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15 de febrero de 2010

Jorge Eliécer Pardo: Darío Ortiz Vidales, eterno navegante de mi historia



Retrato de Darío Ortíz de su hijo D. O. Robledo

Darío Ortiz Vidales, eterno navegante de mi historia

Jorge Eliécer Pardo


Tengo, en mi modesta vanidad, tanto honor y tanta dignidad por haber formado parte de la historia de un hombre que hizo mi historia cultural, literaria y personal.
Yo tenía por entonces el ímpetu de la juventud, el amor, la aventura y las ganas de ser escritot. El poseía casi todo, la inteligencia, el poder, la cultura, los viajes, las ganas de vivir y seguir el ritmo acelerado de esos años en los que es imposible decir no a ningún desacato de amor.
Sé que las deudas con este hombre no han sido cubiertas en su totalidad porque él, en tantas horas de conversación, espera ese libro que algún día de la próxima década le entregaré. El sembró El Jardín en mi corazón, también la intensidad de sabernos vivos y muchos cuentos que luego germinaron en mi trabajo literario.
Me gustaría completar esa larga charla sobre el arte del renacimiento, la guerrilla del Sur del Tolima, los boleros de Agustín Lara, el Cuarteto Número uno de Brahms, los textos de Canetti, la admiración desdibujada por Gabo. Me gustaría volver a esas páginas de su novela del rumor, que en mi recuerdo y conciencia no son más que un aliento de gran libro.
Quisiera estar ahí, como en las tardes y noches inventando el grupo Pijao, las revistas, los encuentros culturales, las fiestas y los romances con esas muchachas bonitas que nos admiraban por buenos amantes y conocedores de uno que otro poeta. Guerreros de las discotecas, moteles y yacuzzis.
También quisiera decirle a Darío que en el camino resbaloso de la montaña aún siento el miedo y las ganas del abismo, montado en ese caballo azabache, rumbo al Cañón de las Hermosas con los guerrilleros amnistiados contando sus historias de guerras perdidas.
Aún tengo clara la imagen de Martha Cecilia comentando mi ópera prima, con los ojos entusiasmados mientras nosotros nos bebíamos un escocés y repetíamos que estábamos para cosas mejores. Quizá fue ella la primera mujer que me dijo que el mundo femenino estaba agarrado en esas páginas, que el erotismo y la soledad eran sus ejes primarios y yo me puse feliz y me emborraché otra vez y tantas hasta cuando arranqué para otra de esas aventuras con mujeres personajes, que no me han abandonado jamás.
Y ahí está la edición francesa dedicada a esa vespertina cuando empezamos a corregir el libro como si fuera de todos. Y las muchachas, en las pausas del amor y de Richi Rey, Carlos Santana y la Sonora Matancera, oían uno que otro capítulo que servía de entusiasmo para arrancar con otra tanda de todo.
Sigo como fantasma luciendo camisas festivas, recorriendo los pueblos del Tolima, con Ortíz Vidales, hablando y haciéndonos querer a Severiano y juntando todas las narraciones en el momento placentero de la amistad. Lo veo en la frágil memoria, con el viejo Quijote guarda de sus pasos, consueta de la vida.
En el siglo XXI estaremos viviendo de la gloria de sabernos vivos y útiles, recreando lenguajes nuevos para historias detenidas en el tiempo. No bastará entonces con estar todos para saber que siempre estuvimos juntos. Porque Darío Ortiz ya es mi historia y la será, se lo ha ganado y aún sigo pagando con mi admiración el mundo que me abrió sin recelos, los libros que me hizo leer, las obras de arte que me mostró en su estudio y, sobre todo, la lección de vida honesta y pulcra que lo acompaña siempre.
Quiero que la voz y el tono de mi hermano Carlos O., quien quiere a Darío tanto o más que yo, lea estas palabras sinceras, que al estrecharse los cuerpos Darío sienta mi corazón en el de él porque ya formamos parte de ese monstruo hermoso y mítico de la cultura del Tolima.
Bogotá, noviembre 28 de 1996

Darío Ortíz Robledo y Jorge Eliécer Pardo, Feria del Libro, 2007

Héctor Sánchez, Carlos Orlando Pardo, Darío Ortíz Vidales, Leovigildo Bernal y Darío Ortíz Robledo


DARIO Ortiz Vidales

Nació en Chaparral el 27 de noviembre de 1936, y murió en Ibagué, el 10 de febrero del 2005. Se tituló como abogado y desempeñó los cargos de secretario de hacienda, contralor general del Tolima, director de los Seguros Sociales, parlamentario, director-fundador de algunos periódicos, colaborador de otros, ex director de la revista Consigna y asesor del Parlamento Andino. Intelectual deslumbrante, autor de José María Melo: La razón de un rebelde; Apuntes para una historia del Chaparral; La convención liberal de Ibagué de 1922. En 1990 publicó a través de Pijao Editores La historia por dentro, y Sobre el lomo del conflicto y en 1991 por la misma casa editorial Otro encuentro con la historia. Está próximo a aparecer un amplio volumen que recoge su Obra Selecta en la colección de Pijao Editores. Otros libros suyos son Los pensadores tolimenses; La Reforma Agraria y la novela No todos llegaron aquel viernes, publicada en el año 2002. Es coautor del Manual de historia del Tolima, columnista del semanario Tolima 7 Días y vicepresidente de la Academia de Historia del Tolima.
Novela

No todos llegaron aquel viernes
(2002)
Libros de historia

José María Melo: La razón de un rebelde

La convención liberal de Ibagué de 1922

La historia por dentro

Sobre el lomo del conflicto

Otro encuentro con la historia
Ensayos sobre su novela No todos llegaron aquel viernes han escrito:
Carlos Orlando Pardo
Héctor Sánchez
Leovigildo Bernal
Darío Ortiz Robledo
María del Carmen Moreno Vélez
Alberto Santofimio Botero
Nelson Romero Guzmán
Jorge Valencia Jaramillo
Pedro Manuel Rincón
Ricardo Sánchez
Jorge Eliécer Pardo



Publicaciones del cuento en internet

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