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15 de febrero de 2010

Jorge Eliécer Pardo: Darío Ortíz Vidales y La novela de los héroes invisibles


No todos llegaron aquel viernes

de Darío Ortíz Vidales

Jorge Eliécer Pardo


Darío Ortíz Vidales y Carlos Pizarro L., en conversaciones por la paz


La epopeya y la épica de los pueblos
Quince capítulos, 30 años de la vida de un pueblo, La Villa –Honda-, de un país (la colonia), el mundo (España, Francia). Héroes anónimos, soñadores, iletrados que crecen y se agigantan en la novela, aunque no en los anales de la historia. Pero el novelista y su compromiso los hace respirar, sufrir, gozar, morir y perdurar en las páginas vivas de la historia viva. Por eso, el caudillo –Galán- aparece como el fantasma que despierta al pueblo.
En medio de la época anónima, personajes nobles, letrados, científicos, extranjeros, poetas, negros, bogas, clérigos, represores y comprometidos fluyen de una manera verosímil que despiertan en el lector rabia, ternura, admiración.
Es la epopeya de los pueblos con sus personajes que dentro de la opción de vida de hace más de 200 años lograron vislumbrar un mundo mejor. Y esa epopeya que aún se construye en Colombia, tiene en ese pueblo su semilla. Porque el rumor, el temor, la delación, el alzamiento, la represión, la duda, la ciencia, el resentimiento, la ilustración, la intolerancia, la catástrofe, el descontento, la conspiración y la revolución se sienten en estos tiempos de la posmodernidad.
Darío Ortíz, amanuense letrado, estudioso impenitente, revolucionario desde siempre, ha logrado agarrar con la estética de la literatura los momentos soñados y recreados desde los documentos y crónicas que juiciosamente potenció para entender el pasado y el futuro. Ese es su primer mérito de fondo y concepto entre historia y literatura. En un género tan peligroso como es la novela histórica y, más aún, la novela política de ser ahogada por el dato, la información, la puesta en escena, el decorado y el documentalismo, logra traspasar las barreras del peligro como ya lo hicieron Tolstoi, Balzac, Stendhal, Carpentier.
Se que sus personajes populares que tanto respeta y ama se volvieron de carne y hueso, de acciones que ahora son rescatadas para la historia verdadera. Aquella que se vive en las páginas del libro.
Entrar en una novela es tan difícil como entrar en la vida de los demás. Uno llega con cautela, con miedo, con sentimiento de no encontrar lo que el amigo ha hecho durante más de 30 años. Eso me pasó. Darío me presentó su escenario, algunos de sus personajes y me ubicó en la historia del país, en los primeros capítulos. Hasta ahí, normal, suave, con etapas de lectura detenidas en el cotidiano devenir. Cuando mi hermano Carlos Orlando, por teléfono desde Ibagué me preguntó ¿cómo va?, le dije, bien, ahí voy. Pero, de pronto, el libro empezó a crecer en mis manos y mi respiración se pobló de ese sentimiento de lector apasionado, ese aliento que ya pocos libros me entregan. No estoy hablando solamente de las historias, anécdotas, sino del lenguaje, el conocimiento, la sabiduría y, sobre todo, la ternura. Es un libro fuerte, de muerte, de fracasos, pero tierno, verdadero, inolvidable. Todo va creciendo, la telaraña de los múltiples personajes que deambulan por las 414 páginas, serán retomados en una segunda o tercera lectura. Pero, en la primera, los protagonistas: el boticario, el cura, el poeta, el comerciante, las mujeres elementales… -para no caer en los nombres- adquieren dimensión, cuerpo, están ahí, de verdad. No se desdibujan y son el eje de lo verosímil y lo bello. ¿Cuántos novelistas fracasan en el intento de hacer personajes-personas? ¿Cuántos quedan caricaturizados en la búsqueda de ser inteligentes, eruditos? Darío conoce a sus seres imaginados y humanizados. Conoce su mundo y se que muchos de ellos terminaron imponiéndose en el proceso creativo.
El encuentro libro-lector se logra a plenitud. La trajinada opinión de lector atrapado, también se cumple. Porque de antemano sabemos la historia de la historia, pero no las historias sencillas, elementales y a la vez grandiosas de quienes se agigantan en la novela. Así, la historia y la ficción también se imbrican en el texto. Seguramente, un lector poco informado pase sin temor por los detalles que sólo los iniciados pueden disfrutar. Pero pierde poco, porque son los personajes quienes lo cautivarán, no sólo por su intervención en la revolución, sino por lo más importante para un novelista, por sus vidas, por sus relaciones sociales y personales. No todos llegaron aquel viernes, una novela, aventura, que será leída en distintos niveles y siempre saldrá avante. Pero, sobre todo, en el conocimiento de los seres humanos.
No basta para el autor narrar el detalle, la manera como se vestían antes de 1800 o lo que comían, sino la forma como Darío integra ese conocimiento al decorado de lo fundamental, los seres humanos. Porque Ernesto Iscaria puede ser un autodidacta de los tantos que hoy habitan nuestros pueblos.
Me apasionan las historias de amor y en la novela hay varias. Pero, hay una que ya podría ser antológica en nuestra literatura. No sólo por lo trágica, sino por lo verdadera. No por lo erótica, sino por lo tierna. No por el fracaso, sino por lo perenne. Iscaria y Clemencia. Ese sólo idilio con el entorno que los dos deben vivir y sobrevivir, salvan el libro, lo engrandece. Y cómo olvidar al cura Tolosa… todos tienen su propio mundo, en esa epopeya invisible.
Cómo me sentí de identificado con los espacios de la Villa-Honda, sus calles e iglesias donde ejercí como maestro de escuela, cuando tenía 16 años. Allí, en ese otro escenario del libro, arrancaplumas, donde aún las prostitutas festejan los tiempos posmodernos, sin saberlo.

Descubrimiento de un nuevo novelista

El lenguaje del libro retoma el tono de las historias orales que van de boca a oreja, como los mitos y leyendas que también habitan la novela. Me encontré algunas veces leyendo el Ingenioso Hidalgo, o El Guzmán de Alfarache, Rinconete y Cortadillo o el mismo Lazarillo de Tormes. Otras, leía a Balzac… Las deudas no importan. Y la adjetivación, tan peligrosa como los lugares comunes o el discurso historicista, está sopesada. Otro de sus aciertos, los diálogos, justos y sabios, verosímiles y en los momentos adecuados.

Celebro y me celebro como nos enseñó Whitman, con esta novela. Porque nuestro maestro Darío pasó no sólo el examen como historiador y novelista sino como ser humano artista. Ya logró figurar en esa otra historia donde los anónimos héroes invisibles lo saludarán desde el futuro de los hombres verdaderamente libres.
(Texto leído en la presentación del libro)
(Pijao editores, 414 pp, Bogotá, 2000)
Bogotá D.C., julio 24 de 2002
Ricardo Sánchez, Pemán, Jorge Valencia Jaramillo, Darío Ortíz V., Jorge E Pardo
Darío Ortiz V., Jorge E Pardo, Leovigildo Bernal, Cabrera.

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