil delante de sus ojos grandes y fijos empezar a dar explicación sobre lo que únicamente a nosotros podría importarnos. Sin disculpa alguna para nadie, el silencio prolongado que inundó el ambiente pareció darles a entender que éramos una gente extraña y no nos comportábamos como buenos miembros de familia.

   Aquí no debe estar por más tiempo, —dijo el médico sin que nosotros hubiéramos lanzado una sola pregunta.

Al intentar interrumpirlo, nos explicó que su permanencia en el Seguro Social no era indispensable y necesitaban con urgencia las camas para nuevos pacientes.

   Debemos luchar por los que tienen alguna posibilidad de vida, subrayó.

Sin dejarnos revirar porque no conservábamos ese derecho según pudo haberlo pensado, nos dijo con sequedad que teníamos la opción de ingresarla a un lugar para ancianos donde ayudaban profesionalmente al buen morir.

   Tranquilo, doctor, no se preocupe.

No sabíamos si indignarnos, si reprocharle, si explicarle la historia, en fin, anonadados, parecíamos muñecos de cuerda. Sin embargo, hicimos algunas preguntas con discreción para que ella no se percatara y sin ahondar en más detalles definimos traerla a la casa. No nos unía ningún tipo de afecto más allá de la sangre, pero fue suficiente para tomar la decisión.

La pesadilla había pasado su primera etapa como si al escaparse de las dudas ya no experimentáramos el deseo del desmayo ni el de la murmuración. Era como si el lenguaje del destino y de la muerte nos entregara, traducido a verdades, lo que siempre estuvo en tinieblas.
Sin necesidad de cancelar ni un centavo por las cuentas de sus últimos meses en el hospital, únicamente ofrecimos unos pesos a las enfermeras encargadas de atenderla. Los recibieron sin esconder una mueca de desprecio hacia nosotros. En el poco tiempo que permanecimos allí, nos dimos cuenta de cómo Verónica, gracias seguro a su manera de ser, se granjeó el cariño de cuantos la trataron. Al salir no faltó el abrazo y hasta la cortesía falsa pero necesaria de advertirle: “cuando se sienta malita ya sabe que aquí nos encuentra”.

Su sonrisa triste que parecía simular una plegaria, quedó virtualmente extendida como la palidez de su rostro sobre el paisaje de sábanas blancas donde se incubaba la revelación del vacío o la esperanza. Sin perder el brillo de sus ojos y dando a entender que las calamidades de la soledad terminaban para ella, no ignoró que se tropezaba, por fin, con el refugio para su ancianidad y para su tragedia. No era tan ingenua para evitarse la verdad de estar dirigiéndose a la orilla de su tumba y con una apasionada lucidez, con cierta exaltación mental que le otorgaba fuerzas, apuró de nuevo las gestiones para no perder más tiempo y proporcionarnos la historia que desconocíamos. Era como una cigarra que dejaba su piel pero quería conservar su canto.

Nos dirigimos a su apartamento de acuerdo con la dirección que nos dio. Al ingresar a un bien arreglado lugar con lo estrictamente necesario para la comodidad de una mujer sola, advertimos que tenía bien organizada su vida, por lo menos en apariencia. Miró todo como si la voz de su pasado se perdiera en la renuncia y como si esa isla que construyera para sus días y noches de soledad ya no le inspirara nada en absoluto.

   Cada día tiene su propósito, —dijo.

Luego de volver lentamente su cabeza hacia lado y lado como repasando para ver si las cosas conservaban su lugar, indicó con voz seca que empacáramos algo de su ropa, regaláramos a las vecinas amigas suyas lo restante y saliéramos de una vez.

Antes de partir no le vimos ninguna nostalgia por los objetos que la acompañaron y dejaba, pero sí fijó intensa su mirada hacia una pequeña biblioteca como para llamar nuestra atención. Al detenernos, vimos ordenados los libros que, individual o colectivamente, habíamos publicado con mi hermano. En la parte superior del estante reposaba un álbum de recortes de prensa que registraron comentarios y entrevistas y, al lado, un crecido legajo con fotografías de todos nosotros.

   Pueden llevarlas.

Notamos que le molestaba cualquier indagación y su voz y sus ojos, fijos en nosotros, fueron suficiente señal para no continuar con la inquietud frente a lo que seguía sorprendiéndonos cada vez más. Siguiendo sus instrucciones empacamos lo que ella indicó y dejamos atrás su vida pasada cuyas llaves entregó a una amiga de al lado.

   ¿Y la señora Verónica vuelve?

   De pronto, a recoger los pasos.

La observación a que fuimos sometidos tenía el mismo desprecio -o mayor porque no lo disimularon tanto- al realizado por el médico y las enfermeras.

   Me la tratan bien, —dijo una de sus vecinas.

   Como si fuera mi madre, —respondió mamá irónica.

De nuevo el viaje de cuatro horas entre Bogotá e Ibagué se nos hizo interminable. Conversamos con los ojos y ella, sin dar muestras de cansancio, tan sólo un pequeño quejido al buscar mejor acomodo en el carro, aludió a la belleza del paisaje, bendijo el calor que empezaba a sentir por las proximidades de la tierra caliente, pidió le compráramos una botella de agua y dijo que nos despreocupáramos, que no iba a ser ningún estorbo, que ella iba a morir en los próximos días y guardaba el dinero suficiente para pagar las enfermeras y los medicamentos que se necesitaran.

El cansancio parecía ganarnos como si el susto presentido con los ojos cerrados lo viviéramos ahora con los ojos abiertos, mucho más cuando las palabras reposaban en un gran silencio. Temíamos parecerle inoportunos por más que nos animara la intención de conversar y apenas dijimos lo absolutamente indispensable. Ya las dudas y las verdades se movían palpitantes entre nosotros y lo intangible se hallaba encarnado en Verónica que parecía vibrar prisionera del paisaje.

No era la abuela una sombra ni la frase de un anuncio suspendida en el vacío de la duda, si no alguien que parecía florecer y extinguirse en medio de su fuerza y de su debilidad. Los hechos nos devoraban sin engaños y el tiempo, como una verdad reveladora, surgía al estilo de una luz que causaba una ceguera absurda y confusa.

Antes de decirle que ya estábamos a pocos minutos de nuestra ciudad, dijo que quería conocernos algo más si las horas le alcanzaban y cumplir, como lo tenía claro, su cita con la muerte.

   Aquí están los papeles con los detalles de mi entierro, —dijo a mamá entregándole un paquete que sacó con cierta dificultad de su cartera—. Y no se preocupen que ya todo lo tengo cancelado.

Al frente estaba la avenida cuyos detalles conocíamos de memoria y sentimos alivio por regresar a casa. Al instalarnos, por lo menos eso pensamos, nos empezaría a dar la respuesta a tanta especulación que cada uno fue haciéndose desde el momento en que se recibió la llamada refiriendo su existencia, hasta el actual en que íbamos con un ser extraño a nosotros y era nuestra abuela, no tanto muerta como lo creíamos, sino al borde de estarlo.


Primer Capítulo
El robo de la cañonera 
de Héctor Sánchez

Había llegado a la intransigente edad en que los buenos momentos ya no eran los de antes y la inmensa tierra que habitaba tampoco coincidía con sus deseos. Que por donde la andara, empecinado en darle su confianza, tropezaba siempre con los mismos pensamientos que, desenvueltos cuidadosamente, le recordaban el arca de Noé, con sus animales completos que se aburrían. Y él en la ventana de las conjeturas, agazapado en el intento de tomar sus alas y marcharse. Su vida había sido un paciente acto de fe, acumulado como esos papeles sin destino que van cayendo sobre un escritorio y que, al principio lo tienen todo para ser auspiciosos, pero luego se cubren de polvo, para terminar en la tumba de los papeles olvidados.
Había despertado con dolor a los años del desencanto, que es esa edad en que las afirmaciones se revelan con implacable claridad, mientras que las palabras pierden lo ganado ilusoriamente en los primeros combates por la vida.        Como si presintiera ese momento había escrito pacientes cartas a la embajada francesa, buscando una efectiva aproximación a la Legión Extranjera, que casi podía ver en los huracanados desiertos de Argelia, disparándole a las sombras nómadas rebeldes, que con frecuencia llevaban el filo de sus alfanjes hasta la garganta de sus víctimas.                                                   
Como si se encontrara en la primera fila del cine, podía seguir las sobrecogedoras aventuras de unos hombres que con esfuerzo, habían dejado de tener padres, renunciando a la patria y tomado al mundo por una puta sin destino, que bailaba lo mismo en un lupanar de Alejandría o se acostaba con la soldadera en alguna plaza militar de Tetuán.
Podía no sólo seguirlos en sus asaltos y escaramuzas para robarse unos caballos o, recuperar a la sobrina cautiva de un coronel, sino respirar sus tensiones y el aire salobre del coraje sin recompensa, el pulso de la noche en lo hondo de una botella asaltada complaciente hasta la inconciencia.
      Había enviado pacientes mensajes a la legación francesa, movido por el deseo de incorporarse a la Legión, sabiendo que su empeño era de los que se pierden, porque allá nadie iba a imaginarse a una criatura con taparrabo, pasando de moler el maíz con una piedra, a activar el rifle del hombre blanco. Igual envió sus alegatos y, por si acaso, algunas fotografías que hablaban muy bien de su optimismo, de su valentía, pero que no podían ayudar mucho, pues él sólo era una genuina expresión de lo racial, o sea, una criatura incontaminada, con vocación de mundo y en sus bragas menores.
            Parecía subyugado por la carrera de las armas y sus apasionantes viajes a través de las guerras y conflictos, pero no. Había escrito a Francia sólo por tantear el terreno y jugarse un albur que lo convirtiera en soldado y luego, redactar una carta decisiva pidiendo la baja y quedarse por allá trabajando en los viñedos, comiendo un poco de queso acá, otro poco de jamón más adelante y, a la buenaventura, perder su celibato con alguna extranjera.
            A lo largo de dos años escribió a las autoridades francesas, repitiendo sus alegatos y, lleno de ansiedad en el momento que volvía su porfiada lengua sobre las estampillas de ese sobre urgente que caía en el pozo de una lona fría para refundirse con otros documentos, hasta que una mano accidental la rescataba inadvertida, dejándola algún tiempo por ahí, mientras aparecía una segunda mano que sin abandonar el cigarrillo la ponía en marcha, conduciéndola a otra lona que decía en letras gordas Uganda y, su carta iba para Francia.
            Era como había ocurrido sucesivamente y, las ocasiones en que no se repitió fue porque el avión se estrelló en las proximidades de Madrid o fue derribado por la artillería cubana al atravesar el cielo. Dos años, en que como dicen, sólo le faltó ponerse d e rodillas para convencerlos de sus inválidas palabras. Y no estuvo muy lejos de tomarse otro año, para sentarse a redactar nuevas cartas, si no es porque Etelvina Naranjo, amiga de fugaces tres líneas en esta crónica, sopló en sus orejas para que la escuchara y al mismo tiempo le escondió las estilográficas y retiró de su casa la papelería.

Ella había conocido a Fortunato Lezna en ese confuso periodo y poco antes de que vistiera traje de soldado, en cumplimiento de la ley y, lo vistiera hay que decirlo, contra sus principios que admitían el llamado a filas, salvo en casos como el suyo en que la religión se lo prohibía. La religión y el poco honor de no recibir nada por hacerlo y, la tragedia aún mayor de hacerlo, no para pelear una guerra, sino una camorra que ofendía el sentido común.                   
Para encontrarse al final con el fusil al hombro de todos los reclutas, un rifle norteamericano de los utilizados en la batalla de Normandía. Después sería conducido en un camión de feria, al campo de instrucción militar, donde cada una de sus partes fue sometida a la férrea prueba de los metales nobles y luego, vuelto a armar como se hace con el intrincado motor de una aspiradora.

            Sin que nadie se lo preguntara fue asignado a una pesada lancha de la marina que viajaba de punta a punta por el Amazonas, persiguiendo fantasmas, porque los contrabandistas y negreros de barraganas indocumentadas, seguían entrando y saliendo por caminos secretos y, apareciendo en el plato de todos los escándalos como un viento de alegría, auspiciados por la tolerancia de quienes no habían visto ni oído nada.
            En la plancha de hierro puro, cocinaban los alimentos, lavaban y colgaban de una cuerda los uniformes y, al faltarles una decente letrina, sentaban sus culos desnudos fuera de borda, con seriedad fúnebre. Para Fortunato no fue una operación feliz. Sólo un recuerdo y el mal deseo, muchas veces expresado, de ceder su lugar a otro que no tuviera objeciones de conciencia.
            Como en la vida militar nunca se sabe cuánto duran las semanas, ni los meses y, si hay que defender una trinchera, hasta cuándo hay que hacerlo, se entregó al inmenso río, como quien se levanta en la mañana y después de pensárselo mucho decide abrazar la vida contemplativa, lo que después de todo lo libró de ser un soldado negligente. Él cumplió junto a sus compañeros los deberes de cada día y si había que mezclar las tapas de las ollas con los chistes groseros, allí estaba, simulando que nada podía descorazonarlo, ni siquiera su canto triste que ellos querían compartir desde que lo escucharan por primera vez, en la noche aún más oscura de sus desvelos.
            Su trabajo era más aceptable que el de mucha gente que con el suyo se sentía desgraciada. Viajar aunque sea por un río caudaloso, donde fácilmente puede surgir una flecha envenenada o una sorpresiva nube de pirañas, es infinitamente más entretenido que no hacerlo, o hacerlo solamente de la casa al trabajo, hasta alcanzar una lacónica pensión de vejez. Viajar por un río cuyo nombre se pronuncia con respeto, hasta donde el mundo termina, resulta un privilegio, aunque Fortunato no lo apreciase así.
            La lancha seguía la corriente del río, bajo la imponencia de un sol que desnudaba su fortaleza, como un atleta lo hace con sus músculos, identificada con una bandera ondulante de tres colores en la popa y, una docena de artilleros apuntando vagamente la boca de sus ametralladoras hacia la impenetrable selva. Cuando surgía un barranco de cañas alzadas como casas, la motorizada buscaba a pasos cortos la orilla y a saltos, los patrulleros desembarcaban para inspeccionar si había por allí una gallina que les sirviera de alimento o, acaso una muchacha para darle un beso. Pero no contrabandistas, ni ladrones de ganado, ni extranjeros peleándose en ríos ajenos. Ellos sólo buscaban una tregua y si hallaban algo más que pudiera alegrarlos, aplazaban sus operaciones.
            Así, de puerto en puerto, en busca del eslabón perdido, como si la embarcación fuera empujada por la leyenda de los viejos bogas que habitaban el río como dioses, observando a esa misteriosa fortaleza de monte corriendo en dirección contraria y, entre las disidentes voces de los animales, el llanto nocturno de los manatíes platinados que precedieran a las mujeres en la piadosa tarea de amamantar a sus criaturas.
            Como el burro que se pasa la mañana en el pueblo dando vueltas con sus cantinas de leche a medio vender, tropezaron varias veces con el barco de los holandeses que andaba por aquellas regiones sin fronteras ni sometimientos, desplumando sus inquietudes científicas y su paciencia de misioneros inmunes al temor de la malaria o la picadura de serpientes. Unos exploradores intensos que nadie sabía de dónde habían salido para entregarse a defender metódicamente el futuro de la humanidad, en lugar de sumarse a ella para aligerar su destrucción, poniendo oídos sordos a las sabias advertencias del sentido común.
            Pasaban los holandeses con la loza de sus dientes asomada a los labios, como hacen los conquistadores que están seguros de contar con su experiencia para no perder lo alcanzado con la espada y, como la patrulla nacional no tenía jurisdicción para dispararle a embarcaciones de otras banderas, no le disparaban, aunque cualquier de ellos lo hubiera hecho a ver qué cara ponían, recordándoles de paso, que debían andarse con cuidado en tierra ajena y entre gente que podía ser muy cruel.
            No le dispararon a los holandeses, pero en cambio lo hicieron contra las gajas de plátano, que unos labriegos movilizaban en el río y que presenciaron asombrados la dispersión de la carga en mil pedazos. Resultó divertido y no volvió a repetirse, porque era moralmente inaceptable que anduvieran disparándole a los pobres, cuando en los tiempos que corrían no le soltaban fácilmente un hueso a los perros y, la munición era mucho más que un hueso, para despilfarrarla.
            A veces, coincidían en algún trayecto del río con las patrullas del Perú y Brasil y, entonces la disciplina se alteraba, porque como todos andaban subidos en el mismo barco, decidían darle una tregua a sus antipatías y reconocerse con algunos bocinazos, mientras lanzaban sus gorros a lo alto.                                                      Después se acosaban, haciendo girar sus motoritas en círculo, hasta que agotados los peligrosos recursos de los timoneles, alzaban sus brazos como campeones e intercambiaban piedras de colores por café, narigueras de hueso por cobijas de lana, revistas pornográficas por monedas de plata. Barras de chocolate no, ni guacamayas.
            Después se despedían, con los preocupantes pensamientos de presidiarios al momento de dividir sus caminos, porque esa era la vida que llevaban al permanecer meses enteros en una reducida embarcación que viajaba sin sosiego, a cuenta de que la delincuencia tampoco duerme, sometidos amargamente al deseo de las mujeres y las mujeres en tierra firme, acostándose con otros. Lo que confirmaba que no siempre las consignas nobles son sabias, porque en estricta justicia, un buen soldado no es el que renuncia a la mujer. Y en todos los casos, no es bueno que el hombre esté solo, afirmación benevolente entre todas las grandes revelaciones.
            El soldado Fortunato Lezna navegaba como una indefensa sardina en su lata. Se sentía agraviado porque aquella atolondrada aventura le había costado la alternativa de un viaje a Francia, el proseguir su carrera de vocalista en la radio y la pérdida de sus amigas, de todas esas muchachas que conociera en el paradero del transporte urbano, en las apretadas mesas de los restaurantes populares, en las tabernas alemanas que vendían cerveza hasta el amanecer. Alguna de ellas volvió a su memoria en una dimensión inesperada, que le recordó el cálido sosiego de las palabras íntimas.
            Sólo el recuerdo. Ni siquiera una carta, porque las cartas a duras penas llegan a direcciones conocidas y, los navegantes navegan sin remedio, navegan sin destino y a donde van, nadie lo sabe. La verdad es que sus amigos no lo olvidaron y sólo empezaron a hacerlo cuando recibieron la penosa noticia de su incorporación a las filas del ejército de la república, que era como decirle adiós a los muchachos para seguir su camino hacia la eternidad. Porque existía no sólo un frente rebelde, sino muchos frentes, con sus capitanes que se movían como las avispas, clavando su aguijón en todo lo viviente, incluidas sus madres, los curas y hasta los escritores que aburridos como sus libros, se merecían un condigno castigo.
            Sus amigos lo que hicieron fue llorarlo simbólicamente en algunas fiestas tristes sin él, en las que Timoteo Rojas que había convertido su guitarra en una plaga, desempolvó los legendarios corridos de la revolución mexicana, cantándolos con el inmenso dolor de quien ha perdido a su caballo.                                   A nadie se le ocurrió señalar que así como daban por muerto a Fortunato, podían darlo por vivo, hasta que se supiera por la letra escrita de un mensaje del Ministerio de Guerra, que el soldado ya era carne mortal y, estaban enviando los botones dorados de su uniforme a la familia. Fue todo y, podía ser que el sacrificio no mereciera nota de estilo, pero nadie podía asegurar que él no regresaría, como había ocurrido tantas veces con andariegos que partían sin avisar y cuando volvían podía ocurrir que se encontraran velados en la mitad de la sala o, enterrados sin saberlo, con su nombre en letras doradas.
            Como dijo Benita Pavón, tantas incertidumbres porque el joven soldado no se acordó de enviar una retorcida señal de su paradero o de su muerte, que les hubiera ahorrado llevar su recuerdo de un lado para otro como el cadáver de Elmer McCurdy, el pistolero de Oklahoma, que ni muerto llegó a tener una decente tumba. Benita Pavón expresó también que a pesar de su presentido final, seguía queriéndolo, pero que no planeaba raparse la cabeza, ni dejar de cantar en los concursos de la radio donde lo conociera, empecinado como ella en alcanzar los grandes escenarios del mundo.
            Fortunato había sido llevado al canto desde que pronunciara las primeras palabras y, descubriera también el placer de repetir las palabras sucias que llegaban de la penitenciaría. Cursó la escuela elemental perdido en sus coros ocasionales donde no resultada fácil destacarse porque todos querían hacerlo y, su voz era sólo la de un pichón de ruiseñor. El único que entonces advirtió que en ese chico había un trovador oculto fue él mismo, pero como era tímido, se alzó de hombros como diciendo, Uds. se lo pierden. El cambio de voz pudo arruinarlo todo y luego, la secundaria que llegó acompañada del cigarrillo y el alcohol, pero como lo dictara Eurípides de su puño y letra, lo que es bueno para unos es malo para otros. Tampoco esta vez los oídos quisieron escuchar, con lo que él pudo explícitamente concluir: por sus largas orejas los reconoceréis.
            Había aprendido en carne propia que hacerse cantor es más complicado que hacerse rico y, repetía con abundantes razones que el hombre no sabe escuchar, que el hombre es sordo y la sociedad lo confirma, que inteligentemente quien tenga algo que cantar no se confíe y después de llegar a casa eche el cerrojo y aún así, entre modestamente en el baño y otra vez, cierre bien la puerta.
            Benita Pavón sabía que su camino hacia el estrellato sería fatigoso, pero no tanto y, despertaba como los pájaros cantando. Cantaba de día y de noche, sin desfallecer, según sus planes, hasta conseguir que los escépticos la aplaudieran y, los que no pagaban por oírla cantar, lo hicieran y, tal vez, llegara a vocalista de la Sonora Matancera.
            Mientras ocurría, los sábados por la noche, Benita y Fortunato no faltaron a la cita en la emisora del señor Martínez que tenía fama de tacaño y que, auspiciaba el concurso de cantantes aficionados Polvo de Estrellas, no porque le importara la lírica nacional, sino porque los anunciadores que habían esperado toda una vida, tenían ahora un programa divertido para ajustarle cuentas a las ventas, que apenas rendían para cancelar el arriendo y los impuestos.
            Nadie sabía de dónde había sacado el señor Martínez el exótico nombre del programa Polvo de Estrellas que provocaba confusiones en la audiencia, pues mientras algunos lo atribuían al inspirado esfuerzo de las musas, otros lo relacionaban con la conducta mundana de las hormonas, afirmación que alcanzó sus palabras mayores en los albañales. Lo que resultaba, en cambio, inexplicable, es que un programa radial de cantantes primerizos, que estaban decididos a no morir inéditos, fuera sólo el habilitado escenario de un circo, con un inmenso sombrero que caía sobre las cabezas de los turnantes desafinados, o el maullido de un gato cuando olvidaban las letras. El público terminaba en una oleada de burlas y luego, extraía la infalible carga de huevos para premiar su esfuerzo.
            Los concursantes que conocían bien los poderes del sombrero mexicano y el gato lastimero, no conseguían habituarse a sus vergonzosos veredictos y, sus rostros quedaban en los huesos, sin una gota de sangre y tan aturdidos, que si lo superaban, les faltaba el coraje para regresar a sus casas. Fortunato tuvo la suerte de pasar limpias las pruebas. A Benita le salió el gato dos veces, pero con la ayuda de unas milagrosas píldoras para la memoria, mejoró los resultados.
            El programa fue un directo a la mandíbula de los eventos radiales y, luego se supo, que una transmisora de la capital mexicana lo reprodujo, provocando que las calles se quedaran vacías en las horas que se trasmitía, hasta que la audición culminaba, trayendo cantantes al mundo con la facilidad que producían tortillas de maíz. Acá los resultados fueron menos visibles y de sus participantes no se supo qué camino tomaron. Benita, como lo prometiera, siguió con la cruz de sus sueños al hombro y cuando parecía a punto de guardar como viejas fotografías, su voz en una caja, recibió el nombramiento para dirigir el coro de las reclusas de Santa Águeda.
            Fortunato también tuvo su oportunidad y, con unos vecinos alborotados que tocaban la trompeta y batían el tambor sin beneficio, organizaron una banda, que no perdió tiempo en preguntarse si interpretarían para baile, si para jóvenes o para viejos, o si para emborracharse por culpa de la pena. Lo que decidieron es que no tocarían música clásica porque no habría dinero que lo recompensara. Y decidieron también tomar el nombre de Los Sonámbulos.
            Fortunato era entonces un joven inmortal. Es decir, atravesaba la edad en que se comparten las cosas pequeñas que son suficientes para ignorar las grandes. La edad generosa en que primero se aborda el tren y luego preguntamos a dónde se dirige. Tenía impaciencia de llegar a alguna parte, pero como no sabía a cuál de todas, acataba sin darse cuenta la vieja doctrina de Mahabharata, según la cual “el mundo del destino no puede ser desecho y nada en este mundo es el resultado de nuestros actos”. De manera que se imponía tareas pero no las buscaba, aunque como hijo de su padre, tenía la remota esperanza de que sus actos valieran un poco más, que no intentarlo en absoluto.
            No hay que buscar en los anaqueles de una biblioteca, para apreciar que existen dos clases de músicos: los sensatos e inteligentes que hacen de su trabajo un culto y, los que aman la música. Los primeros alcanzarán al paraíso, con sus trajes bien planchados. Los otros, seguirán en la tierra de su inocencia lastimada, dejando su nota como caramelos gratuitos en el parque, un día domingo. Fortunato y los suyos, no planeaban su ingreso en la polifónica. Ellos sólo querían tocar la música, restándole su ímpetu a la fiera que nos habita.
            La pequeña banda no era diferente a un grupo de jóvenes que se mofa del pasto que sus mayores comen como conejos y, para no parecerse a ellos, se fuman el pasto y, en vez de sentarse en las sillas lo hacen en el suelo y, mientras sus congéneres beben leche, ellos consumen alcohol. Lo peor de todo era que despreciaban el dinero y, no les hubiera importado utilizarlo en limpiarse sus narices.
            Por ello no les sorprendió que Aquileo Ramos, una de las unidades del elenco, después de tocarse una parranda en el “Refugio de los Olivares”, que era un cortijo de reses bravas, guardara su trombón en el estuche y, sin pasarse por casa a recoger la ropa, les dijera adiós, en compañía de una turista alemana, que había ingresado en los países suramericanos como en un almacén de artesanías, tomando lo que le gustaba para llevárselo a su patria.
            La baja de Aquileo fue un rudo golpe para Los Sonámbulos que sabían lo que vale un trombón, pero pensaron también que el noble Aquileo, había conquistado dignamente su derecho a subirse en el palo de una escoba y desaparecer. Alemania no era la tierra prometida y, no era lo mismo que irse a ver los toros a Madrid o visitar París. Había por lo tanto que asumir el riesgo y, si lo de la turista alemana no resultaba, se marcharía con el trombón a algún lugar cálido del Mediterráneo. Todos estuvieron de acuerdo en que no valía la pena morirse aquí y, algo más, que menos lo valía sobrevivir a las dificultades del exilio, para terminar regresándose.
            La deserción del trombonista llevó a Fortunato a su pequeña caja de caudales, para realizar la operación sencilla de contar los ahorros y entonces, rememoró sus viajes presurosos a la punta del cerro y el regreso desde la punta del cerro en la noche incierta, hambriento y rendido por el esfuerzo.                            Al final en casa, como un calamar en su tinta, con los pies sobre una silla, un largo vaso de ginebra en la mano y, la sonrisa triunfal del adolescente que acaba de ingresar secretamente por la ventana en su hogar. La operación financiera no le llevó a Fortunato más tiempo del que se gasta encendiendo una vela o, para mayor precisión, más tiempo del que se gasta activando un fósforo. Abonado el arriendo de su vivienda, no contaría con más reservas que para comprarse una barra de chocolate.
            No le sorprendió, porque siempre había sido así. Pero lo ofuscó, en cambio, que después de meterse hasta el cuello en el negocio de la música, se encontrara peor que cuando trabajaba menos y dormía más, porque ya no iba al cine, ni se encontraba con la ralea del bachillerato para ir al Campo de Marte y, después ingerir cerveza en la tienda, que no se sabía si atravesaba al ferrocarril o el ferrocarril atravesaba la tienda, aún más, Carolina Vergara, una joven erguida de paso menudo, flaca y buena bailarina, le dijo no más, porque en los proyectos de su vida no entraba la farándula y él, ya convertido en cantante, tendría que subirse en los árboles para escapar de las mujeres y le haría falta tiempo para gastarse las riquezas que lo aguardaban.
            Lo expresado reveló a Fortunato que ella, realmente ignoraba lo que pretendía afirmar y, confundía a Hollywood con los cuatro gatos de la tuna nacional y a él, que no le había faltado al respeto ni con el pensamiento, con la baja leyenda de que al mundo del espectáculo sólo acceden los sicópatas.
            Contando uno sobre otro lo acumulado, se infundió ánimos, para no terminar como se dice, a llanto vivo. Decidió como hacen los capitalistas en tiempos difíciles, convocar a la junta de accionistas para presentar su informe.                     Hubiera podido ahorrarse explicaciones y, como hiciera Aquileo Ramos, tomarse a la mano de una rápida fuga, pero él prefirió invitarlos a una comida criolla y, en la comida les anunció que ya no iría más con la banda. Que seguiría cantando pero en privado y, sólo para él, porque llevaba la música en la sangre, pero que allí terminaban sus campañas.
            Fue bueno mientras duró, parecieron musitar en coro sus amigos, con los rostros velados por la decepción. No ignoraban que eso ocurría hasta en las mejores agrupaciones y, después de todo, era mejor que les sucediera antes y no después. Habían empezado en la calle y alquilado sótanos húmedos para sus ensayos. Comían de lo mismo en un plato y con las tijeras que cortaban los cables de sus equipos musicales, arreglaban sus cabelleras. Ya se había ido el trombonista y ahora el tenor y, mañana volvería a ocurrir y nadie iba a quedarse de último a apacentar sus recuerdos.
            Uno de los asistentes desapuntó los botones de la camisa y, tomándola en una mano, fue y le prendió fuego. Sus compañeros creyeron encontrarse frente a una bandera en llamas de los Estados Unidos, como se acostumbraba en las agitaciones sociales de los últimos tiempos, pero él llegó más lejos y, siguiendo el ejemplo de ciertos navegantes escandinavos, se envolvió en la prenda. Lo que en suma logró fue que le soltaran algunos bofetones, porque aquí, orate hijoputa, le espetaron, se moría bien lejos de la mano de Dios y peleándole a la tristeza, pero no por fuego, como los bonzos que así denunciaban la venalidad de sus gobernantes.
            El fuego resultó después de todo indulgente, pero si hubieran podido entrar en el cerebro del inconsolable músico, habrían hallado la animada partitura, no sólo de su incineración sino su deseo de incendiar la casa con todos ellos dentro.      Así es la gente talentosa y, él debía serlo para decidir en un instante, que el mundo sin la música que ellos tocaban era un moridero sin esperanza, como la pobre Roma sin el incomprendido artista que la redujera a cenizas. El talentoso desconfía de todo lo que mueve y ama ostentosamente la gente sin talento y, prefiere mil veces el ostracismo y el silencio sin recompensa, a su brillo mediocre, repartido como guantes de seda entre mujeres públicas.
            Para no alargar la parábola, tras la partida de Fortunato, descartaron soluciones clásicas como suicidarse, pero no renunciaron, en cambio, a desmantelar el elenco. Ellos podían seguir congregando en sus conciertos las dos primeras filas de una sala, pero no iban a comportarse como si hubieran agotado todas las localidades y más aún, como si no supieran detenerse cuando tenían que hacerlo, cayera quien cayera. Los había unido la calle y, por sus leyes habían llegado a la amistad. Por otras leyes sujetas al destino, sus caminos se bifurcaban y, con seguridad, serían más recordados en la otra vida que en ésta.
            El epitafio no era para adjudicárselo al almanaque como una fiesta de guardar, pero dejaría una lección a esas agrupaciones musicales que soplan sus instrumentos porque ven soplar a los demás y, se convierten en artistas incomprendidos y tan mal recompensados, que terminan por acostumbrarse, hasta que viene la junta de vecinos y los declara personas no gratas.
            Por poco Fortunato aplaza su decisión hasta enero, cuando el país despertaba de cabeza con el costo de la vida en las nubes, mientras celebraba. Pactaron que emprenderían la retirada por su propia mano y no de uno en uno, prometiéndose dubitativamente que algún día regresarían, aunque seguros de que no lo harían.
            El fin del mundo no hubiera demorado tanto, pero ellos, en vez de devolver las llaves, vaciar los bolsillos en la papelera y darse un adiós, permanecieron circunspectos, hasta que Napoleón Treviño apagó su cigarrillo con la punta del zapato y, con el rostro endurecido, alzó su voz para advertirles que no se atrevieran a dirigirle la palabra en el futuro, ni a mencionar su nombre, ni a mirarlo si lo veían. Que lo dieran por muerto, como él dejaba en aquel momento de darlos por vivos.
            El adiós de Escipión el Africano que refieren los libros, fue comparativamente, un grano de azúcar. Cuentan que Escipión, tras sus grandes victorias militares, pasó a la reserva en la condición de ciudadano romano y que con esas desventajas fue sometido a juicio, por culpa de su hermano, acusado de robarle a Roma, lo que ésta a su vez robara a los demás. Herido por la afrenta, el bravo soldado abandonó la ciudad de los grandes escándalos, pero no lo hizo subido en uno de sus recios corceles, sino en la desvencijada carreta de un campesino, profiriendo entre dientes: “Roma, no me mereces, ni siquiera te dejo mis cenizas”.
            Así se van los Escipiones de los nuevos tiempos y, así se fueron los muchachos que alguna vez quisieron ser músicos. Esa tarde, Fortunato creyó ver un águila en la cornisa de un alto edificio, cosa que tomó por buen augurio. Pero no teniendo la urgencia de pelear una batalla, pudo escuchar sonoros sus pasos, entrando en la oficina de correos para recoger su correspondencia.    Después, el intenso camino a casa, a través de calles angostas ocupadas por afanosos viandantes, que no conocían una indigencia mayor que quedarse en casa y, que aún sin tener nada que hacer, salían a caminarlas. La calle era lo máximo, con su ruido incontenible orquestando el progreso. Con todo ese vendaval de automotores, como búfalos enardecidos, atravesando la pradera en busca del agua. Era lo máximo, porque la gente que padecía penurias muy largas, en puntos remotos, podían venirse a tomar sin el permiso de su dueño, lo que necesitaba.
            Como lo planeara, Fortunato llegó a su vivienda y no teniendo un gato que alimentar, ni el menor deseo de buscar una escoba para limpiar, fue a sentarse en una silla que envejecía junto a él, como podía haberlo hecho junto a una doméstica. Lo que ya no consiguió fue entregarse a leer la correspondencia, porque en el casillero sólo halló propaganda impresa. Aunque no tuviera a sus padres, tampoco los echó en falta para actuar como un hijo de familia, que se levanta tarde y no ordena la cama, porque en cualquier momento regresará a ella para seguir durmiendo, mientras llega la hora de sentarse a comer.
            Había llevado al sofá una almohada alta que utilizaba en sus tranquilas horas de descanso y, entonces el suave viento de los recuerdos lo desvió hacia las rutas plurales del Egeo que siguieran tantas celebridades en su afán de alcanzar a Alejandría. Y él también, como Solimán, el Divertido de las Indias Occidentales, en su blando lecho de plumas y sedas orientales, cuya reputación daba la vuelta al mundo como un sueño inalcanzable y algunos tigres bengalíes dispersos en la cubierta del bajel que, de este modo, recobraban su primitiva belleza. Recordó con gratitud la sugerencia de su maestro de composición, para que pusiera su ojo bisoño en Virgilio, que había hallado al mundo en pañales y lo devolviera leyendo de corrido. Y agregó algo más, que después de leerlo, el mar era sólo un charco, pero que a su vez, un charco, tras su lectura, se convertía en mar. Infalible comentario pues él, sin llegar a ser un marinero siquiera de agua dulce, tendido cuan largo era en su gabarra de felpa y la espalda apoyada en su almohadón, se encontró a la duermevela en alta mar, convertido en Dios de su vida.
            Pero el mar no tenía secretos para Florentino Villa que, con mano firme, fue a golpear su puerta. Fortunato se negó a abrirle porque los pagos se encontraban transitoriamente suspendidos. Florentino siguió golpeando inútilmente, hasta que cayó en la cuenta de que ciertas puertas sólo eran vulnerables a la pronunciación de palabras mágicas, como ésas que abrían las de Sésamo, en los tiempos que ser ladrón era un acto de justicia y no la actividad lucrativa en que luego se convirtió, cuando llegaron los políticos a tomar cartas en el asunto.
            Entonces escuchó imperativo: “Fortunato no tengas miedo que soy yo, el banderillero”. La puerta se abrió. Florentino fue hasta la ventana que daba sobre un bullanguero patio de loros y, un momento después, el cuarto se llenó de luz. A continuación buscó en el refrigerador un vaso de leche para su amigo, pero lo que encontró fueron unas botellas de cerveza.
            —No es cualquier perro muerto el susto que nos has dado, hombre- dijo por fin el visitante, mientras ocupaba una poltrona, algo confuso de no contar entre sus amigos, uno que pensara seriamente en llegar a viejo. Unos porque el cerebro no les ayudaba y otros, porque lo utilizaban al revés, como ocurría con el señor allí presente y, con él mismo, para no ir muy lejos, que como buen romántico que era, había dado en ir tras un toro por todas las plazas taurinas de la nación.
            Como queda escrito, partió tras un toro que lo embrujara cuando a su edad los muchachos preferían correr tras las jóvenes. SI alguien le hubiera dicho en ese momento, que su decisión no alcanzaba ni para un mal desayuno, le habría retirado el saludo, porque él estaba convencido como un cura, de que convertiría el agua en vino, con la gracia de sus chicuelinas.                                      Tuvo un buen comienzo y en los pueblos que vieron, sus faenas, salió de la plaza como los elegidos, por la puerta grande y en camilla, que es como gusta que el lidiador salga. A él no le importaba jugarse le vida, porque para eso le pagaban. Pero no era tan sencillo vestirse de valiente cada semana, para resistirle el cuerno al toro y, pasarse los días siguientes en lecho de dolores, oyendo hablar bien de los cojones y, los cojones en cuidados intensivos.
            Lo extraño es que conociendo el ácido que a su paso dejaban las cornadas, más pronto regresaba a proseguir la lucha, desatendiendo la mirada triste de los parientes que le suplicaban abandonar la loquera de andarse exponiendo al toro para que lo matara y él no mataba nada, porque los novillos broncos que le soltaban eran saldos que estaban de paso hacia las tasajeras, donde los convertían en kilos para su venta al público.
            No es lo mismo la fortaleza de una contienda, que batirse con un astado que reglamentariamente no admite el estoque, aunque él si puede utilizar los dos que lleva en la testa. ¿Qué clase de torneo es aquél en que se combate por la única recompensa de morir?
            Mientras Florentino anduvo en la lidia, convencido de que había nacido para figura y porque le pagaban, vistió disciplinadamente trajes goyescos y, admitió las palizas como renovadas medallas de su fe en la fiesta brava. Pero cuando se bañó en el sudor que nacía de sus pensamientos, el coraje empezó a abandonarlo. El coraje era hasta entonces, ignorar que un carcamán de ésos podía asesinarlo y, luego descubrió que por andar en la compañía de Susana Cuellar, había llegado a la rendición de entregarle una alianza de oro puro.
            Aún le quedaron fuerzas para soñar, en letras mayores, su nombre en el cartel de la feria de San Isidro y entonces sí, sustituyó la seda por el percal, como lo aprendiera de su padrino espiritual Rodolfo Gaona, el más ilustre de los toreros mexicanos. Sólo que al regresar del himeneo, el cartel estaba completo y, los apoderados andaban muy ocupados, para fijarse en él, que no era Marcial Lalanda, ni el Espartero, ni Cagancho y, en cambio sí, la viva estampa de Luis Freg, todo en él indio, bravo y también mexicano, que entrara en la leyenda después de recibir 69 cornadas y terminar muriéndose de viejo.
            Amar la vida es un canto, pero amarla demasiado es tan peligroso como amar la riqueza, con la fascinación que provoca un rebaño de elefantes cargados con doblones de oro. Fue lo que ocurrió a Florentino, con el agravante de que había dejado atrás una buena suma de años y, había oído que un hombre después de los treinta años ya no es tan joven, así se afirme que no, que es a los cincuenta cuando se inicia la verdadera plenitud, palabra cuyo significado sigue siendo un enigma.
Abandonó la costumbre de levantarse temprano, para ir al campo en busca del toro, porque el lecho resultaba ahora más cálido con Susana y, prefería quedarse a su lado, demandando que lo mezclara con su sangre para que ya nunca pudiera vivir sin él y, si un día aparecían nubarrones en su camino, actuaran como los muchachos aquellos de Verona que, acosados por la intolerancia de sus familias, escaparon hacia la orilla sin retorno.
            Cuando ya no consiguió mantener los pies firmes en la arena y, empezó a verle los ojos colorados al toro, le confesó a Susana que ya no podría brindarle sus faenas porque había aparecido el miedo y así, lo único que podía hacer era correr, como le aconteciera en los tres últimos festejos en que fue despedido con una salva de botellas y sillas que llovieron desde los palcos. Le dijeron de todo, obligándolo a salir de la plaza por la puerta secreta, que sólo los que salen por ella conocen.
            Susana había imaginado ese momento y pensó que le alegraría, pero no fue así, porque aún tratándose de una decisión justa, reconoció que vivir con un torero era algo tan excitante como compartir su trono, aunque el trono fuera menor. Era un poder invisible que arrastraba sus emociones tras el temor que le producía, verlo transformado en un andrógino, con traje ceñido y mirada ambigua, que entonces se le parecía a otro tan peligroso como el filo comprimido de una espada. Si algunas mujeres declaraban estar orgullosas de tener a un piloto por marido, ella lo estaba de tener a un torero por el suyo y así, hasta que lo veía sin su chaquetilla, en las pantuflas caseras, con el culo perdido en unos pantalones grandes, las paletas asomadas a sus hombros magros y la barba azul de marido complaciente y perezoso, que en un solo día le crecía lo de tres.
            Considerando que apenas se iniciaba la Agremiación Nacional de Toreros, Florentino desistió de cortarse la coleta, evitando así el trago amargo de hacerlo frente a unos tendidos exhaustos por la depresión de los últimos cincuenta años, que lo privara de alcanzar una honrosa alternativa en la madre patria.                              La agremiación prometía torcerle el brazo a la escasez de festejos taurinos, pedirle al gobierno una casa, como mínimo, para cada uno de sus afiliados y, cerrar las fronteras a matadores extranjeros que venían a llevarse todo y a no enseñar nada, como si acá no existieran figuras de exportación que, lidiaban toros con garrocha, anudaban con sus manos el rabo a los mansurrones para avergonzarlos y hasta realizaban las faenas con dos animales a la vez.
            Con su decisión, lo que Florentino hizo fue seguir en el tren de la fiesta brava, aunque abandonando su asiento en el coche de las ilusiones, para ocupar uno secundario en el furgón de cola. Se convirtió en rehiletero, ahorrándose así la venganza de mandar lo del toro a la mierda y salvar, en cambio, su permanencia en la agremiación. Quién sabe si andando el tiempo no llegaría a la presidencia del sindicato. Susana que conocía bien las mieles de vivir con un torero, sospechó lo que podía esperar de un banderillero y, acometiéndolo con la llama de sus ojos, le preguntó en qué piedra de moler iba a ocupar ahora su tiempo.
            Florentino que había explorado cuidadosamente todos los detalles de su decisión, le contestó que seguirían adelante porque el mundo no se acababa y, porque en honor a la verdad, lo de la lidia del toro sólo le había dejado amarguras, pues lo que se llamaba un buen contrato, no había tenido el gusto de conocerlo.           El arte de Cúchares, como dicen los entendidos, es lo mismo que encontrarse un sueño y empecinarse en mejorarle los colores y, el sueño no dice nada, porque conoce bien a los hombres, hasta que surge como es realmente y, todo lo bonito se desmorona. Debió añadir, que soñar es un privilegio que cuesta tanto como una verdad sin dolientes, pero que vivir sin llegar a conocer un sueño, es como no haber vivido.
            Susana se encontró confusa después de escuchar a su esposo y, con la lógica de las personas que odian las armas de fuego, pero no la carne de la pieza obtenida en la cacería, le recordó contundente que no conocía una república, donde se viviera de los sueños. Que se lo pensara bien, para que luego no fuera a tomarla a ella como rehén de sus pejigueras. Que se lo pensara. Podía ser que la tauromaquia no estuviera a la altura de una botella de champaña, pero no había sido ella quien le había pedido que se retirara, aún sabiendo que cualquier tarde podrían llevárselo muerto a casa.
            Florentino abandonó su hogar preocupado, porque aún sometido al juicio de un letrado, no podía rehusar a pensárselo mejor, como ella dijera. Lo que aumentaba su inquietud, sin embargo, no es que Susana tuviera la razón, sino que después de un momento empezó a no estar seguro de querer retirarse, porque como se lo revelara a su amigo Fortunato, había observado que las mujeres iban a las corridas a fijar sus ojos, no en el espectáculo, sino en los toreros y, en cuanto podían, les hacían llegar unas tarjetas descaradas, ofreciéndose para una visita confidencial en el hotel. Cuando pensaba en todo eso y en lo que le esperaba, abolido ya de los carteles, se sentía como el cordero exuberante que entra por una puerta a la esquila y, sale por la otra, insignificante y desnudo, como un lechal.
           Las hembras, así fueran ajenas al toreo, eran tal cosa, que los hombres de más carácter podían renunciar a Dios, pero no a ellas. Entonces por qué razón, en menos de lo que canta un gallo, había escupido sobre sus capotes y, como si llevara en un bolsillo el premio de la lotería, fue en busca de Susana para contárselo, provocando su réplica de que si lo único que tenía era un torero y lo perdía, ya no le quedaba nada. ¿Por qué? inquirió Florentino y, se quedó mudo un buen rato, en el arduo trabajo de ordenar el redil de sus palabras.
            Antes, prosiguió, no había mayor diferencia entre un toro y él. Se encontraban en las maestranzas que celebraban sus fiestas de iglesia, cada uno hacía lo que podía para matar al otro y, cuando terminaban, si te he visto no me acuerdo. Entraba y salía de las enfermerías como se entra y se sale de un casino, después de arrojar el dinero en el pozo de las apuestas. No era la mejor de las vidas, pero estaba contento y, cuando realizaba las faenas no pensaba en la muerte y tampoco en el dinero. Lo que es bueno no se piensa, se siente como una embriaguez, mejor que eso, como un éxtasis.
            Puede decirse que hasta ese momento nada le debía a la vida, pero entonces la vida le había regalado a Susana y, sin darse cuenta, pasó de morirse por los toros a morirse por ella, que terminó convirtiéndolo en un frasco de miel y, como el que anda en la miel sabe lo que le espera, inició en privado un saludable cambio de tercios.
            No debía contárselo, prosiguió Fortunato, porque ciertas confesiones sólo se hacen a los tonsurados. Pero iba a autorizarse una dispensa, bajo la gravedad de que quedara entre los dos. Había prometido escalpelarse la moña, porque ahora le gustaba más pasárselo en compañía de Susana que con los toros. Los buenos momentos con ella fueron también el comienzo de los malos en sus corridas y, nada más saltaba el toro a la arena, al primer revuelo del capote, el coraje acumulado con esfuerzo, se convertía en el canto de una gallina.                                 De ahí para adelante quien se divertía era el toro que movía el cuerno como los practicantes en la escuela de medicina. La plaga de los tendidos que vuelven fiesta un incendio, era la más beneficiada, porque finalmente había encontrado a un toro valiente que la hiciera sentir como en el circo romano.
            Podía seguir la crónica el resto del día, exhaló Florentino en su lenta cascada de recuerdos. Pero aún tuvo reservas para agregar que lo más preocupante era que despertaba con frecuencia, en las noches y, le parecía que no era él quien estaba allí, porque él siempre había dormido bien, sin interrupciones, como un tronco, con el culo apuntándole al cielo y su cabeza bajo la almohada. Ahora no, ahora daba tumbos y se quedaba observando el rostro sereno, confiado, infantil de Susana y, apenas podía creer que una muchacha tan sencilla, hubiera sido capaz de apaciguar sus bríos de mulo, acostumbrado a rendirle cuentas únicamente a su conciencia.
            Le habría gustado enriquecer su jeremiada, estrellando la copa exhausta contra el piso y, lo hubiera hecho de no encontrarse en casa ajena. Sobre la pequeña mesa del comedor, un cenicero había ido recogiendo la basura de los cigarrillos que, después de agotados, hubieran alcanzado para enviar señales de humo a los hermanos misioneros que se encuentran en Tailandia. Y también, una botella de cristalino bebida hasta el fondo, respetando el derecho que tiene todo hombre de renunciar a su intimidad y, también llorar, como parte de su legítima defensa.
            Fortunato echó mano de una chaqueta colgada en la silla y, mientras la vestía, exclamó que no recordaba de qué pluma había salido, que así como el hombre nunca está satisfecho de su casa, cuando observa que la del vecino es mejor, deja de estar contento en la suya y empieza a sentir envidia, a envidiar sus mujeres, sus autos, sus juergas y todo así.                                                                       El hombre es tan poco imaginativo, que sería capaz de provocar una guerra mundial por tener una taza de baño, más grande que el resto de las tazas, en cualquiera de las razas humanas. Y dijo también que otro poeta de aquellos... y no prosiguió porque en ese momento tomaron la calle.
            Con un veloz movimiento de ojos, Fortunato identificó el estado del tiempo. Nubes negras sobre el cerro, cielo igualmente encapotado, nula presencia solar, temperatura a la baja, amenaza de lluvia. Terminó su informe ante la presencia de una columna artillada del ejército que, avanzaba presurosa a lo ancho de la vía, con sus formidables tanques de batalla, tan parecidos a los de plástico que los niños utilizan en sus recias disputas y que, en medio de ellas, conducen distraídos a sus bocas o patean negligentes.
            Florentino amenazó con reabrir el debate, pues no había entendido bien el pasaje del hombre insatisfecho, que si no andaba perdido en su memoria, se parecía mucho a las desventuras de Epulón, que siendo dueño de rebaños y cosechas pródigas, prefería no gozar la vida y, como no la gozaba, sus bienes se multiplicaron hasta que se murió sin llevarse nada y, sin alcanzar tampoco la paz eterna, porque los ricos pueden comprarlo todo menos el cielo.
            Fortunato pensó con tristeza en su nombre, tan auspicioso y al mismo tiempo tan distante de toda fortuna. Y convino en que no le importaría empezar a llamarse Epulón, con su perniciosa carga de dinero y defectos y, aún sabiendo que lo aguardaban las llamas perpetuas.
            El convoy militar se cerró con un pesado camión gris destinado a la guardia. Fortunato y Florentino se tocaron con los codos y empezaron a correr para alcanzar el otro costado de la avenida. La avalancha de los transeúntes avanzó también con su atolondrado desorden y, con mayor decisión, los descendientes de Atila, al timón de sus incontrolables vehículos, esforzándose en arrollar al menor número de personas y reducir sus muertes a lo que el alcalde definiera como justas proporciones. Después todo fue un gran ruido, para que los dormidos despertaran y los vivos no se quedaran esperando a que otros fueran por ellos a aumentar el ruido. Todo parecía conducir a que la vida sin ruido no es vida y, menos en una ciudad que aspirara al progreso, que pretendiera diferenciarse de esos pueblos donde a la luz del día los fantasmas salen a pasearse por sus calles.
            Fortunato no sabía cómo explicarle a su amigo, el banderillero, que iba en busca de Tejinaro Horcacitas, para aproximarle detalles a un negocio que les llevaba ya una buena cantidad de café hervido, sin punta de acuerdo. No llegó a decirle nada, porque Florentino lo tomó por el brazo, con redoblado interés, conduciéndolo al Pajares, que era como se llamaba el restaurante de la familia Pajares, a cuya cabeza se encontraba el padre de todos ellos que, a su vez, prestaba su apellido al lugar. El señor Pajares conocía a Florentino, porque a su negocio llegaban los de la fiesta brava y él era uno de los más asiduos. Le había fiado y, en honor a la verdad, había salido ileso del riesgo.
            El señor Pajares les sirvió una botella de vino tinto nacional, que no sería tan delicado como el de importación, pero en cambio, costaba menos y embriagaba más. Sirvió la botella y sujetando su cintura con las manos, preguntó al banderillero si el otro caballero le jugaba también al toro y, su respuesta fue que no, que ahí donde veía a ese chico de rostro aborigen, fácilmente identificable en los ventorrillos callejeros de cobijas y sacos de lana, era un tenor incomparable, allí donde valía más un ladrón con levita, una lombriz con ínfulas de tribuno, o ser hijo de su padre de los que hasta la muerte toman los autos oficiales por casa. Aquí el Zorzal del Abasto se hubiera muerto de hambre.
            El señor Pajares se llevó ahora las manos a la cabeza, como diciendo muchachos, dejad la política a cargo de los pícaros y sobre todo, dejadla afuera, que este es un lugar honorable. Florentino sospechó que el señor Pajares tenía dificultades con su cintura y, acaso por ello, la sujetaba con las manos y, al caminar lo hacía como si el yeso de su cuerpo pudiera quebrarse.                                 En consecuencia, indagó al modo de quien mientras se afeita canta y, él le contestó, que la torcedura tenía su origen en la piedra de un lumbago. Una tortura peor que sentarse con su cara de caballo, frente a un espejo a mirarse por muchas horas. Lo expresó con la seguridad de un hombre acostumbrado a cumplir su palabra.
            Pero ningún hombre dice siempre la verdad, porque ninguna verdad es como los hombres creen. El señor Pajares tampoco la expresó, porque a sus años, era mejor dar buen ejemplo aunque sólo fuera con las palabras, o al menos, no dar el malo, refiriendo hechos reales como el que había puesto sitio a su espinazo. Lo calló pero no pudo evitar el remozado aleteo del recuerdo, el día que fuera al comercio por los comestibles de todas las semanas y que, al final no recogió, porque a donde había planeado ir, era a la casa de Fermina Carrión, una andaluza de no creer, que podía ser su hija, pero que había terminado siendo por esas cosas de la vida, su querida. Era joven pero sabía del mundo más que él. Más dinero tenía él, más pobreza ella. Él la amaba como si ella fuera de verdad. Y ella lo amaba de mentiras.
            En la última noche de sus secretas relaciones, el señor Pajares dejó sus ropas en una silla y fue a colgarse, como se lo pidiera la andaluza, de una cortina. El juego se llama el salto del tigre y, en su cumplimiento, él debía intentar un vuelo hasta el lecho donde ella se encontraba en su espléndida desnudez. No era cosa de realizar un salto bisoño para salir del paso. Debía ser un salto ágil y preciso, que sólo él podía creerse en sus bandolerías de seductor.
            Como cualquier hombre enamorado, su corazón era joven y podía intentarlo todo, incluida una acrobacia que parecía reservada a gimnastas experimentados. Descubrir su parentesco con el mono, mientras se agarraba a las cortinas, provocó el volantín decisivo en busca de su amada que se quedó esperándolo. Ahí culminó la velada y empezó el dolor en la espalda del señor Pajares que acabó muy golpeado.
            Ese era su lumbago y puesto que no convenía contárselo a su esposa, le hubiera gustado referírselo a ellos, que sin ser amigos probados, tampoco iban a escandalizarse y, en cambio, sabrían que su vida no era fácil. Le hubiera gustado, sobre todo, porque a su edad debían aprender lo humano y lo divino, aunque les asustara lo indescifrable que eran las mujeres. Es más, si lo apuraban, confesaría que no le importaría salir corriendo en busca de la andaluza, a pesar de su delicado estado de salud. Al final no soltó palabra, porque si las paredes no tenían oídos, su señora no sólo oía sino que en las refriegas, había aprendido a leer los labios y lo hacía como en ese momento, a escondidas.
            Lo que podían hacer, murmuró el banderillero hacia la media noche, después de echar a pique un buen número del Rioja nacional, era no exponerse, no servirse como fruta fresca a los puercos ladrones que, a aquellas horas, limpiaban las calles y mataban a la gente para quedarse con lo que llevaban. Lo que debían hacer, repitió, era solicitarle al señor Pajares un hacha de picar carne y, entonces, no habría problema, porque uno de los dos tomaría al asaltante por el cuello y el otro le caería con el hierro. Así ocurrió, aunque los maleantes tuvieron suerte de no tomarlos por caza menor.
            Como también lo acordaran, fueron a pasar el resto de la noche en casa de Florentino, cuidando sus movimientos y hablando por señas para no despertar a Susana, ante lo cual él mismo debió preparar el lecho de su invitado en el sofá y buscar sábanas limpias.
            De regreso a su apartamento en la mañana, empezó a llover y a Fortunato le agradó porque así podría acostarse a dormir el resto del día, acompañado por el fino tejido del agua cayendo en el tejado. Tal vez una taza de café entre un sueño y el siguiente. Café y toda esa grandiosa orquesta de agua viva que suena igual en todas partes y en todas las edades.
            A tanta conmovedora carga de bienestar, se sumó un sobre de correos, con su nombre escrito en letras de molde. Descartó un mensaje enamorado porque no lo esperaba y, Etelvina no escribía y tampoco lo amaba para intentarlo. Él sí, en los tiempos difíciles en que las hijas iban a los bailes acompañadas por sus madres, él fue de los pocos que lo aceptó y, no le importó danzar con una y otra. Para que luego, Etelvina afirmara lo contrario, que no la merecía y que siempre no, porque luego no sabría qué hacer con un cantante en su vida.
            Descartó, pues, el lado sentimental de la carta y pensó en algún contrato para llevarlo a cantar o para no llevarlo, porque a veces ocurría que cuando ya salía de la casa, aparecía presuroso el telegrafista a informar que malas nuevas, porque el barco se había hundido y la fiesta quedaba aplazada.
            Desde la ventana de su alcoba observó a un gorrión tomado al cable del alumbrado público, sabio e inmóvil en medio de la lluvia, con su cuello hundido en el plumaje, tan pequeño que despertaba el deseo de buscar una escalera para subir a protegerlo. Estimulado por la fortaleza del solitario gorrión, buscó su propio nido, sujetando el sobre entre los labios mientas se desnudaba. Después se introdujo en la cama, apoyando la espalda en sus habituales almohadones. Burlando la tradicional costumbre de llevarse los secretos a la otra vida, Fortunato enderezó la hoja de papel frente a sus ojos.
            Acostarse con una mala noticia es como hacerlo en vivo con una pesadilla, pero acostarse con el Ministerio de la Guerra, supera lo uno y lo otro. Por más que el ministro de la guerra escriba en buen castellano, que la patria es un pan que se reparte entre sus hijos, el ciudadano no va a quedarse a esperar que le lleven su tajada y más bien, por fuerza de la costumbre, pone sus pies en polvorosa. Fortunato leyó nuevamente el papel y halló la coma donde la había encontrado. Cada palabra, firma y sello en su lugar. Entonces probó a descifrar en qué se había equivocado y, como se preguntan inútilmente casi todos los enfermos, por qué él.
            El Ministerio pareció replicarle y, por qué no tú, indeseable, que has echado tus orines calientes sobre la tierra que te vio nacer, perseguido a sus mujeres y eludido los impuestos por llevar vida de artista, como si el país fuera tu garito y encima, debiera agradecértelo.
            Fortunato no se dio por enterado, porque nadie iba a introducir en su cabeza que debía algo a cuenta de no recibir nada. No esperaba que el gobierno le enviara un camión lleno de papel moneda, porque ni enviado llegaría y, lo único que deseaba era que lo ignoraran, que lo contaran entre los olvidados, que lo creyeran muerto. No era mucho pedir, pero allá habían decidido que mientras le quedara una gota de sangre, no tendría paz ni reposo.
            Él había tratado de solucionarlo escondiéndose bajo la primera mesa que halló, hasta la fecha en que debió presentarse ante el capitán, en vez de hacerlo en la pesebrera, para tomar un caballo que lo llevara tan lejos como la selva, para que fueran a buscarlo allí. Compareció en la capitanía dos días más tarde, sabiendo que no tendría ninguna oportunidad. Lo hizo para que su situación no terminara ahí. Lo hizo para que empeorara todo lo que fuera posible, después de que lo escucharan.
            Le resultó imposible convencer a la junta de reclutamiento de que no lo alistaran. Presentó un documento extraño donde alegaba tener a su cargo la manutención de padre y madre. Tampoco fue tenido en cuenta, tal vez porque hasta una persona distraída, con apenas mirarle la cara hubiera concluido que no era la clase de hombre capaz de responder siquiera por su supervivencia.
De ahí para adelante su voluntad ya no fue la misma. Y si no intentó siquiera una acción desesperada antes que alistarse, fue porque se negó a discutir que amaba mucho la vida para correr a buscar la muerte.

La nueva novela de Héctor Sánchez
Por Carlos Orlando Pardo
El robo de la cañonera es de esos extraños pero deliciosos libros que nos recuerdan y confirman cómo la literatura tiene su ropaje esencial en el lenguaje. Pero no se trata aquí de la fórmula simple, sino de hacernos sentir, que es lo que logra Héctor Sánchez con su novela, la magia asombrosa ya olvidada de un impecable y sobre todo sugerente manejo del idioma, por supuesto relatando historias con párrafos llenos de sabiduría y humor, el par de zapatos con que viste su narrativa. Lo que en el fondo es una anécdota sencilla pero no común en nuestra literatura actual, llena de sicarios, se convierte de inocente capilla de aldea en una catedral. Creo que el poder de este libro radica en el sortilegio imaginativo de la historia y la lengua, recordándonos lo que ocurría con los grandes escritores clásicos, de cómo con las palabras puede levantarse todo un universo y de cada detalle insignificante cumplir con el embrujo de transformarlo en trascendente. Aquí se rebela otra vez el reconocido escritor como un auténtico maestro, producto de un calculado oficio a lo largo de no despreciables 45 años en la a veces inútil pasión por la literatura. Si cansados de la ordinariez de la expresión y la pobreza de las frases se encuentra fatigado el lector de hoy en día bajo el fragor incontenible de la mediocridad, tiene aquí, sin duda, la ocasión feliz de ingresar a otro mundo, gracias al hechizo maravilloso alcanzado por Sánchez en una novela singular. Pero no es sólo este sortilegio el que nos hipnotiza gratamente, sino también la desbordada fantasía para reflejarnos un mundo usualmente desconocido e ignorado, por lo remoto, bajo el lente de aumento de su mirada audaz. Aquella inesperada excursión de Fortunato Lezna, el protagonista, por el río Amazonas y lo inhóspito de la selva que lo rodea, convierte al libro en una historia de aventuras vivida desde una cañonera con división a bordo, donde la soldadesca está “atrapada en un río que simulaba avanzar incontenible pero que había aprendido sabiamente a no llegar a parte alguna”. Fortunato Lezna todo lo que quería al comienzo era obtener su libreta militar, viéndose de la noche a la mañana en un viaje sin regreso. Es un aficionado al toreo y un cantante frustrado que ahora encarna a un recluta pagando su servicio obligatorio en aquella embarcación patrullera que cuida con celo espantar a los contrabandistas y bandidos violando las leyes en los lugares fronterizos de la nación. No por ello, evitar la rutina de desembarcar en pequeños puertos que no son más que caseríos adonde llegan con ansia en busca de su pista de baile, mujeres y alcohol, único consuelo refulgente para sus crepitantes soledades. Fortunato Lezna es un hombre con vocación a encarnar la exacta medida del judío errante que arrastra por la vida la miseria de sus fracasos, inclusive como fotógrafo aficionado posando de profesional para seducir a una muchacha recién asomada al mundo de las ilusiones. Ha sido amado por muchas mujeres que lo esperan de manera inútil en un regreso que nunca se cumple porque le gusta ser un fugitivo, sobre todo cuando respira tranquilidad y lo cómodo de un hogar termina aburriéndolo porque le quita el aire añorado de las aventuras. Minero con alguna suerte, oficio que termina dejándole disfrazado en un relicario el botín de las pepitas de oro que va desgranando para sobrevivir y no le falte ni el cuarto de hotelucho en caseríos perdidos ni para su infaltable sed por el alcohol. De aquel barco artillado de la marina que es robado por su tripulación para habitarlo luego como una cuadrilla de maleantes cometiendo fechorías, las que antes combatieron, disfrazándose de revolucionarios dementes que quieren tomar el poder, quedan las acciones que habitan buena parte de la novela, llena de metáforas donde la sapiencia respira a sus anchas, la ironía y la parodia se mueve con propiedad y el humor no deja de asomar sus narices.
Si bien puede ser el escenario de Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa o el de William Ospina con su trilogía novelesca bajo épocas distintas y situaciones diferentes, también lo es que aquí no arriba a lo trascendente ni histórico de estos autores tan significativos, sino a lo anodino de lo en apariencia trivial, como lo es conjeturar y pintar ese mundo de aquellos hombres que van y vienen sin que nadie se ocupe de sus vidas nunca, salvo por los resultados espectaculares si se decomisa un legendario contrabando, se apresan capos o jefes guerrilleros, se comete un crimen digno de la prensa amarilla y de la otra. La literatura y en particular la novela tiene el encanto, como lo hace el cine, de poner en primer plano existencias insustanciales que jamás llaman la atención, para convertirlos en estrellas de una historia donde no son los héroes los que brillan sino los antihéroes sometidos por el destino y la pobreza misma a no hacer lo que quieren sino lo que les toca en el horóscopo que sólo traduce el anuncio de sus tribulaciones. Los ricos detalles cada vez crecientes que van relatándose en la novela siempre tan vertiginosos como el río, nos asaltan con sus sorpresas hasta dejarnos como testigos indefensos pero nunca agotados en la última página. Ya serán los especialistas los que subrayen tantas ocurrencias significativas, pero acá, en el estrecho margen de una reseña, sólo resta decir que es una gran novela que vale la pena leer si queremos tropezarnos con algo diferente y de nuevo, en medio de tanta hojarasca que hoy se publica para descrestar incautos, saborear la buena literatura y esta vez, en virtud a la pluma maestra del respetable y siempre admirado novelista tolimense Héctor Sánchez. Buen comienzo de la nueva colección y la nueva época que empieza Pijao Editores al cumplir 40 años y alcanzar 350 títulos, 500 mil ejemplares y encarnar desde la provincia para Colombia una tarea útil e incansable.

El regreso triunfal de Héctor Sánchez

Tras nueve años de vivir en México y doce en Barcelona, el retorno a su tierra del triunfante novelista tolimense Héctor Sánchez Vásquez se cumplió hace algún tiempo. No vive en Ibagué sino en su casa, un lugar amplio y apacible con mecedora en el balcón para sus tardes de lectura y una selecta biblioteca con los autores de su predilección. Al frente de sus ojos un parque poblado de farolas y a lo lejos un paisaje de montañas. Cocina él mismo con la pasión de un chef y a veces cuando ha terminado su jornada concentrado en la escritura incansable de sus libros, invita a sus amigas y escritores a compartir una cena, una copa de buen vino, un tequila al estilo azteca o un escocés a las rocas condimentado con su conversación exquisita.
Desde hace 45 años empezó su carrera literaria sin tregua alguna y sin ocupar nunca ningún puesto diferente al de su escritorio, ha sobrevivido con decoro dedicando su vida a la cultura. Escribe ocasionalmente notas para revistas extranjeras, ofrece conferencias en universidades, canta en las noches de bohemia acompañándose de su guitarra y viaja cuando le pica el deseo de volver a ser un trashumante. Figura entre los escritores más significativos de América Latina de la generación que sucedió al boom encabezado por Gabriel García Márquez y sus libros aparecen rodeados de expectativa en las más sobresalientes editoriales de México y España, Chile y Argentina, sin descontar las de Colombia. Ahora, desde febrero, Pijao Editores inicia una nueva colección al conmemorar sus primeros cuarenta años con su novela El robo de la cañonera, un libro de aventuras que sucede en el Amazonas. Héctor Sánchez tiene en su recorrido no pocas notables distinciones. Ganó el Premio Nacional Esso con su novela Las causas supremas que fuera llevada a versión de telenovela bajo el título de El Faraón y fue finalista en el prestigioso Premio Rómulo Gallegos que conquistara William Ospina, una especie de Nobel para América Latina. Está incluido en importantes antologías de cuento, uno de ellos rodado en película y su obra es objeto de estudios académicos en universidades, apareciendo con honores tipográficos en Manuales de historia de la literatura y hasta en un libro dedicado a su vida y a su obra. Para la próxima Feria Internacional del Libro en Bogotá, antes de partir a la de Guadalajara en noviembre como invitado especial, también saldrá reeditada su novela Entre ruinas, en la selecta colección azul de Caza de Libros, cuya primera salida estuvo patrocinada por Carlos Barral, en la editorial Argos Vergara de Barcelona. Como si fuera poco, para la primavera, El robo de la cañonera se lanzará con su presencia en Madrid, Barcelona, Lisboa y Paris, no sin haberla presentado en las más importantes capitales colombianas, promovido por su editorial.
Lejanos parecen los años en que se fue a México dirigiendo el grupo de teatro de la Universidad la Gran Colombia y decidió unas horas, antes del regreso, romper su tiquete. Quedó al amparo del poeta Álvaro Mutis, quien lo llevó a las editoriales a servir como lector, lo contrató para la MGM en el doblaje de películas y lo estimuló junto a García Márquez para que escribiera sus novelas adivinándole el talento. Fue en un coctel con ellos que conoció a María Antonia, una mujer mayor a quienes los maestros le aconsejaron no fijarse en ella, pero como un niño al que le prohíben una golosina, terminó atrapado entre sus fauces. Había sido la mujer del hoy presidente de Cuba y en su casa, que era antes la de Pablo Neruda, se escondieron las armas que llevarían en el barco Granma para iniciar la revolución cubana que derrotaría la dictadura de Batista. Se enamoraron y de esas pasiones tormentosas salió la novela Mis noches en casa de María Antonia, publicada por Pijao Editores. El famoso pintor tolimense Darío Ortiz había escuchado con anterioridad la anécdota y le dijo que si la escribía le regalaba un cuadro para que comprara una casa. Y así fue. Es la que actualmente goza junto a una secreta colección de libros firmados con otro nombre distinto al suyo y que publicaba el Fondo de Cultura Económico de México sobre temas, por ejemplo, como las enfermedades mentales allí. Conoce a profundidad El Quijote y ofrece charlas apasionantes sobre el libro. Amigas suyas como Walkiria, la consagrada compositora e intérprete a quien él adora, le dedica conciertos privados en su casa junto a sus amigos como William Ospina o Benhur Sánchez, y prepara cenas exquisitas. Como la que hará en febrero, tras sus giras, para celebrarle el comienzo de una renovación vigorosa en su tarea literaria. Y brindar por la revista Pijao que sale dedicada a su vida y a su obra.

Los 40 años de Pijao

Una fiesta con 350 títulos y 500 mil ejemplares
El próximo 21 de febrero inicia la celebración de la que ha sido considerada como la mejor editorial de provincia del país

En 1972, dos jóvenes escritores tolimenses que habían figurado en varios concursos nacionales de cuento vendieron su escaso salario de maestros de escuela para publicar Las primeras palabras, un libro conjunto en el que reunieron ocho textos premiados y que se convertiría, casi sin saberlo, en el volumen número uno de Pijao Editores. 40 años, 350 títulos y 500 mil ejemplares después, la empresa fundada por los hermanos Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo ha sobrepasado las fronteras de Ibagué para instalarse en las bibliotecas más importantes del país y de América Latina.
“Le apostamos a los que por entonces eran nuevos y desconocidos autores y terminamos siendo la casa de los que hoy son considerados íconos de la literatura nacional como Germán Vargas, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Manuel Zapata Olivella, Fernando Soto Aparicio, Germán Santamaría, Héctor Sánchez y David Sánchez Juliao, entre otras tantas decenas de escritores colombianos”, afirma Carlos Orlando Pardo quien durante estas cuatro décadas pasó de publicar pequeños libros en papel periódico a obras enciclopédicas de gran formato y a libros electrónicos que hoy son puntos de referencia obligado en la historia cultural del país.
Reconocida por el Congreso Nacional y por la Cámara Colombiana de la Industria Editorial como la editorial de provincia más importante del país, Pijao Editores ha desarrollado una trabajo de investigación, rescate y difusión de los valores culturales no sólo del Tolima sino de Colombia. Congresos nacionales que marcaron a toda una generación, encuentros, seminarios, revistas y suplementos literarios han sido el pan nuestro de cada día de los hermanos Pardo que han creado no sólo una editorial sino una titánica empresa cultural.
En los últimos cuatro años la editorial ha confirmado su protagonismo en el concierto nacional e internacional. “En el año 2008, en un hecho sin precedentes, lanzamos de un solo golpe 50 novelas de autores colombianos en una bella colección que se convirtió en el hecho más importante de la Feria del Libro de ese año y en el 2010 apareció Tolima Total la primera gran enciclopedia multimedia que reúne años de investigación sobre el departamento”, señala Carlos Orlando quien personalmente ha dirigido buena parte de las investigaciones que hoy son patrimonio cultural y memoria histórica de la región.
 El próximo 21 de febrero, en el Centro de convenciones Alfonso López Pumarejo de Ibagué, a la seis y treinta de la tarde, Pijao Editores inicia la celebración de sus primeros cuarenta años con el lanzamiento de tres nuevos títulos: El robo de la cañonera del consagrado novelista Héctor Sánchez Vásquez y Verónica Resucitada y Los adelantados de Carlos Orlando Pardo.
Escritores y gestores culturales de todo el país, miembros del gobierno nacional, regional y local, se reunirán en Ibagué para rendir un justo homenaje no sólo a una editorial sino al esfuerzo de los hermanos Pardo que hicieron de su primer libro de cuentos, el sueño de cientos de escritores colombianos y de una empresa, una de las quijotadas más memorables de la cultura nacional.

Días claves en la historia de Pijao

1972. Pijao Editores aparece en el mundo cultural con el libro Las primeras palabras de los escritores Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo.
1976. Aparece la antología La violencia diez veces contada de Germán Vargas Cantillo que se convierte rápidamente en un hito de la literatura nacional y referente obligado en años posteriores.
1980. Pijao Editores convierte a Ibagué en el centro de la cultura nacional al organizar el Primer Encuentro Nacional por la literatura que reunió a más de 300 escritores, directores de revistas y suplementos literarios durante tres días, evento que daría origen a la Unión Nacional de Escritores.
1984. Aparece la antología El Tolima cuenta, que reunió a todos los escritores representativos para entonces del departamento. Su lanzamiento, presidido por Otto Morales Benitez y Manuel Zapata Olivella y realizado en la Universidad Javeriana ocupó los titulares de la prensa nacional.
1986. La biblioteca de autores tolimenses, como llamó Pijao Editores a su colección, lanza 12 libros de nuevos autores del departamento en un acto masivo en Ibagué.
1990. En el marco de la III Feria Internacional del Libro, Pijao Editores lanza 15 títulos de su colección, convirtiéndose desde entonces en la editorial de provincia de más prestigio en el país.
1991. Pijao Editores organiza el Congreso Internacional de norteamericanos colombianistas con la asistencia de cuarenta críticos de Estados Unidos.
1995. Aparece el primer libro enciclopédico de Pijao: Protagonistas del Tolima Siglo XX, que es hasta el día de hoy, el libro más requerido por los tolimenses en la Biblioteca del Banco de la República de Ibagué, con más de 100 mil consultas.
2002. Pijao lanza la Enciclopedia Cultural del Tolima, cinco tomos de gran formato en donde se incluyen los libros Músicos del Tolima siglo XX, Novelistas del Tolima siglo XX, Cuentistas del Tolima siglo XX, Poetas del Tolima siglo XX y Diccionario de autores tolimenses.
2007. Pijao lanza el Manual de Historia del Tolima, tres tomos y 1.500 páginas escritos por los historiadores más importantes del departamento.
2008. Pijao Editores se atreve a lanzar en un solo acto la colección 50 novelas colombianas y una pintada, 51 mil libros de los novelistas colombianos más importantes del siglo, en un evento que fue catalogado por la prensa nacional e internacional como el más importante de la Feria Internacional del libro de ese año.
2010. Pijao Editores entra en la era del libro electrónico publicando Tolima Total, Enciclopedia Multimedia.
2012. Cumple 40 años, 350 títulos publicados, 500 mil ejemplares e inicia una nueva colección con novedosos formato.

Los escritores e intelectuales 
dicen de Pijao

Felicidades, Carlos O, ya no necesitas monumento en tierra caliente: tus libros ya lo son. Espero que el mío sirva para apuntalarlo.
Escritor Marco Tulio Aguilera Garramuño desde México.

Bueno, yo también contribuí con un título. Es el momento de agradecer y de decirles que merecen el aplauso de los 470 autores y un viaje a la isla de la fantasía, sobre 500 mil libros volando.
Escritor Carlos Bastidas Padilla, desde Nariño.

Felicidades mi amigo Carlos Orlando Pardo, qué diera por poder estar presente en tu bella caminata literaria. Reservo mi colección y te envío un fuerte abrazo desde Miami. Escritora Alba Miryam Sánchez Cuadra, desde Miami.

Me enorgullece estar en la lista de escritores editados por Pijao Editores. Felicitaciones.
Escritor Antonio Mora Vélez, desde Montería.

Toda una vida de dedicación, perseverancia y tenacidad, felicidades y que sean muchos 40. A mi amigo del Alma y de siempre Carlos Orlando Pardo, un abrazo, congratulaciones porque es el resultado de trabajo esfuerzo y AMOR !!! éxitos en estos próximos 40!s" FELICIDADES !!!
Marlene Gil, de Pereira.

Mi siempre recordado Carlos O: "Parece que fue ayer", cuando tú y Jorge Eliécer empezaban esa tarea de titanes. Gracias a Dios y a ustedes la cultura Tolimense trasciende fronteras. Es realmente hermoso que el dulce sabor del recuerdo Es realmente hermoso que el dulce sabor del recuerdo pueda paladearse en la feliz realidad del presente en donde cada obra es una medalla al tesón y al amor infinito por el arte. Desde Paisalandia van mi abrazo con todo el afecto y admiración de siempre.
Luz Marina Henao, desde Medellín.

La distancia me impide estar allí físicamente. Pero igual, va mi felicitación. 40 años de sueños realizados!
Periodista Yesid Montes, desde Bogotá.

!!!Felicitaciones a mi gran Amigo y Escritor!!! Mereces muchos reconocimientos por tu aporte, lealtad y dedicación toda tu vida a las Letras. Ese Gran día, estaré de corazón contigo.
Esperanza Barreto, desde Santa Marta.

Felicitaciones. Lamento no poder estar en la presentación, pero ya llegaré para celebrar. Salud!
Escritor Oscar Perdomo Gamboa, desde Cali.

Carlos O, como siempre el quijote de las letras del Tolima, sigue adelante. Esperamos estar allí celebrando esta nueva conquista.
Dirigente cultural Carlos Gálvez Santa, desde El Líbano.

La calidad nunca es un accidente, es el resultado de un esfuerzo de la inteligencia. Mina Vargas, Universidad del Tolima.

Hola Carlos Orlando. Gracias por continuar haciéndole ese regalo a la literatura colombiana. Estaré atento para darle un buen despliegue en mi revista El Transeúnte.
Poeta Carlos Sierra Mejía, desde Medellín.

Querido Carlos Orlando: Quiero felicitarte de corazón porque el proyecto que un día soñaste es una realidad. En un país en donde la cultura es clandestina y subterránea, tu trabajo es suficiente para poder estar en una azotea mirando el futuro con los ojos de tantos escritores que nos regalan el mapa de todos los dolores y alegrías de nuestras gentes... de nuestra condición humana. Felicitaciones para tí y para todos los amigos, los conocidos personalmente y a quienes conozco en la soledad de una biblioteca... Aunque no soy escritor sino historiador que medio escribe sí soy capaz de ser solidario con la fuerza que hay en tanta estética. Abrazos a los amigos y en casa.
Historiador Hermes Tovar Pinzón, de Bogotá

Apreciado Carlos Orlando: ¡Qué gran noticia esta!, un magnífico esfuerzo que se constituye en ejemplo para todos los escritores y los departamentos. Sólo con acciones de esta naturaleza se logrará convivir con el monopolio de las grandes editoriales.
Un abrazo, poeta Esperanza Jaramillo, desde Armenia
Estimados Carlos Orlando y Jorge Eliécer: Desde que despuntaba la década del 80 y tuve la oportunidad de conocerlos en el Encuentro de Escritores de Ibagué, pude calibrar la feroz capacidad de iniciativa que tenían, no obstante lo jóvenes. Ahora, con los 40 años de Pijao Editores y toda la carga maravillosa de sus publicaciones trascendentes, establecen un récord cultural que es casi imposible de desbancar. Creo que ni el Estado sería capaz. Van mis abrazos y mis felicitaciones, a los cuales se unen, entusiastas, los compañeros de El Túnel. Cordial saludo.
Novelista José Luis Garcés González. Montería.

"Carlos, mi estimado amigo en Colombia, te saludo desde un suburbio de Buenos Aires, con mi deseo de un muy feliz cumpleaños de Pijao Editores, rodeado de afectos y con el arte siempre presente en tu vida."
Escritor Mario Capasso desde Argentina.

"Carlos Orlando te deseo que tengas un día muy feliz en compañía de los tuyos, que cada año que transcurra en tu existencia sea un motivo de celebración por los logros en tu vida como este trascendente de Pijao! Ya cuentas en tu cosecha el haber transformado las paginas de la historia de la cultura tolimense logrando con la Editorial PIJAO y tu trayectoria, masificarla e irradiarla de IBAGUE a la provincia y del TOLIMA a todo el país. Abrazos !"
Poeta Norma Constanza Rivera, desde Bogotá

"felicitaciones, Carlos Orlando, porque para quienes hemos gozado el trabajo intenso de la editorial y el tuyo como activista cultural incansable, es siempre un orgullo contar entre las filas sobresalientes de los escritores a uno como tú.
un abrazo
Escritor Umberto Valverde desde Cali.

"Feliz día para las letras y para ti, Carlos Orlando, que los cumplas feliz.
Abrazos, y Dios te siga bendiciendo."
Escritor Orlando Mora, desde Medellín.

Doctor Carlos Orlando:
 Recibimos complacidos la invitación al lanzamiento Pijao, a realizarse el próximo martes 21 de febrero en la ciudad de Ibagué.
Permítanos presentarle un cordial y efusivo saludo de felicitación. La Subgerencia de Televisión le desea muchos éxitos, esperando que continuemos trabajando conjunta y armónicamente en la búsqueda del cumplimiento de los fines y principios del servicio de la radio y la Televisión Pública en el País.
Director RCTV, antigua Inravisión.

Apreciado Carlos Orlando: Recibo gustoso la invitación para asistir a tan importante evento editorial. Infortunadamente mis compromisos académicos con la Universidad del Rosario me lo impiden. Sea este mensaje la oportunidad para desearles una celebración alborozada, Pijao Editores se lo merece, pues tengo el convencimiento de los esfuerzos que significa en nuestro medio el logro de divulgar la cultura y la libertad de pensamiento. Ténganme como sus sinceros admiradores. Muy cordialmente.
Cesáreo Rocha Ochoa  

Gracias por la participación al evento que ratifica la lúcida tarea editorial realizada por Pijao. La distancia y el tiempo impiden mi presencia pero acompaño la celebración con solidaridad intelectual
Escritor Francisco Sánchez Jiménez, de Bogotá

Qué fecha tan importante. Es, además, un reconocimiento a tu vida, a tu trasegar fructífero, un aporte a la hispanidad a la cultura. Me encantaría poder asistir, te acompañaré espiritualmente.  Me enorgullece tu amistad. Te deseo la mejor de las suertes y muchos más años de trabajo creativo exitoso.  Espero algún día publicar un libro contigo, ya casi está listo. Un abrazo.
Poeta Esperanza Jaramillo, desde Armenia.
Qué bien maestro¡ Primero en Bogotá durante tantos años en mi oficio de profesor universitario y de aprendiz de crítico, pude no sólo acompañarlos en sus nutridos y gratos actos de lanzamiento, sino ahora espiritualmente desde la distancia de mi retiro frente al mar.
Poeta y crítico Otto Ricardo.

A pesar de mi estadía durante tantos años en París, desde aquí hemos seguido las huellas y aceptado gustosos los ecos y los libros de Pijao Editores. Esperamos verte por aquí, como en algunas ocasiones, porque estamos listos junto a otros escritores representativos, para el lanzamiento de la nueva colección en la próxima primavera. Felicitaciones, te acompaño espiritualmente y espero con ansia leer los libros. Abrazos grandotes.
Poeta y pintora Doris Ospina, desde París.

Una celebración sobradamente justificada, nuestros mejores deseos ...
Leo Cabrera, secretario academia de historia, Neiva.

Apreciado Carlos Orlando,
Gracias por la invitación. Un abrazo solidario y justo reconocimiento a una quijotada juvenil mantenida con esfuerzo y dedicación, por tantos años que parecen inverosímiles, para el bien de nuestra cultura. Cordial saludo,
Cesar Valencia Solanilla, desde U Tecnológica de Pereira.

Buenas noches Carlos Orlando
Cordial Saludo
Le agradezco la invitación que me hace al lanzamiento del trabajo intelectual que en compañía de su hermano Jorge Eliécer van a realizar en la ciudad de Ibagué. Los felicito, porque representa el esfuerzo y la dedicación por muchos años, en el rescate de la cultura del Tolima. Pero por motivos académicos con anterioridad, en esa fecha, no puedo estar presente en este acto. Éxitos
Jorge Salguero Cubides 

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