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25 de julio de 2012

El pianista que llegó de Hamburgo, por Cecilia Caicedo de Cajigas


El pianista que llegó de Hamburgo[1]
De Jorge Eliécer Pardo

Por: Cecilia Caicedo Jurado de Cajigas
Doctora en Filosofía y Letras
Universidad Complutense de Madrid

Acercarse a la obra de un autor que regularmente hemos leído porque su pluma nos gusta, es una tarea placentera pero complicada al mismo tiempo, en atención a la asociación que registramos con el corpus anteriormente publicado. Lo primero es ver las diferencias y los encuentros por aquello de la unicidad de la voz, pero también porque de obra a obra afloran las rupturas.
Transcurridos varios años sin que Pardo nos beneficie con otra obra, la lectura de El Pianista despierta atención mayor. En efecto lo último que le leí y me gustó fue Los sin nombre, sin rostro, sin rastro, premio nacional de cuento. Las diferencias de pluma no existen, Jorge Eliécer continúa manejando su frase rápida y vibrante que viene de sus obras anteriores.

Sin embargo el narrador en esta novela extensa, que es parte de un entramado mayor, Quinteto en escritura, se mueve con otra propiedad y otra intención. Desplazamiento de la voz narrativa, desde un focalizador que cuenta el anecdotario pero que tiene la virtud de ceder el ejercicio de contar su propia historia a cada uno de los personajes que al interior de la diégesis se mueven. Y en este manejo avanza Pardo, porque sin duda el narrador totalizador, que nunca permite el juego peligroso del fíctivo autoral, es respetuoso de las instancias intermedias, posibilitando que cada quien magnifique su dolor.
Y señalo lo relativo al dolor, que no es físico sino interior, hecho de profundas reflexiones sobre el difícil camino de vivir simplemente, se mide desde varios escenarios:
-a) Político aprehendido desde la guerrilla liberal del Llano y su desmovilización con el gradante de la traición oficial de los partidos tradicionales, en especial el rojo emblemático que había propiciado su accionar político. De ello da cuenta cuando narra un narrador externo la desmovilización de 3540 milicianos del Llano, y ahí con la figura icónica de ese proceso de la historia política Guadalupe Salcedo que tres años después de la entrega de armas, el Centauro del Llano, caía asesinado en Bogotá. Doloroso testimonio histórico es el que vuelve a poner en escena Pardo: “Recalcó que a cambio de las armas a muchos les entregaron en un taleguito de papel, una libra de frijol, una camisa, un pantalón; a otros les dieron sobreros de paja enrollados, unos zapatos ordinarios, una caja de fósforos, un paquete de cigarrillos, una libra de azúcar, unos palillos; tanta lucha por tan poco”. Cita a la que sobra cualquier comentario, porque no es una humorada sino testimonio ¿de la cotidianidad “trascendental” de la guerra colombiana?

De otro lado está la presencia de Hitler y Eva atormentándolo en sus sueños pesadilla porque Hendrick huye de Hamburgo y luego bajo un bombardeo pierde su familia europea y será un abril en que pierde su familia en la Bogotá incendiada el día 9 del 48. En la primera mitad del siglo xx se producen los avatares de las guerras allá y acá, siendo los dos fenómenos sangrientos los modificadores de la relación con el mundo de un hombre sensible al arte, particularmente la música, específicamente el piano y las partituras de Brahms, Bach, Mozart y los clásicos que dominaban la Europa de mitad de siglo, teniendo como fondo el escenario de persecución y angustia.
 -b) El dolor igual se mide desde el plano socio cultural, cuando el fenómeno del desplazamiento obliga a un alemán, Hendrik, dejar la Europa hitleriana para casarse años después en Colombia con una italiana, Magdalena Massi, y aventurarse a un infierno nuevo, el de la violencia colombiana.
 -c) Pero igual el dolor transcribe relaciones mucho más íntimas: como la locura final, el abandono del alemán que se instala en Colombia, en función de huida y búsqueda (diáspora entre Europa y América).
Este último numeral que exige para su existencia la premisa de los anteriores se convierte en el eje temático de El pianista que llegó de Hamburgo. No es una novela de amor o desamor, este sentimiento relacionante de importancia en esta obra, funciona solo como intermediario para mostrar dos niveles: guerra-música. Los dos niveles de la historia sucitan a su turno la relación sémica: huída-refugio. Que en el sustrato narrativo se expresan como:  miedo-satisfacción.                    
Y la dualidad se va desarrollando hasta llegar a los niveles íntimos: “parecemos vampiros, sólo felices en la penumbra”. Y ahí está la clave de esta novela, que lee el escenario político pero fundamentalmente cómo la guerra modifica al ser humano, individual, íntimo, solitario y sin amparo. La guerra o cualquier tipo de confrontación en las novelas no se ameritan simplemente por ser contados, así la recontextualización logre sus propios objetivos. La novela tiene la virtud de testificar pero especialmente de revelar. Y eso hace Jorge Eliécer Pardo, revela el dolor íntimo, el peso de lo público que apabulla al sujeto individual. Y en esto tiene tradición la narrativa de Pardo.


 Otro nivel de acercamiento, entre tantos como pueden ser encontrados, está en relación con la intrahistoria familiar. Hace muy pocos días recibí la novela de Carlos Orlando Pardo, su hermano, que lo introdujo al oficio escritural, según confesión del propio autor. Verónica resucitada[2] novela bien escrita, deliciosa lectura del mundo familiar. Sobre ella se me ocurrió pensar en la dificultad de reescribir las historias íntimas, pero como es de sabiduría conocida los escritores recogemos de nuestro ciclo vital tantas cosas que consciente o inconscientemente fluyen en las obras, así ese no sea el objetivo. 

Pero Carlos Orlando priorizó el recuerdo familiar, el de los lazos profundos, el formador en todos los términos de la educación sentimental. Y ese tema vuelve a aparecer en la obra de Jorge Eliécer, señalando un claro cruce temático. Hablando de un teatro emblemático de Bogotá del siglo XX, El Faenza, recuerda El pianista que llegó de Hamburgo: En esas mismas butacas había estado Carlos Arturo Aguirre —el padre de Matilde— buscando en las películas algún anuncio de su prófuga María Verónica. Allí había llorado su abandono y desamor. Con la cara dulce de Sofía Alvarez, la actriz que creía suplantaba a María Verónica, se consolaba volviendo a la casa de Egipto a abrazar a sus hijas Sofía y Matilde, también abandonadas.
Interesante interrelación narrativa en la obra de los hermanos escritores. Sucesos de la infancia y necesaria reinstalación de los recuerdos asaltan las dos recientes novelas de los Pardo Rodríguez.

Cecilia Caicedo Jurado de Cajigas
Pereira, 19 de julio de 2012


La importante revista latinoamericana Corónica ha publicado un interesante ensayo sobre "El pianista que llegó de Hamburgo" de Cecilia Caicedo de Cajigas, doctora en literatura de la Universidad Complutense de Madrid. Aquí la pueden leer:
http://www.revistacoronica.com/2012/07/el-pianista-que-llego-de-hamburgo.html


[1] Pardo, Jorge Eliécer. El pianista que llegó de Hamburgo. Cangrejo Editores, Bogotá, abril de 2012, 292 páginas.
[2] Pardo, Carlos Orlando. Verónica resucitada. Pijao Editores, Ibagué, 2012. 295 páginas.

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