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24 de marzo de 2010

*Patricia Suárez: Ensayo sobre El Jardín de las Weismann, una lectura de hoy.



El jardín de las Weissmann, de Jorge Eliécer Pardo, eterniza, en conjunción copulativa de peligro y deseo, una realidad objetiva y reconocible.Afán y deseo, intento de totalidad en el afecto, en salvaguardar la manada; pulsión de la especie.
En la ficción realista de la novela, Pardo supera con admirable factura el terror a la muerte, tejiendo los textos y subtextos que pujan en la conciencia del agravio; confronta al lector activo en los estrechos blindados del autoritarismo, y en lenguaje de apriorísticas sugerencias devela una conciencia que fluye en la nostalgia de un perdido sentido de pertenencia, que sólo vive para el deseo del amor y la piel, huyendo del frío de los abismos, de las ondas no incoloras del río, donde flotan fragmentos de hombres y mujeres, en virtud de la muerte, diosa sin báculo ni trono, perpetuándose en la salvaje desesperación del crimen. El Jardín de las Weissman nos introduce a lo múltiple, obliga a la razón y a la imaginación a transitar por los caminos del saber y la creación, deja urgencias de respuesta, lleva a la reflexión y no da tregua a la herida que supura en la constante traición a la vida.
Ya desde la irracionalidad de la guerra se aviva en el imaginario de un grupo de niñas alemanas (las Weismann) la constante tensión del miedo y la confrontación, el desarraigo cómo única frontera de equilibrio que permite ser entre las bambalinas de un escenario cuya complejidad se multiplica en la trascendente folklorización del todo y lleva a la perspicaz Débora a la dualidad de la mentira, el claustro para sus hijas y sobrinas, mística educación, con definidos lineamientos, vocación de servicio, o levantar, según tiempo y lugar, conventos y prostíbulos, y es Débora en la inducción utilitaria de lo afectivo, y sus hermanas quienes acunan a los adoctrinados locales, cultura patriarcal que ordena, reparte, mata y corrompe, y se permite las libertades de una doble moral que hunde su garra en la desventurada diferenciación de géneros.

Apariencia y parodia donde las camándulas alimentan las neurosis, y avivan en la anti- natura de la negación el deseo de huir del claustro, en él ha finalizado todo intento de rezo y fervor al abstracto del bien, tiempo después de la conversación en secreto en el locutorio del convento entre madre e hija y el “Señorita Weismann” de las reverendas. La casa “Del amor y la ternura” donde las madres Weismann son caricatura de una pieza teatral que magnifica su continuo escenario de supervivencia e integración y da como resultado a la segunda y definitiva fuga de las hijas a la provincia, donde los aguijones de la incertidumbre, esencial atmosférico en la novela de Pardo, quien desde el comienzo de sus magnificas páginas toca la realidad política y la barbarie de la Europa de guerras, y fabula hacia el desarraigo, sabe de la técnica para construir la identidad de sus personajes en la constante de los monólogos interiores de Gloria Weissmann, y la soledad resentida de Yolanda Weissmann en el silencio del conflicto entre hermanas, quienes palpitan entre el deseo y la pasión por hombres idealizados en la soledad de sus deseos, y herederas de una pulsión de hembras rompen con los atávicos lazos del sometimiento y liberan mente y cuerpo para gozar del encuentro de la naturaleza que impone a sus seguidores la libertad de su no moral, y en ellas, el espíritu de rebeldía unido a un romántico sentido de la añoranza.
Clara, la única no gemela, la oscura de piel, se va a la grupa de la guerra, hace frente junto al hombre querido y todas las Weissmann quieren el calor de la sangre del Aprecio defendiendo la vida. Conspiran entre las flores y sus pétalos, son parte activa en el tejer tejiendo. A la lógica del crimen, las Weissmann responden con la pasión y la rebeldía a través del erotismo y la voluntad.
El Jardín de las Weissmann obliga a contextualizar de forma proyectiva en el hoy veloz y fragmentado, lo que el pensamiento filosófico desde el estudio del conocimiento ha dejado a los hombres y a las mujeres. La novela del escritor colombiano Jorge Eliécer Pardo obliga a tener un acumulado teórico que permita entender lo múltiple de sus hilos.
Desde el texto de una sola palabra, el escritor requiere de la ductilidad cognitiva para su entendimiento.







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